‘La obligación de ser genial’: un silencio propio

Una lectura del libro de ensayos de la escritora argentina Betina González.
Una lectura del libro de ensayos de la escritora argentina Betina González, publicado por Editorial Mantis y disponible en el stand de El Cuervo de la Feria del Libro de La Paz

El ensayo es un género sospechoso. Sospechoso por más de un motivo. Sospechoso porque no encaja, o no quiere encajar, en las clasificaciones más tradicionales sobre los géneros literarios. Sospechoso porque, en lugar de “crear” algo nuevo, se ocupa de trabajar sobre las cosas (obras, hechos, ideas) ya acabadas. Sospechoso porque quien lo escribe camina sobre la cornisa de un exhibicionismo sin fondo visible.

Antes que pasarlas de largo, la narradora argentina Betina González (Buenos Aires, 1972) se hace cargo de esas y otras tantas sospechas en los ensayos que integran su libro La obligación de ser genial (Mantis, 2023). No es que la autora destine sus textos a seguir abonando el terreno harto fecundo de la discusión sobre la “forma ensayo” (sin ir más lejos, están los escritos fundacionales de Lukács y Adorno). El suyo es un ejercicio en la estela de Montaigne, el padre del ensayo moderno, que esquiva el gesto teorizante para lanzarse a la construcción epistémica del ensayismo a partir de su puesta en práctica: ensayando.  

González ensaya un alegato en defensa de la emoción –que no sentimentalismo– como valor literario (“El corazón de la página”). Ensaya sus tesis sobre los comienzos y finales de las novelas, partiendo de su experiencia como lectora y escritora (“En el principio todo…”, “La aparición de la forma…”). Ensaya una reivindicación de la imaginación como proyecto aún vital para narrar lo conocido y, sobre todo, lo desconocido (“El miedo a la imaginación…”). Ensaya una denuncia del patriarcalismo en la literatura como institución que tiende a subestimar y marginalizar las obras escritas por mujeres (“La obligación de ser genial”). Ensaya un (auto)cuestionamiento de las narrativas –literarias y no tanto– que hurgan en la violencia de género (“La chica del billete de diez pesos…”). Estos y otros escritos comprometen una actitud no solo afirmativa, sino también combativa, para la que resulta indispensable disparar contra no pocas vacas sagradas: de la “literatura despojada” de emoción predicada por Gordon Lish (y sus epígonos) al Bolaño de 2666, del prestigio de la literatura de “no ficción” al Piglia que redefinió la crítica literaria argentina.

Los disparos de González no persiguen la muerte absoluta de sus blancos (con excepción del patriarcado y la violencia contra las mujeres). Funcionan como dardos tranquilizantes para que la autora pueda diseccionar sus presas a placer y exhibir sus malformaciones y enfermedades. Luego las sutura y los deja libres para seguir conviviendo con ellas. Es lo que hace con la frase que toma de Piglia y le da título a su libro: “La obligación de ser genial”. La toma para descomponerla y resignificarla en función de su propia búsqueda. Porque, volviendo a Montaigne, la materia prima de estos ensayos no son tanto los otros como la propia autora: los otros (textos, autores) son los hitos con los que González va encontrando la forma de su poética, de su territorio, de su cuarto propio.

Sería deshonesto ignorar el talante político de La obligación de ser genial. Es un libro que denuncia los sistemas de honores y de privilegios que orbitan alrededor de la institución literaria, esos que padece González en tanto mujer-escritora-clasemediera-migrante, pero también aquellos que representa como autora-premiada-turista-reseñista. Ella no los oculta; al contrario, los exhibe, no en un afán obsceno, sino porque cree en la palabra escrita como contenedor de sus interrogantes, de sus inseguridades, de sus incertidumbres, de sus –por apelar a una noción trabajada por ella misma– “desubicaciones”. Antes que guardarlo para sí misma, la ensayista abre las puertas de su “cuarto propio”, deja entrar a los lectores para recorrer su mobiliario de lecturas e ideas, y en el camino les descubre las paredes pintarrajeadas con preguntas sin respuesta y la imagen religiosa de un niño que invoca el silencio con el dedo índice. Esa imagen que sintetiza su poética toda: contar el silencio con palabras.