La palabra ‘chufi-chufi’. La expresión ‘No fue mi culpa si me asfixiabas’
Imaginemos a la escritora y ensayista María Negroni (Argentina, 1951) liviana, una ramita, un pájaro pequeño; una niña de menos de diez años, subida en un bote. Navega sola en un río, por la noche. Ella no va a ningún lado, el río va adelante, siempre adelante. Se escucha en el cielo una tos, un ahogo, una falta de aire. Cuando el bote es impulsado por la fuerza del agua o el ímpetu de la oscuridad hacia una de las orillas, la pequeña María saca un remo, lo empuja contra tierra firme y se impulsa al cauce y reconduce el bote de vuelta al río. Ni a la orilla que acoge con un sí, ni a la orilla que espera con un no. Ella navega en el no sé. Ahora, imaginemos que ese río en el que María se encierra es el lenguaje.
La pequeña María empieza a escribir. “Las palabras empezaron a llegar como dagas”. Necesitaba el lenguaje, su corazón se partía a medida que su madre, enferma de asma, se inflaba y desinflaba; chufi-chufi inhalaba su medicamento, chufi-chufi, el corazón de María resistiendo “el elogio tibio”, “la caricia (que) no llega”, los gritos, la “álgida gramática” de algunas tardes, la “hostilidad demente” de la araña, la opinión del daño. Cuando finalmente crece y se aleja de la telaraña materna, el río y sus aguas se convierten en el Hudson y el East River de Manhattan, ella tiene más de treinta y las “opiniones” de su madre aún la alcanzaban como “dardos erráticos, que avanzan dando tumbos, como buscapiés”. Cómo separar el lenguaje de la madre, las palabras de la vida. “La palabra no. La expresión ¡No es no!”.
El rio del lenguaje no se detiene, aunque haya hecho una parada en la isla. La niña que navega, sigue siendo niña y su lucha por la tenencia del lenguaje es ardua. Depende de él para vivir, para no quebrarse. El corazón del daño, una especie de autobiografía de Negroni que llega a Bolivia gracias a la escucha insectil de la Editorial Mantis, es este viaje de la autora alejándose de la madre acercándose a la palabra, a aquella que no suena, que ya no dice nada, que simplemente está. En sus páginas, desde el cielo caen, indistintamente, gotas de una misma lluvia: el ahogo y la irascibilidad de la madre y las palabras que salvan; veneno y antídoto son parte del mismo dolor. Negroni ha tenido un arduo aprendizaje en cómo hacerse del lenguaje y dejar de enojarse con su propia docilidad. Su tenencia del lenguaje es militante. “Los poemas son (…) interioridades profundas que funcionan como defensas”, escribe. Conseguir el lenguaje que exprese la verdad y la libertad.
En su libro Islandia (1995) se dejó imantar por el indomable territorio de ese país, “un territorio díscolo, donde cuidar la intimidad”; en El viaje de Úrsula (1998) sus heroínas van en un barco a Roma, madre de todas las ciudades, un viaje en busca de la identidad. Las conquistas o las derrotas del lenguaje están en todos sus libros como señalándonos que la tenencia del lenguaje no es suficiente, igual pueden hundir tu barco, arrancarte el corazón y escupirlo al mar. El lenguaje permite librar una lucha en el centro mismo del corazón contra toda tiranía y autoritarismo, ya sea el de los gobernantes, el de la bota militar, el del canon, el del lenguaje, el de la madre. ¿No es, acaso, la figura de la madre la más grande de las autoridades?, ¿la gran araña?
Leer El corazón del daño es una delicia, es como entrar en un cielo, en el cuello de un pájaro siendo pájaro, en la isla de Manhattan y saberte neoyorquina, en la biblioteca de al-Qarawiyyin, en Marruecos y entender todos los libros, los lenguajes, la Historia.