Nos hemos insinuado al infinito. Palabras para Zulma
Acaso siempre a un artista de los nuestros le falte país de respaldo, de resorte, de escaparate. Como sabemos, es una ventaja incomparable nacer en un país organizado, hecho y funcionando, y una desventaja lapidatoria si nos toca un país que no termina de hacerse, que se propone armarse y se desarma, que cree encontrarse y más bien se desencuentra para pesar de los pesares. Es posible afirmar esto mismo para un deportista, para un científico, para un intelectual. El tema es, sin embargo, que no seríamos ni artistas, deportistas, científicos o intelectuales si no tuviéramos el país que tenemos. Un país más cerca a ser paisaje que república o Estado Plurinacional. Si no lo sintiéramos en los riñones, en el hígado, en la bilis que nos genera y que no nos provocara rabia, inspiración, frustración, orgullo. Somos tal para cual. Nos falta país, sí, y nosotros le faltamos al país porque aún no nos hemos propuesto hacerlo grande. ¿Es posible comprender esta dialéctica?
Pero de pronto tenemos, muy de vez en cuando, alguien que trasciende la mutua limitación y se insinúa e insinúa al país al infinito. Alguien que abre los brazos y declama parada en una silla porque tiene cuatro años, que baila en las horas cívicas colegiales porque tiene ocho, y que de pronto se descubre cantando con una voz que es aire transparente, que es ave, que es pez, que es arcilla que se modula. Alguien que nunca pensó qué le faltaba del país, algún reclamo de la escuela o de su hogar, y que más bien se preguntó cómo podía ser mejor artista para orgullo del país, de sus padres y de su escuela. Créanme que no exagero nada. La precoz Zulema, tan niña ella sobre su silla, la flaca adolescente que baila, la linda Zulma, la jovencita, y luego la consagrada, la madre, la tierna abuela, todavía se pregunta qué puedo hacer por mi país, por su gente y por la memoria de mis padres. Jamás se pregunta qué hizo el país por ella. La gente que la conoce repara pronto en esta entrega. Zulma solo tiene una pregunta, reitero: ¿Qué puedo hacer por mi país? Y el país somos todos, aún los que no tuvieron el placer de conocerla. Ella se pregunta y ella, de manera constante, se responde lo mismo. Así se explica que haya cantado, hecho cine, política, que haya hecho gestión cultural en la Unesco, en el vice ministerio, también en el ministerio y en sus propios espacios creados con su dinero y tesón. Así se explica que sus atuendos de escenarios hayan llevado los colores bolivianos por América, Europa, Australia y Asia. No se descuidó de hacerlo, porque su convicción es firme y sencilla: hacer país, no esperar que el país nos haga.
La belleza del arte atrapó de niña a Zulma para no soltarla más. Casi en palabras de don Franklin Anaya Arze, si la belleza del arte atrapa al niño, ha de convertirlo en una persona noble y digna; por eso su afán en el Laredo. Fueron los padres de Zulma quienes la conectaron con el arte advirtiendo su peculiar talento, y la acompañaron desde la infancia hasta la vida adulta por sus escenarios de gloria, realización, derrotas y frustración, como todo lo que sucede irremediablemente en la vida. Lo importante es que, para fortuna del país ausente o presente, su arte abrió la jaula de la postergación sin remedio y voló por los cielos de cientos de escenarios desplegando su belleza. Cantó en los grandes teatros europeos y americanos, asiáticos y australianos, en los nuestros, tan modestos como amados, y sobre tablas y turriles en los pueblos, en las minas y donde se la haya convocado, porque Zulma tiene entrega y no cesa de hacer país, ya lo sabemos.
Su autobiografía nos sensibiliza. Pienso que ahora podemos conocerla y comprenderla. Es una mujer dotada de talento, tesón y entrega. ¿Acaso no son los factores del triunfo? Genera amistad, respeto y sano orgullo. Se la ha nombrado nuestra embajadora de la canción, del folclore, del arte numerosas veces, todas debido a su nobleza y a su dignidad. La belleza del arte hizo su trabajo hasta lograrla una persona especial. En sus propias palabras: “Nunca imaginé que al subir sobre una silla para decir mi primer verso se abriría un camino de interminables vivencias”. De la silla a la cumbre del aplauso fiel de su Bolivia.
Cochabamba, octubre-2024