Opinión Bolivia Ramona

  • Diario Digital | miércoles, 03 de junio de 2026
  • Actualizado 17:26

¡Pantomima a lo Bizot!

Segunda parte de un acercamiento a la figura del mimo francés, quien estuvo de paso por Cochabamba
¡Pantomima a lo Bizot!
¡Pantomima a lo Bizot!
¡Pantomima a lo Bizot!

Una sala singular. Las paredes telares mimetizan un mimo: de entero negras y dos líneas blancas de maquillaje luminoso a cada costado. Focos blancos; reflejo negro. Sillas blancas; suelo y cielo negro. Se llena y el público habla entre sí. Un acento argentino a espaldas mías, francés en la fila de adelante y palabras en alemán a mis costados. Sus alumnos están presentes. Hacen pantomima durante la espera, pasándose un objeto invisible. Se divierten, ríen mucho. En medio del escenario espera una silla de madera. Atada a cuatro ligas por pata que están amarradas a tubos en el techo. En el arte, la disposición por dejarse cautivar reside en ambos lados. Las sillas blancas nos esperaban a nosotros, así como la silla de madera lo espera a Philippe Bizot. Siento que a ratos somos negro y él es blanco. Otro momento el actor es el negro y nosotros blanco. Todos reunidos en el mismo escenario, haciendo posible eso que llamamos arte.

Duelos. Uno está sentado. Bizot está sentado. Cada extremidad suya tiene atada su liga. El hombre de la silla abraza con estimación sus ataduras. Las agarra, las trae cerca, las acaricia, las mira. Recuesta el rostro feliz sobre sus manos ligadas. Está cómodo, tranquilo, plácido así. Pero el flujo de la vida, como el de un río, no es constante. Su rostro cambia a la preocupación, luego es temor. Suelta la primera liga y finalmente llega el sufrimiento. Después la segunda y la misma pena agoniza. Los pies andan sueltos; podrán caminar libres, pero en completa soledad. De momentos el río de vida parece calmarse y hasta pareciera que ha dejado de fluir. Una calma llega. Se va y se lleva consigo la tercera liga. La persona sentada asimila su desgracia. No deja de sufrir, pero es un sufrimiento resignado y repleto de pánico. Él tiene un profundo miedo que parece estar consciente del flujo arrasador de los ríos. Entonces, más rápido que las anteriores, parte la última atadura. Todo abandono es una muerte. Y cada muerte es una ausencia que, lejos de significar aparente libertad, te deja cada vez más solo en este mundo. Aun así, el mimo se muestra finalmente tranquilo y también agotado. La pena guardada en algún lugar del interior, encerrada sin llave.

El ratón Pérez. Un niño se nos muestra alegre e inquieto. Su diente está flojo. Él ya sabe lo que significa eso. Acelera el proceso. Los niños son ansiosos. Se saca el diente. Regocija, rebalsa de felicidad. Lo guarda y espera haciéndose al dormido, observando de reojo con emoción. La espera le divierte. El sueño cada vez pesa más y el niño cae rendido a los pies de algún Orfeo dueño de sus infantiles imaginaciones. Cuando llega la mañana, ni bien abre los ojos revisa la caja. Halla su recompensa y rebalsa feliz otra vez. Ahora quiere sacarse todos los dientes con la fuerza de su emoción. Cómo no querer volver a ser niño y tener ese tipo de alegrías suficientes para el alma. Emocionarse tanto por el misterio en el que se cree. Es la magia de la edad, de la inocencia, de la imaginación y, cómo no, también del justo roedor Pérez que todo lo tiene de real.

En clase. Un estudiante, ni tan joven, ni tan infante, llega a su curso. Su edad es la de la transición. Es su tiempo de travesuras ya no tan inocentes y de aprendizajes ya no tan superficiales. Todo a esa edad parece calar hondo en uno. Y así también sus compañeros. Él se sienta sobre un chinche. Se sobresalta dolorido de la silla y luego se lo quita. Es una cara de fastidio la suya… Pero toma la travesura como lo que es en esa edad y en la escuela: algo totalmente normal, de todos los días. ¡Ahora es su turno! Saca un papel, lo arruga, apunta y lo arroja. Se hace al loco: “no fui yo, no fui yo”. El inocente se ríe. Después saca algo de su mochila, parece ser un retrato. Es un objeto querido. Añora, lo mira con gusto y ternura. ¡Lo descubren infraganti en su distracción! Le jalan de los pelos al pobre. El amor, el cariño, la picardía y las risas; todo tiene su tiempo. Ahora se está más tranquilo. La tranquilidad le lleva el dedo a la nariz. Vigilando, vigilando… que nadie mire. Se saca un moco sin pudor (a esa edad nadie). Todo lo que proviene de la nariz, oreja y boca es motivo de risa o alegría y sinónimo de trastada. Observa el elemento verde viscoso por un momento con una sonrisa sutil. Se lo tira a un compañero. ¡Chiste! ¡Lo han visto! Le reclaman. “¿Qué hice?”, dice el inocente. Llora, contra su pupitre. Pasa un rato y se calma. La clase sigue, la edad también, y la vida que siempre da lo justo y a su tiempo continua. El estudiante sonríe socarronamente.

Cita de amor. “¡El amor es una ganga!”, dicen unos. Otros dicen: “El amor es lo más bello, lo más puro”. Los más radicales dirán: “Una ilusión, una sombra, una ficción es el amor”. El caballero que se nos presenta en este número, todavía no sabe que decir al respecto. O, por lo menos, no con tanta seguridad. Está tan ilusionado que yo mismo me emociono. Se arregla. Se perfuma exageradamente. Cada botón de su camisa tiene que estar brillando. Debe mostrarse impecable. Sale de su casa con toda la expectativa del mundo. Busca y rebusca algo. Da vueltas, pasea pesquisando. Recontrabusca y nada encuentra. La vida no te espera y el tiempo ya nos pisa. Envejece, se encorva, se hace más pequeño y necesita bastón. Eternamente esperando la cita con su amor. Su amor cuyo nombre es Soledad.

Selfie. Entusiasmado pasa una y otra vez un fanático de las fotos. Al parecer, todo cuanto hay en este mundo es motivo para cautivarse y secarlo en la memoria, en la imagen de la fotografía. Le gusta sacar foto a todo. También quiere retrato de él mismo con el mundo. Quizás lo diferente de la selfie es eso, que uno tiene la posibilidad de recordar no solo a su tierra, a su lugar o lugares en los que ha estado, sino también de recordarse a sí mismo como parte de un mundo, el suyo. También el fanático de las selfies se toma una con alguien del público. He ahí otra cualidad: la foto como un testigo de la compañía, de la semejanza y del recordatorio de que este mundo, si bien es nuestro, también es de los otros. Él pide que le saquen una foto: posa. Le roban la cámara. “¡Qué tragedia!”. Se preocupa y reniega unos instantes cortos. Luego, ya algo más tranquilo pero triste, saca su celular y se saca selfie con su cara larga. Se saca varias, super triste. Pero no deja de posar… y con él el hermoso mundo.

Beijing, aeropuerto, llegada internacional. La manera en la que se anuncia el título de este número es como la típica voz que hay en los aeropuertos y en los aviones para avisarnos del despegue, el arribo, las llegadas y las salidas. Un pasajero ha llegado a la ciudad china de Beijing. Toda llegada, incluso todo retorno, está invadido por las incertidumbres, temores y dudas. “¿Dónde voy?”, se pregunta el viajero confundido. “¿Por allá?”. ¡Ah sí! Tiene que llenar los papeles correspondientes de un viajero, por supuesto. No sin antes pasar por las típicas filas de aeropuerto que le cansan a todo el mundo. La espera consume a la gente como los desiertos cada día más calientes a sus oasis. “¡Por fin!”. Llega al mesón, le atienden. Hasta que firme y llene inútiles datos en formularios le quitan el turno. A la cola otra vuelta. Ahora fotos: de frente y de perfil. ¡Listo! Es la muerte de la vitalidad humana por la espera agotadora y sofocante de la modernidad y la globalización.

Día de caza. Este número, el más especial de todos, Bizot lo realizó con sus alumnos que tienen autismo. Después de actuar una vez, ha actuado una segunda brindando la explicación hablada del acto, pues resulta distinto la percepción y sensibilidad de una persona autista y, por ende, los movimientos, gestos y expresiones se entienden diferente a lo que acostumbramos. Suena: La Pasión Según San Mateo de Bach. Es la noche. El cazador acaricia la tierra con especial conexión. Ya llega la luz de la madrugada… Son las dos, las tres. Son las cuatro, las cinco; finalmente las nacientes seis de la mañana. Todavía el frío debe estar ahí fuera. Él toma su grande abrigo y alista sus flechas y su arco. La amada está en la casa. Un beso de despedida. Se está por ir; ella quiere otro. Le da y se va. Saluda a un hombre en el camino. Se aleja. El hogar es cálido de amor. Y cuanto más camina el cazador, más extraña su casa y se pone melancólico. Finalmente llega al lugar de caza. Me imagino que es una pradera con uno que otro árbol por ahí. Siento las hierbas altas que salen del escenario como manos imaginarias de la misma tierra. Pasa un ave por su cielo, entonces él saca su arco y alista una flecha. Apunta el vuelo del pájaro; tira. Cae la criatura celestial del Señor y con ella todas sus plumas en forma de lluvia y la tragedia explícita del acontecimiento. Parece que él se oculta detrás de un árbol. “¿Será que Él está viéndome?”. Se pone a llorar. Después va al río: nada, bebe, espera, el día pasa, el sol se pasa y espera. Llega la noche, se da cuenta que está perdido. La misericordia por los demás seres del mundo siento que es el tema central de éste número.

50 años de silencio. Ahora es el turno de Mozart. El réquiem es una misa para difuntos. ¿Quién está muriendo en este número? Bizot interpreta a Bizot. Se encuentra arrodillado. Algo incomoda su interior. Quizás sonido, quizás más silencios aún. Grita la nada, grita silencio, grita todo desde ese lugar vacío. ¡Grita! Porque sufre. Lo veo a Bizot y no dejo de pensar en la siguiente cita de Jaime Sáenz en Felipe Delgado: “… una región propicia para escuchar el silencio eterno. Y, aunque no escuchemos nada, nos bastará estar allá”. ¿Es cierto que nos será suficiente estar en el lugar del silencio eterno? ¿Por qué grita Bizot? ¿Por qué sufre y se incomoda y agoniza? Hay un punto en el que la ausencia quema, como fuego ultravioleta dentro de las vísceras de uno. ¿Es acaso este número, en día de lágrimas, con su réquiem, una misa teatralizada para la muerte del silencio? El silencio también podría quemar insoportablemente al interior humano. Y de sus cenizas la culpa, quemante a lo lacrimosa.

En la imagen. Siendo todo blanco y negro, un explorador nos hace ver el paisaje colorido que esconde el escenario y cuya llave es solamente nuestra imaginación. Suena de fondo una música que no pudo ser más acertada: el soundtrack de la película La Misión, compuesta por el histórico Ennio Morricone. El excursionista comienza temblando, probablemente por el asombro de la belleza que lo rodea. Pasa los paisajes, viaja. Todo paisaje y lugar es una imagen. El viajero tiene como territorio un cuadro que contiene pintado el globo inmenso del mundo. ¿Es el mundo un globo azul? ¿Rojo o multicolor? Todo panorama es el descubrimiento de un nuevo cuadro dentro de otro cuadro. La tierra como una galería de sus retratos. Trepar una montaña, pasar una piedra grande y el viajero queda absorto con lo que encuentra. Nuestro mundo es finito, pese a que es imposible recorrerlo y conocerlo en su totalidad En este caso, son los mismos paisajes los que le encierran al viajero. El marco se hace cada vez más pequeño y empieza a sofocarlo. Se da cuenta y trata de empujar los propios límites de su habitad. Nos mira rendido. Ahora todos sabemos que él es parte de la imagen. Y que, así como ha quedado encerrado el explorador, también podríamos quedar así nosotros. Mientras eso pase: disfrutamos de este mundo y de sus paisajes de bello color que se nos ha regalado. 

Los actos terminan. Luego de aplausos eufóricos sale Bizot y atiende los pedidos del público; es una forma de devolverle el cariño a su público. Las peticiones para una pantomima improvisada son las palabras: cansado, conflictos sociales, abandono, indiferencia, redes sociales, niños, la pantomima. Todas improvisaciones excepcionales.

Músico, estudiante de la carrera de física en la UMSS y de filosofía y letras en la UCB

 ernesto.flores.meruvia@gmail.com