Opinión Bolivia

  • Diario Digital | lunes, 26 de septiembre de 2022
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Miles de ojos

Compartimos los primeros tres capítulos de ‘Miles de ojos’, la nueva novela del escritor boliviano Maximiliano Barrientos, presentada por la Editorial El Cuervo y que se encuentra disponible en la Feria Internacional del Libro de Cochabamba, evento que se realiza en los ambientes del campo ferial y que culmina este domingo. Los horarios de apertura al público son de 10.00 a 22.00
Arte promocional de ‘Miles de ojos’, la nueva novela de Maximiliano Barrientos. EL CUERVO
Arte promocional de ‘Miles de ojos’, la nueva novela de Maximiliano Barrientos. EL CUERVO
Miles de ojos

1

Un rojo espeso era el cielo en ese atardecer. Caminaron cuatro horas entre matorrales y árboles enanos hasta que llegaron al lugar. Se hincaron en la tierra frente a una roca, la única en toda el área. El muchacho tenía los pies adoloridos y la ropa sudada. Su padre ni siquiera aparentaba cansancio. Se acomodó el pelo hacia atrás y colocó la mochila por delante y la abrazó. 

Me duelen mucho los pies.

No hablés, dijo el padre, y cerró los ojos, pronunció palabras que el muchacho no consiguió descifrar. Abrió la mochila, sacó los pistones y dos palas pequeñas y le alcanzó una.

Vamos, dijo.

Se pusieron de pie y cavaron. Su padre arrojó los pistones. Los contemplaron en silencio por casi un minuto. Se pasó una mano por la nariz y limpió sudor y mocos. El hambre trituraba sus entrañas. Lo rojo del cielo se convirtió en una oscuridad azul, líquida. Habían pasado tres horas desde el canto del último pájaro, el silencio emanaba de la tierra y del aire y era tan insidioso como el calor. Extrajo un cuchillo de la parte trasera de su pantalón y se hizo un corte en la mano derecha. La sangre brotó, espesa, y la dejó caer en los pistones. Miró al muchacho y este retrocedió.

Vení, dijo.

No.

Sin que le cambiara la expresión del rostro, lo sostuvo de un brazo y lo llevó hasta donde cavaron el pozo. 

Soltame, dijo. 

Le abrió los dedos de la mano derecha sin ningún esfuerzo y le hizo un corte. Apenas emitió un quejido. Lo obligó a acercarla y vertió la sangre. Cuando fue suficiente, su padre la envolvió en un trapo y cubrió el hueco con tierra. 

Apareció detrás de uno de los árboles enanos. Vestía jeans azules, gastados, y una blusa negra que tenía el dibujo de una guitarra eléctrica. Los ojos no eran suyos, como si hubieran vertido hielo en la negrura de sus pupilas hasta descolorarlas: lo miraba desde aquello tan frío y tan frágil. 

Veo a mamá, dijo. 

¿Qué cosa?, dijo su padre.

Allí, y señaló a uno de los árboles enanos.

¿Qué hace?

Nada, nos mira. 

¿Te habla?

No

¿Parece feliz? 

¿Por qué no se lo preguntás?

Sabía que su padre no podía verla, sólo veía el polvo en las hojas, y de alguna forma lo reconfortó. Ni un poco de brisa, el calor era una presencia agobiante y seca. Lo sentía en los huesos del rostro cada vez que respiraba. 

No dice nada, dijo el muchacho. Sólo me mira. 

Vamos, dijo su padre, y se marcharon.

2

Años más tarde caminó por el monte hasta que divisó la roca. A diferencia de aquella vez, era de mañana y la mayoría de los árboles enanos habían desaparecido. En uno de los pocos que quedaban alguien colgó un bebé muñeco. Le pintaron la boquita de rojo. El plástico estaba sucio y agrietado y presentaba al menos una decena de quemaduras de cigarro. Con una pala removió la tierra hasta que dio con los pistones. Los extrajo, los limpió y los colocó en su mochila. Miró la cicatriz en la palma de su mano derecha, miró por última vez el lugar donde estuvo el fantasma de su madre. 

Tras habérselos colocado al motor del Plymouth Road Runner que escondieron la misma cantidad de años atrás, se lanzó a la ruta. Los rayos del sol se estrellaban en el parabrisas. Pronto vendrían, disfrutaba esos momentos de calma. A su padre lo encadenaron en un árbol y le derritieron el rostro con ácido. No les dijo dónde los había enterrado ni tampoco dónde ocultó el auto. Lo mantuvieron una tarde entera en agonía hasta que la vida se le salió del cuerpo a chorritos. Él, un muchacho entonces, se escondió en una habitación secreta que construyeron previendo esa situación. Cuando los hombres se marcharon, cortó los amarres que ataban el cuerpo al árbol. No parecía humano. Un borrón donde antes estaba su risa. Sólo sus ojos transmitían esa vieja sensación de familiaridad, lo demás parecía plástico quemado. 

Algo sin nombre. 

Pasó el resto de la tarde observándolo. A su madre también la asesinaron. Desde entonces llevaron una vida clandestina. Él no la vio morir, no supo cómo sucedió y su padre jamás hablaba de ella. Durante años se convirtió en un errante, se quedaba en albergues, siempre en movimiento, yendo de un sitio a otro, hasta que llegó la fecha en que debía desenterrarlos y ponerlos en el Road Runner y dirigirse al altar.

Por el retrovisor vio al auto que se aproximaba a gran velocidad. El motor los llamaba. Imaginaba el zumbido en sus cerebros. Dejó que se acercara, disfrutó de los últimos segundos de calma, la línea rota del asfalto zigzagueaba en esa mañana de un sol tan intenso y tan blanco. No tardó en alcanzarlo, un Corvette sin placa. Los vidrios negros, no pudo ver al conductor. Al principio no intentó nada, se limitó a compartir la ruta apegado al Road Runner. Arremetió, pero fue rápido y consiguió esquivarlo. Aumentó la velocidad y lo dejó atrás. Lo perseguía, se encontraba a menos de cinco metros. Frenó y su perseguidor lo sobrepasó, el olor del caucho quemado saturó sus fosas nasales. Aceleró de vuelta e impactó el faro izquierdo, el auto salió de la ruta y se estrelló contra un árbol. 

Se detuvo, no apagó el motor. Bajó, del portaequipaje sacó un bidón y una llave inglesa y se aproximó caminando despacio. Rompió el vidrio de la puerta del chofer. Era un gordo cuarentón, estaba inconsciente, tenía el rostro enterrado en el tablero. Vidrio molido en su pelo y en su nuca y en el cuello de su camisa. La sangre emanaba de un corte a la altura de la ceja izquierda. 

Lo sacó del Corvette y lo recostó en la tierra. El gordo tosió y abrió los ojos, parecía que despertaba de una pesadilla. Intentó hablar pero le dio una patada en el hígado y se arrodilló a su lado. Aguardó a que el dolor pasara, a que acumulara la fuerza suficiente para mirarlo a los 

ojos. 

Roció su rostro con gasolina y le prendió fuego. 

No era una voz lo que salía de aquella carne rostizada, tampoco ruido animal. El dolor del gordo no llegaba a su mente, se quedaba en el margen del entendimiento, latiendo en los bordes de sus tímpanos, hasta que fue apagándose. Cuando se hizo el silencio, meó sobre el cráneo en llamas. 

Volvió al Road Runner y continuó el viaje. 

La máquina respiraba. Sentía la velocidad en sus huesos, era aire convertido en deseo. La furia del motor se esparcía en sus sinapsis, era calor en la nuca y en las encías. Los focos de la radio se iluminaron. Al principio sólo escuchó interferencia pero ese ruido formó una voz. 

Demorás lo inevitable, dijo el albino. 

Intentó apagarla, las luces parpadeaban. Más interferencia y otra vez la voz:

Es nuestro. Nos pertenece. 

Se apagaron y lo único que escuchó en esas horas finales de la mañana fue el motor.

Rugía. 

3

Llegó a un pueblo que consistía en algunas casas, una tienda de abarrotes y una fonda que la gente usaba como bar. Estacionó el Road Runner a la sombra de un tajibo y sacó el mapa de la guantera. Según sus cálculos, le tomaría cinco horas llegar. 

Entró en la fonda. Tres hombres en la barra y dos en la mesa de billar, todos jóvenes a excepción de los jugadores: viejos con las barbas crecidas que llegaban a la altura de sus pechos. Tenían aspecto de menonitas, pero sus pieles eran morenas y sus ojos diminutos, rasgados. Parecían hermanos. Nadie se volteó a mirarlo. Le preguntó a una mujer que limpiaba una de las mesas dónde quedaba el baño y esta le dijo que en la parte trasera, al lado de un toro mecánico descompuesto y de una consola de videojuegos. 

Se echó agua en la cara. Cuando se miró en el espejo vio el rostro de su padre corroído por el ácido: una explosión de colores en aquello que apenas reconocía como carne. El sueño de un rostro. Al tocarlo sus dedos quedaron prendidos en esa viscosidad de venas y nervios y cartílagos y el borde plateado del orbital. Los labios colgaban a centímetros de los pómulos, eran gusanos. Pelos en la barbilla, lo único que estaba intacto. 

Uno de los hombres que jugaba billar entró en el baño y al verlo mirándose en el espejo, lo saludó con un movimiento de la cabeza. Entró en uno de los cubículos. Escuchó la respiración pesada mientras se bajaba el pantalón y sus pedos y algo parecido a un gemido seguido de un suspiro de alivio cuando consiguió vaciar el vientre. 

La mujer, que ya había terminado de limpiar las mesas, preguntó qué se le ofrecía.

¿Qué tenés de comer?, dijo. 

Hamburguesas con una crema de cebollas que es el secreto de esta casa. 

Dame una, también quiero una cerveza. 

Se retiró a la esquina del mostrador y volvió con una cerveza que sacó de una enorme heladera cuadrada que tenía un viejo almanaque de 1973 en el que una mujer con senos inmensos sonreía en una playa en la que la tarde resplandecía con una luz muy blanca. Antes de beberla, la asentó en su cuello. El frío lo relajó. Llenó un vaso y lo bebió de un solo trago. Volvió a llenarlo, pero esta vez lo dejó a centímetros de su mano derecha. El frío cerraba su garganta y el alcohol producía esa falsa serenidad en su sangre que le permitía distanciarse del mundo y poner una barrera imaginaria entre las cosas y su respiración. 

Es de usted ese auto que está debajo del tajibo, dijo una muchacha que acababa de entrar. Tenía rasgos indígenas pero sus ojos eran celestes y su piel blanca y su cabello de un colorado tan intenso que parecía artificial. 

Antes de responder, miró a los hombres del bar, nadie le prestaba atención: estaban ensimismados en sus cervezas o charlando en susurros, adormecidos por el calor que dos inmensos ventiladores de techo no conseguían disipar. 

Es mío, dijo. 

La muchacha se sentó a su lado pero la mujer que atendía el bar no se acercó a preguntarle qué iba a servirse. En vez de ello, meneó la cabeza, como si le fastidiara su presencia. 

Voy al norte, dijo la muchacha. Me haría un favor si me lleva. 

No va a ser posible. 

¿No va al norte? Todos los que pasan por este hueco van a Palo Alto o a Cabezas. ¿A dónde se dirige?

No puedo llevarte.

Qué carácter. Parece que ahora todo el mundo está podrido, dijo, y miró a la mujer del bar pero esta no se dio por aludida. 

El hombre se llevó el vaso de cerveza a los labios y bebió. La muchacha seguía a su lado, mirándolo. La tensión del bar incendiaba el aire. 

Puedo pagarle, dijo.

No puedo llevarte. 

La muchacha se mordió los labios y resopló. La mujer del bar llegó con la hamburguesa. 

Es mejor que te vayas, Luisa, dijo. No queremos problemas.

¿Te estoy molestando?, le dijo al hombre.

No.

¿Viste?, le dijo a la mujer. No estoy molestando a nadie. 

Si llega y te ve se va a armar una buena. 

Eso no es de tu incumbencia.

Es mi bar, es de mi puta incumbencia. 

La muchacha se alejó de la barra y caminó alrededor de las mesas de billar. Los viejos barbones la ignoraron pero a leguas se notaba que fingían: la presencia de esa pelirroja los incomodaba. Les sonrió con desprecio y se dirigió a la consola que había a unos metros del baño, colocó monedas y se puso a jugar. 

No le haga caso, dijo la mujer. 

Retiró el pan de la hamburguesa y vio la carne que no terminó de cocerse, la sangre se mezclaba con la salsa espesa y blancuzca y con la capa de cebollas que la cubría. 

Se metió con quien no debió meterse y ahora anda loca por irse. No le conviene llevársela ya que si lo hace la mierda también le va a regar a usted, dijo la mujer. 

Él la miró tras dar el primer mordisco. 

Sólo le hago un favor, no es al primero que le pide que se la lleve.