Una mentira que dice la verdad
El hombre se llama Ramón, profesor de filosofía en la universidad. La mujer se llama Laura, psicóloga/terapeuta. Eran pareja, ahora ya no lo son. O eso pensamos. El hombre tiene a la mujer atada. La va a matar. O eso creemos. Ramón es un asesino en serie. Después de que Laura lo dejara, mata gente. El hombre es un tipo común/vulgar, como (casi) todos los feminicidas. Se hace al loco. No siente nada al asesinar. Lo hace siempre la fecha 19 de cada mes. Es la fecha de aniversario de matrimonio.
Ramón piensa que las mujeres calculan/sopesan, siempre. El hombre no cree estar loco. Nosotros, los espectadores, creemos que sí. Y luego creemos que no. Somos un juguete.
“Si me curas, no te mato”, le dice Ramón a Laura. El hombre solo quiere/necesita una explicación de la ruptura/separación. Vive bajo un rencor perpetuo, solo quiere volver. Parece la letra de una cumbia. Lo único que no soporta es que lo insulten. Ramón golpea a Laura, la somete, es un régimen de terror dentro del cálido hogar. O eso nos hacen creer. En un momento dado y con un juego de luces que nos expone, Ramón se voltea, mira fijamente a la platea: la próxima víctima podemos ser nosotros. O no. Somos un muñeco.
“Palabras encadenadas”, texto del catalán Jordi Galcerán y puesta en escena del elenco argentino/porteño de Itaca, es una obra sobre la verdad y la mentira, sobre el engaño. Son secretos de un matrimonio, es la confesión de un asesino/psicópata y una mentirosa. ¿O todo es una broma pesada? Es un “thriller” psicológico de alta tensión, es una obra de misterio (tan poco habitual en nuestros espacios). La vida -como el buen teatro- es un giro de trama inesperado.
Ramón es el actor Ernesto Falcke y Laura es Natalia Pascale. Su duelo actoral es de altos vuelos: transmiten violencia, asco, perturbación, complicidad. Juegan a las palabras encadenadas. El teatro también es eso. Un juego que parece verdad, como el amor, como la pareja. Una mentira que parece real, como la violencia sistemática/patriarcal contra las mujeres. “Palabras encadenadas” es una mentira que dice la verdad: parece una charla de Juan Rulfo.
El uso del audiovisual (las cintas de video VHS donde el asesino confiesa cada crimen) llega para redoblar la apuesta: la ficción no era tal. El mecanismo de relojería (de cajas chinas, de matrioskas rusas) y el artilugio textual arman un escenario desconcertante, cargado de dudas/decepciones; de tensión/deseo sexual.
El teatro es un arte, el arte de mentir bien. La víctima se confunde con el victimario y viceversa. Parece la letra de una canción de Manu Chao: mentira la verdad. El malo es él hasta que te das cuenta que la mala es ella. ¿O era al revés? Malo. Lobo. Boba. Basura. Ramón. Monstruo. Perdí.
Post-scriptum: cuando baja el telón, Ernesto Falcke agradece la presencia y el apoyo a espacios alternativos/teatrales como El Bunker de la zona norte de La Paz. Estamos apenas quince personas en la platea, quince. Los responsables del Bunker han invitado personalmente a otros espacios/colegas. Incluso se han enviado cartas a los directores del Festival Internacional de Teatro de La Paz, Fitaz. Mutis. ¿Por qué la gente de teatro no ve/va al teatro?
Hace unos años, en agosto de 2018, se puso escena con elenco boliviano en el Teatro Nuna de la zona sur paceña la obra “El método Grönholm” del mismo autor catalán. Tampoco los que montaron aquella pieza, querendones del buen trabajo de Jordi Galcerán, dicen presentes.
¿Por qué el público paceño solo gusta de ver teatro foráneo durante el Fitaz cada dos años? ¿Por esnobismo? Hay “aficionados” al teatro en La Paz (y en Bolivia) que viajan a Buenos Aires para ver teatro (comercial y alternativo) pero cuando aparece un (buen) elenco argentino en La Paz desaparecen por arte de magia.