Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 28 de mayo de 2024
  • Actualizado 09:08

Hasta pronto, querido maestro

El escritor boliviano Adolfo Cárdenas Franco (La Paz, 1950-2023) murió hace una semana, por complicaciones de salud. El también narrador paceño Rodrigo Urquiola lo despide en este personal homenaje
Hasta pronto, querido maestro.
Hasta pronto, querido maestro.
Hasta pronto, querido maestro

Si le avisara sobre su muerte y la ausencia que ahora nos deja, esto es lo que imagino que me diría el Adolfo Cárdenas, con la voz reposada y su típica expresión pensativa para luego de terminar de hablar soltar una sonrisa cómplice y regalarme una palmada de consuelo en el hombro: “No estés triste, hombre. Tarde o temprano todos vamos a estirar la pata”.

Conocí a este maestro de nuestras letras en 2007, en las aulas de la carrera de Literatura de la UMSA. Era un momento complicado en mi vida personal, tenía que elegir entre estudiar y trabajar o escribir y trabajar. Obedecí a mi instinto y me decidí por lo más importante para mí: si ahora tengo alguna licenciatura es la de la vida nomás. No me arrepiento.

Era una época en la que yo todavía soñaba con publicar mi primer libro, apenas tenía un par de cuentos escritos con los que me sentía contento.

Aunque no me correspondía tomar su materia porque era una de segundo año y yo no había aprobado Creativa I aún, le pedí permiso para asistir a la suya, Creativa II, como oyente: no me interesaba ganar puntos, lo que yo quería era aprender. El Adolfo, siempre generoso, aceptó.

Un escritor de verdad. Eso es lo que era él. En estas épocas en las que es tan fácil publicar un libro –está al alcance del bolsillo de cualquiera que haya sido rechazado por las editoriales o que tenga algo de fama para vender–, un escritor de verdad puede ser un espécimen bastante difícil de encontrar.

Para un joven cuyo sueño es convertirse en uno, poder conversar con este raro ser es un privilegio y una oportunidad de aprender. La sencillez del Adolfo era conmovedora. No le importaba aletargar su marcha cuando le estabas diciendo algo porque él te escuchaba de verdad y pensaba en serio para darte una respuesta adecuada, aunque le hubieras dicho alguna tontería.

En algún momento de mi adolescencia, yo llegué a creer que la literatura nacional estaba estancada como un animal que se persigue la cola hacia el infinito y que nunca alcanzaríamos la universalidad de otras literaturas. Cuando leí Periférica Blvd. por primera vez, no me gustó. Debo admitir que me divertí bastante, pero había algo que me desagradaba, algo que quise interpretar en ese momento como un retroceso en esa búsqueda por la universalidad que creía que debía tener la literatura boliviana para salir de estas montañas que no dejan entrar las miradas del resto del mundo.

Y –como adolescente bobo– se lo dije al maestro. Él me miró, puso su dedo índice sobre la barba alrededor de su boca, pensó un poco, me contestó algo simple, como: “Sí, hombre, supongo que es así”, y continuamos caminando hacia la puerta de salida del edificio de la Casa Montes. Es que un escritor de verdad no necesita defender su obra ante nadie porque sabe que es la obra la que debe defenderse por sí misma. 

Ahora, tantos años después, con toda tranquilidad, puedo decir, contento, ¡qué se joda el mundo! Si no saben leernos esos señores extranjeros tan elegantes, de valores morales tan elevados, o no les interesa, no saben de lo que se pierden, que la mayor riqueza de la literatura boliviana es esa que surge “sin traducciones”, esos libros tan complicados de sacar de estas montañas porque no son tan “universales” como debieran ser o no obedecen a las modas del momento. 

Por supuesto, ahora pienso que Periférica Blvd. es una de las mejores novelas bolivianas que he leído –y que releeré, porque el mayor homenaje que se le puede hacer a un escritor de verdad es leerlo–. Uno no puede ser un adolescente bobo toda la vida.

Pero si hablamos de adolescentes bobos –como lo fui yo en varias épocas de mi vida–, ¡cómo no hablar del jurado del Premio Nacional de Novela del año 2003! ¡Que los que votaron por esa novela masturbatoria a la que le dieron el galardón –que releí tres veces en mi adolescencia, pero que no leería de nuevo, ahora– en detrimento de Periférica Blvd. ardan en el infierno de los malos lectores por siempre jamás!

No siempre hay justicia en estos concursos, uno lo sabe bien, y que la justicia, aunque tarde, llega, pero eso no basta. Periférica Blvd. es un libro que vale mucho más que la mayoría de los que ha recibido ese ansiado premio, pero los adolescentes bobos no estábamos listos para verlo en ese momento. 

Alguna vez lo hablamos con el Adolfo y él se refería a esa injusticia con un poco de bronca, resignación y, al final, qué más queda, con su habitual buen humor. Ahora que lo recuerdo, solo puedo sentir lo mismo. Hay un consuelo: existe una bonita edición de la novela en la Biblioteca del Bicentenario en la que también se puede encontrar el cómic que inspiró su alucinante historia.

Cuando asistía a su taller, Creativa II, en la Universidad, debíamos leer nuestros escritos. Recibíamos sus puntos de vista y la crítica de nuestros compañeros. Ahí leí varios de los relatos de mi primer libro, Eva y los espejos. Yo escuchaba con mucha atención sus comentarios. Al final del curso, en un gesto para mí inesperado, me regaló sus libros de cuentos Fastos marginales y El octavo sello, que atesoro entre lo más querido de mi biblioteca. De alguna manera me hizo sentir que mi camino no estaba equivocado del todo. Y se lo agradezco. Es que, en este oficio, uno nunca sabe.

Dejó de dar clases cuando le pidieron uno de esos títulos que te piden los malditos burócratas que no entienden de escritores de verdad. “Aj, que no jodan”, me dijo, “ya estoy viejo como para estar pasando cursitos”, y otras generaciones de la Carrera de Literatura –para profunda tristeza– se perdieron de conocer un maestro que valía más que cien licenciados o doctores o lo que sea que se llamen.

En El octavo sello está uno de los mejores cuentos de nuestra narrativa (el Adolfo es autor de varios de ellos): ‘CON POCISIÓN: El feriado de Todosantos’. Una niña redacta su tarea de lenguaje y ahí narra una situación de la violencia tan cotidiana en estas tierras. La primera vez que lo leí, me conmovió profundamente y me hizo comprender otra de las cosas que, en su momento, me molestaban de Periférica Blvd.: nuestra imagen en el espejo. 

A veces, cuando vemos nuestro reflejo desnudo, lo que encontramos nos desagrada, quisiéramos que no estuviera ahí, pero está y estará, aunque sea en la memoria. Pienso que es fácil encasillar al Adolfo como el escritor de la marginalidad paceña o como el autor del humor constante, pero no debe olvidarse que también es un retratista de nuestras miserias más obvias, quizás atenuadas en su sentido trágico por su bien trabajada estética.

La antepenúltima vez que lo vi fue en su casa, una tarde en la que nos la pasamos conversando. Le hice autografiar mi ejemplar de la Biblioteca del Bicentenario de Periférica Blvd. “¿Quieres que solo ponga mi nombre y nada más?”, me preguntó. “Es que tal profesor me hizo firmar así, parece que están esperando que me muera”, y sonrió. “Claro que no”, le dije, “este libro es para mí”. 

La penúltima vez que lo vi fue en la presentación de mi más reciente libro, Ayer el fuego. Él lo presentó. Estaba aquejado por la gota, caminaba más lento que de costumbre. No lo hubiera culpado si hubiera decidido no asistir. A pesar de todo, fue. Me dedicó palabras amables y compartió las impresiones de su lectura. ¡Cómo te agradezco, Adolfo, por ese detalle tan generoso! Recuerdo que siempre estuvo dándome su aliento. Así como asistió a la presentación de Eva y los espejos, en 2008, y cuando le pedí que hablara en la de Lluvia de piedra, en 2011. ¡Gracias por la compañía, en este camino a veces tan solitario que tú comprendías tan bien! 

La última vez que lo vi fue en la FIL La Paz de 2022, haciendo lo que siempre hacía: autografiar libros, presentar alguno por ahí, conversar con sus lectores y compartir sus observaciones agudas, divertidas. Te extrañaremos, Adolfo. Siempre tendremos tus libros para volver a escucharte, es el consuelo que nos queda. Hasta pronto, querido maestro.