Miyazaki y la (no) permanencia de las cosas

Miyazaki y la (no) permanencia de las cosas.
Una aproximación a ‘El niño y la garza’, la más reciente película del maestro japonés de la animación. Está en cartelera de cines de Cochabamba y de otras ciudades del país

Desde Globos de Oro hasta impostoras de la animación, Miyazaki y su última película, El niño y la garza, se encuentran siendo noticia en todo el mundo. La cinta, estrenada en los cines de Japón y en festivales internacionales a mediados de 2023, apenas llegó a los cines bolivianos el pasado 11 de enero, y ha dejado a críticos y fanáticos de Studios Ghibli satisfechos y con una lágrima de nostalgia.

El filme cuenta la historia de Mahito, un chico de 12 años quien, luego de perder a su madre en un incendio provocado por la guerra, se muda junto a su padre a una gran finca familiar, en la que también vive Natsuko, la hermana de la madre de Mahito y nuevo interés amoroso de su padre. Dentro de esta finca hay dos elementos que despiertan la atención de Mahito: una torre abandonada y una garza que ronda por el lugar. Esta garza se comunica con Mahito y lo convence de seguirla para emprender un viaje a través de mundos secretos en los que coexisten vivos y muertos, luego de decirle “tu madre sigue viva”.

El primer elemento de la filmografía de Ghibli y Miyazaki que el espectador nota, pues lo invade en la mirada desde el primer fotograma, es esa animación pulcra, delicada y tradicional que evoca el estilo y color de libros infantiles o los cuadros de Monet. Han pasado diez años desde la última película del director japonés, años en los que la animación por computadora ha dado pasos agigantados y ha permitido que las productoras experimenten con todo tipo de técnicas. Sin embargo, el tradicionalismo de Miyazaki hace que esta obra mantenga el estilo clásico que tanto caracteriza al estudio, pues, si bien se utilizan computadoras para distintos efectos especiales, la animación a mano sigue siendo la más importante. Esto es, de algún modo, reconfortante, por el hecho de que el tiempo haya avanzado tan rápido, así como la tecnología y la estética de los productos culturales, pero haya algo que permanezca igual. Y sobre todo, algo como una película de Ghibli, que se siente como un cálido abrazo que te dice “calma, seguimos aquí, esto no ha cambiado”.

Luego de la apreciación de la estética y la primera impresión que la animación de Miyazaki deja en el espectador, toca adentrarse en los elementos de la historia y los simbolismos que aportan a ella. En El niño y la garza, se hacen presentes los cuatro elementos como símbolos dentro de la trama, siendo el fuego el de más relevancia y peso. El fuego es el que marca el inicio de la historia como el monstruo arrasador que consume la vida de la mamá de Mahito. Reaparece en su subconsciente y hace al protagonista revivir su trauma. No obstante, el fuego, vivo y poderoso, va transmutando su significado. Deja de ser un símbolo de muerte y destrucción el momento en que de las llamas se extiende una mano, la mano de Himi, para ayudar a Mahito en su misión. Desde ese punto de la trama y para adelante, el fuego significa vida, significa cambio, significa la llegada de algo necesario. Por otro lado, el agua hace un cambio, podría decirse, a la inversa: empieza tranquila y estable en el lago de la finca en el que la garza se posa, y pasa a la figura de la madre derretida y a las inundaciones. La fluidez del agua pasa a ser un elemento negativo, la falta de algo concreto y real.

Todos los símbolos, el lenguaje cinematográfico y la misma trama se encuentran subordinados al mensaje que Miyazaki busca transmitir. Este filme, de tintes autobiográficos, busca crear conciencia sobre la armonía, la guerra y la maldad entre los hombres y la contraposición de un mundo utópico y la realidad. Sin embargo, el mensaje más fuerte de la película es de la aceptación de la muerte: así como el fuego deja de simbolizar algo maligno para ser un elemento de ayuda y cambio, la muerte es el elemento que Mahito tiene que llegar a aceptar como necesario. Despedirse y cerrar la puerta es lo que los personajes hacen como último acto de su aventura, y son esas puertas que se cierran a las que nos enfrentamos cuando vivimos un duelo.

Quizás Miyazaki se despida y cierre la puerta de su carrera como cineasta con esta historia, o quizás nos regale algún filme sorpresa más en los próximos años. De todos modos, El niño y la garza es una lección de aceptación del duelo, de abrazo a nuestras emociones más oscuras y de búsqueda de cambio de un mundo que, luego de guerras y pandemias más tarde, para Miyazaki parece permanecer igual.