Cine

Notas al borde del abismo

Fotograma Abre los ojos (1997)

Guillermo Augusto Ruiz Plaza, premio Nacional de Novela y colaborador de la Ramona, comparte impresiones y reflexiones, tamizadas por lecturas de libros y películas, sobre los días de la peste, desde su confinamiento, en Albi, Francia.

Calles vacías y periódicos viejos; plazas del color del olvido; ríos de ausencia limando el pavimento; constelaciones de moscas en el aire; papeles que se aparean en el viento; y a lo lejos, el ruido de la tormenta, prometida tierra del trueno: fragmentos de un mundo hinchado, lleno de un orgullo pastoso, deshaciéndose.

Este fragmento de un poema en prosa (“Canícula”, incluido en Prosas sacras) corresponde a la experiencia de mi primer verano en Europa. Fue en julio y agosto de 2002, varios meses después de la explosión de la planta química AZF en Toulouse, ocurrida el 21 de septiembre de 2001, que no solo causó treinta y un muertos, 2500 heridos y diversos daños materiales, sino que, apenas llegaron las vacaciones finales, vació de forma extraordinaria la que entonces era ya la cuarta ciudad de Francia. Como existía un oscuro temor de que, con aquella explosión, químicos peligrosos se hubieran disuelto en el aire, aquel verano no hubo turistas y la mayoría de los veraneantes tolosanos huyeron, dejando el desolado panorama que mi poema en prosa intenta cristalizar.

Hoy, al inicio de la cuarta semana de cuarentena por la pandemia de coronavirus, el panorama en Toulouse es todavía más extremo. Por las fotos que circulan en Internet, compruebo que, dieciocho años después de aquel extraño verano, Toulouse es otra vez una ciudad desertada.

Ya no vivo en Toulouse sino en Albi, a una hora al norte. Es una versión más pequeña de la ciudad rosa (llamada así por el color dominante y característico de las plazas y los muros y los edificios más antiguos, construidos con ladrillos sin revestimiento). Ya antes de la cuarentena, en el mercado que hormigueaba a los pies de la imponente catedral de Saint-Cécile –la catedral de ladrillo más alta del mundo parece más bien una fortaleza militar–, el ambiente había cambiado de forma drástica. De costumbre, los sábados por la mañana es agradable abrirse paso entre el gentío que anima la plaza y las calles estrechas alrededor de la catedral, entre los puestos de frutas, verduras, hierbas aromáticas, queso, especias, pescado. La fiesta sensual de fragancias, rugosidades al alcance de la mano y colores vivos es indisociable del baño de multitud. Sin embargo, el sábado 7 de marzo, es decir, cinco días antes del anuncio oficial del confinamiento, los vendedores miraban incrédulos la plaza y las calles casi vacías y luego se miraban entre sí con aire inquieto y comentaban la inminencia de un desastre.

Ese oscuro presagio se cumplió. Tan bien, que ahora mismo no podría describir el aspecto de la ciudad de no ser por las fotos que el periódico regional, La depêche du Midi, ha puesto a disposición de los internautas. Albi parece un antiguo desierto de ladrillo y, a la vez, un escenario de ciencia ficción. Muros, jardines, edificios, calles, avenidas, puentes, parques, plazuelas, rotondas: vacías. Una versión sintética y surrealista de aquella Toulouse rehuida hasta por sus propios habitantes durante el verano de 2002.

Ahora, más que nunca, las plazas tienen el color del olvido y furiosos ríos de ausencia liman el pavimento de la ciudad solitaria. Ahora, más que nunca, son elocuentes las imágenes de un mundo –de un orden– deshaciéndose ante nuestros ojos. Ya no es anecdótica, como entonces, la deserción de las calles. Ahora significa algo. ¿Es el augurio de una deserción mayor? ¿La deserción de nuestro estilo de vida y la de nuestro modelo económico, especialmente en lo tocante a la religión insostenible del crecimiento por el crecimiento, en desmedro del medio ambiente, de nosotros mismos y de nuestra especie?

Vista así, la ciudad tiene algo de la promesa de la página en blanco, del borrón y cuenta nueva, aunque tal vez solo sea una ilusión.

*

En Abre los ojos, de Alejando Amenábar, César (encarnado por Eduardo Noriega) despierta una mañana, se ducha, se viste y sale en su peta Volkswagen descapotable a la ciudad de Madrid. Tras unos minutos de circular libremente por calles tan soleadas como solitarias, donde no se ve más que algunos autos estacionados y no se oye sino el ronroneo del motor de la peta, César mira su reloj: son las diez y tres minutos. Cuando llega a la Gran Vía –sin duda la avenida más concurrida y bulliciosa de Madrid–, la extrañeza se convierte en asombro. Perplejo y alarmado, rodeado de un silencio aplastante, César se baja del auto y mira a su alrededor con los ojos bien abiertos. Girándose en busca de otras personas, con algo de títere titubeante, echa a correr por la interminable avenida desierta. Y al tiempo que, en lo alto, el semáforo cambia de colores con una regularidad ya totalmente desprovista de sentido y una música angustiante va subiendo de intensidad, la silueta de César se aleja con su taconeo solitario hasta desaparecer en un fundido a negro.

La película de Amenábar es de 1997 y esta secuencia, que dura dos minutos y treinta y ocho segundos, transmite hoy una sensación de pesadilla profética.

*

Si las ciudades desiertas nos impactan tanto, es porque las imágenes siempre nos han impresionado más que las ideas. Eso podría llevarnos a creer que la pandemia de coronavirus tiene algo de apocalíptico y a olvidar la verdadera amenaza que pende sobre nuestras cabezas: el cambio climático. Pero aun la imagen de los glaciares desmoronándose con estruendo en el mar parecen no hacer mella en nuestros líderes. Tal vez porque es una imagen remota, vivida como algo no inmediato y por lo tanto ajeno. Una amenaza a tener en cuenta, sí, pero para más tarde. Así, al menos, parecen razonar estos curiosos homo sapiens. En este sentido, carecemos de imágenes que podamos asociar de manera íntima y tangible al desastre inminente.

Sin embargo, la literatura nos procura algunas. La carretera de Cormac McCarthy es especialmente sobrecogedora. En esta gran novela, se reactualiza de forma impactante un tema relegado, desde hace tiempo ya, al exotismo o a la patología: la del canibalismo. En efecto, La carretera sitúa la problemática de la antropofagia en el centro mismo de una poderosa reflexión sobre el humanismo.

Llega otro invierno. El fin del mundo ya es historia. Nadie sabe lo que ocurrió o tal vez a nadie le interese. ¿Qué importa el pasado histórico cuando el hambre, apremiante y dolorosa, le recuerda al hombre su prioridad? Esta situación novelesca retrotrae al hombre a su origen primitivo (In my end is my beginning, escribió T.S. Eliot): el instinto de supervivencia a ultranza. Sí, el apocalipsis ha tenido lugar, pero ha perdido totalmente su sentido de revelación para quedarse con el de tabla rasa. No hay revelación ni la habrá en toda la novela. La verdadera razón del fin del mundo nunca es elucidada y el lector debe limitarse a adivinar un vago conflicto nuclear, una guerra biológica o, quizá, ¿por qué no?, una pandemia, en todo caso, una serie de factores que, unidos a los efectos devastadores del cambio climático, han diezmado a la población mundial. Sin embargo, conforme avanza en esa carretera desolada junto a los héroes, el lector se va dando cuenta de que el meollo de la novela no consiste en qué ocurrió ni en el porqué. No hay respuestas, solo preguntas, y especialmente una pregunta que el poeta belga Henri Michaux formuló en uno de sus agudos fragmentos:

Al decir “la civilización occidental”, piensas en “tu civilización”. Si permanecieras solo en la tierra, aunque esta estuviera intacta todavía (y aun con algunos de tu especie), ¿qué es lo que lograrías hacer funcionar nuevamente de “tu” civilización? (Poteaux d’angle, 1981. La traducción es mía.)

La reflexión de Michaux es llevada al extremo en la ficción de MacCarthy. No es solo la civilización occidental la que desaparece, sino toda civilización. La tierra ha quedado reducida a un soporte vacío y hostil propicio a la muerte. Pero, en el fondo, ambos autores plantean el mismo interrogante: ¿Qué queda de un ser civilizado cuando cae el telón de la civilización? ¿Acaso todo lo que creemos “nuestro” –identidad, cultura, conciencia– pende de un hilo?

Es invierno. Tan épicos como patéticos, un hombre y su hijo avanzan por una carretera vacía tomados de la mano, avanzan hacia la costa sureña de un territorio devastado por el fuego, la hambruna, las enfermedades, pero también el saqueo y la anarquía. ¿Por qué hacia el sur? ¿Por qué hacia la costa? Al parecer, en el hombre titila la esperanza de encontrar un clima en que resultaría posible sobrevivir; también siente el deseo de que su hijo (nacido durante el apocalipsis) vea el mar por primera vez. Secretamente, adivinamos que el hombre busca un motivo para no matar al niño. Estas dos razones, física y metafísica respectivamente, los empujan por el camino, en una verdadera peregrinación hacia ninguna parte.

El frío y la humedad resultan opresivos. La lluvia eterna de la ceniza borra los contornos de las cosas, cubre la nieve abundante, ensuciándola. El sol es anémico y fantasmal. Ya no calienta. Ya no hay pájaros ni peces ni animales terrestres. Su presencia queda relegada a los pocos libros que la entrañable pareja lleva en un carrito de supermercado (vestigio irónico del consumismo, que acabó por devorar el mundo) junto a sus pocas pertenencias –entre las cuales, cuando tienen suerte, brillan latas de conserva halladas por milagro durante alguna de sus arriesgadas pesquisas en las ruinas–. Precisamente, el riesgo consiste en la posibilidad de toparse, en cualquier momento, con uno de esos gangs salvajes que asolan la carretera, las urbes ruinosas y los campos muertos a ambos lados del camino. Estos grupos están formados por hombres y alguna mujer (en general, embarazada), pero nunca por niños ni ancianos. Armados con tubos de hierro y algún arma de fuego, se desplazan en camiones desvencijados o a pie (la falta de gasolina es casi total), toman presos, los despojan, los violan y devoran. Al hombre le quedan solo dos balas en el revólver, justo lo necesario para, eventualmente, pegarse un tiro y matar al niño antes de caer en las manos de los caníbales. Un día el hombre y su hijo llegan a una casa. Allí descubren una chimenea donde cuelgan ollas que, al parecer, han servido hace poco; arriba, entre otras cosas, encuentran una pila de zapatos. Tienen una sospecha, pero el hambre es superior a cualquier otro instinto. En la cocina, encuentran una trampa cerrada. El hombre rompe la cerradura, baja la escalera con el niño y, a la luz de su linterna, ambos descubren un verdadero ganado humano, esperando. Una persona, sentada en el centro, luce muñones en el inicio de brazos y piernas: los caníbales, se entiende, ahorran sus recursos, comiendo miembro por miembro y manteniendo viva, el mayor tiempo posible, a la res humana. Así pues, el canibalismo resulta de una necesidad, pero se revela como una nueva cultura: no salvajismo, sino cálculo y ahorro, cocina y medicina (la utilización del fuego para cocer la carne y la cauterización de las heridas).

Con todo, esta escena no me impresionó tanto como otra hacia el final de la novela. Es noche cerrada. Ya cerca de la ansiada costa sureña, el padre ve que un grupo de tres personas –dos hombres y una mujer con un embarazo avanzado– pasan no muy lejos, aunque sin notar su presencia. Decide esperar a que pasen y se alejen de ellos. Días después, halla en el camino los rescoldos de una fogata; sabe (no puede ser de otra manera) que se trata de los restos de ese trío. El olor de carne chamuscada precede el hallazgo. En ese momento, a padre e hijo, el olor de carne les resulta doloroso de tan rico; pero luego descubren, sobre las cenizas, los restos calcinados de un recién nacido. Entonces comprendemos porqué, en ese mundo pos apocalíptico, no hay niños. Y también porqué los pocos personajes que padre e hijo encuentran por el camino observan al niño ora con ansias, ora con asombro. Asombro al ver que el padre no se comió lo que, de alguna forma, le pertenece por derecho: su hijo, cuya carne podría ofrecerle la posibilidad de durar un poco más (en ese mundo, para no abusar del lenguaje, preferimos el verbo durar al de vivir).

Después de la Historia, después de la disolución total de las leyes sociales y, por tanto, morales, después de la última esperanza depositada en Dios o en el hombre o en la ciencia o en la Madre Naturaleza –la cual parece ensañarse con los últimos supervivientes, haciéndoles vivir rigores e inclemencias sin precedente, pero que, simple y llanamente, está muerta–, en el corazón del caos, donde casi todos los hombres comen carne de su propia carne y, así, anulan lo último que se pierde, es decir la esperanza, ¿cómo reflexionar sobre la ética?

A través de este canibalismo cultural y generalizado, McCarthy plantea el problema de la ética y el humanismo fuera de los campos social e histórico.
La novela, en efecto, divide a la humanidad en dos grupos: los antropófagos y los otros, una minoría, que llamaremos resistentes. Aun más allá de la esfera social, la ética es posible y necesaria, parece afirmar la historia del trayecto incansable, y al parecer absurdo, que llevan a cabo los protagonistas hacia la promesa del calor y la luz ilusoria de la costa, trayecto que también constituye una búsqueda tácita de otros resistentes. Así pues, el objetivo profundo del viaje es reanudar el lazo social, el cual resulta, en cierto modo, religioso (eso es, etimológicamente, la religión: ligar a las personas gracias a una creencia o un modo de vida). Reanudar con la cultura y el humanismo –el fuego prometeico– es una misión que, al padre, le da el ánimo de levantarse cada mañana, enfermo y cubierto de ceniza, para continuar la marcha hacia el sur. Y es por eso que padre e hijo se dicen portadores del fuego. Y es por eso que, en un momento dado, el padre le confiesa a un viejo encontrado a la vera del camino que, para él, su hijo es un dios. Qué peligroso, responde el otro de forma memorable, qué peligroso andar por esta carretera con un dios. Pues si dios –cualquier dios– es quien nos concede el día y la noche, es decir, el tiempo –por oposición a la duración desprovista de humanidad de los caníbales–, así como el ánimo –el ánima– de seguir, y la luz de la ética, la afirmación del padre no puede ser más certera.

Esta situación es llevada al límite de lo imaginable. El hombre, muy enfermo, se sabe condenado a corto plazo. El día que padre e hijo llegan al mar, descubren una extensión infinita de aguas grises que apenas se mueven. La playa está cubierta de cadáveres de peces y pájaros. El mar es una decepción. Pero, aun así, siguen caminando, siguen buscando comida, siguen acampando lejos de la ruta para no tener sorpresas fatales, siguen haciendo el fuego de campamento que los mantendrá con vida, una noche más, en el seno de esa noche eterna (la luz del día se reduce de forma inexorable, los árboles se caen solos, el oxígeno escasea). Aun en esas condiciones, padre e hijo siguen su camino, sobre la tierra muerta, irremediablemente.

El final de esta novela, que no voy a revelar, es tan misterioso como el principio (un acierto, pues el origen y el fin del hombre, que yo sepa, permanecen en la oscuridad). Solo diré que, en un párrafo magnífico, desgajado en apariencia de la historia, se nos habla de los seres que habitaron, alguna vez, bajo el agua, donde todo era más antiguo que el hombre. Se nos recuerda así que la humanidad no es más que un misterio dentro de otro mayor, que nos excede y que, sin duda, nos sobrevivirá. En él, somos un trazo nada más. Un trecho del camino. Una llamarada en la noche.

Frente al nihilismo, esta fábula visionaria nos transmite, desnuda y fresca, la esencia del humanismo. Es una intensa metáfora de nuestro mundo, que devoramos sin ver la sangre humana ensuciarnos las manos.

(Primera parte del ensayo cuya segunda parte publicaremos el siguiente fin de semana.)

Escritor boliviano – gruizplaza@gmail.com