Música, familia y cervezas: una lectura de ‘El rehén’
Cumbia, alcohol, sexo, fútbol, hermanos, padres, pobreza... Bolivia. Ahí solo unas palabras sueltas de lo que es El rehén (Dum Dum, 2021), la novela de Gabriel Mamani Magne, escritor paceño que ha ganado hace no mucho, entre otras cosas, el Premio Nacional de Novela y el Franz Tamayo de Cuento.
La novela de Mamani explora los temas que, se nota, le gusta trabajar: la solidaridad de la amistad así como sus traiciones, la energía que los padres transmiten a los hijos, la influencia que ejercen en la vida de ellos, el poder de las cervezas como enlace de las grandes alegrías y tristezas. La potencia del sexo, ese imán eterno. Pero también, y ese es su juego, dialoga mucho con lo boliviano, con sus tendencias, sus caprichos, sus incoherencias.
Y eso es algo que a Mamani Magne le atrae demasiado. Es decir, Seúl, Sao Paulo (la novela con la que obtuvo el Nacional de Novela) es una enorme referencia de aquello. Ahí hace que sus personajes se cuestionen todo el tiempo su nacionalidad, su “amor por la patria”. Su terror por este país que no se entiende a sí mismo. Tanto así que, entre otras imágenes, se ve una bandera quemada...
Pero ahora hablamos de El rehén, que es lo mismo que hablar de la tragedia de ver a tu familia al borde del colapso. Porque la historia va de eso, del secuestro de un padre hacia sus hijos. De guardarlos, de esconderlos de la madre para que ella entregue un dinero, uno que es de vital importancia para el “líder” de la familia qua ya no existe. Porque la esposa ahora es una mujer solitaria que va de acá para allá con su minibús, que arranca a una velocidad de película cuando se ve aturdida por el presente.
Y ahí es la voz del niño, el que habla en la novela, el que cuenta el derrotero de su padre, de su familia, el que acompaña la vida de su hermano menor, al que debe cuidar. Porque ese es el hogar, el estar juntos.
Mamani elabora en casi cien páginas todo eso: lo une y le da la construcción narrativa necesaria para que funcione, para que el falso secuestro se muestre como un proceso de evolución de los personajes, más que todo del principal, por supuesto. Del narrador.
“Ahora que me separan más de veinte años de aquellos días, puedo decir que, si bien esa época fue una de las más relevantes de mi vida – quizá el evento de mi preadolescencia que recuerdo con más intensidad –, faltaría a la verdad si digo que fue el más importante después de nacer”, dice el personaje, que lo ve todo desde el futuro, un tiempo más noble, en el que se puede decodificar lo transcurrido, los capítulos que marcaron nuestras vidas. Y así entendernos un poquito más.
El lenguaje utilizado por Mamani Magne ayuda mucho a eso, a entender la velocidad de los años. Porque Mamani ya va imponiendo su estilo, uno rabioso, rebelde. Que no se conforma con las estructuras impuestas, con los párrafos bien delineados, con las palabras capciosas. Mamani elige romper con ciertos prospectos y avanzar, serle fiel a su prosa, la que viene de todo lo que ha escuchado, leído y entendido como literatura.
Entonces El rehén es eso, una historia terrible con un lenguaje mordaz, veraz, que es capaz de arrimar a mucho de lo boliviano, de interpelar lo nacional. Todo al son de unas buenas cumbias, cervezas en la mesa, amigos y, lo más importante, familia.
Escritor paceño