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  • Diario Digital | viernes, 21 de enero de 2022
  • Actualizado 19:42

Matrix reciclado: firma Lana Wachowski

Otra visión sobre la más reciente entrega de la saga, de la directora Lana Wachowski, que retoma a los personajes del clásico de ciencia ficción estrenado originalmente en 1999. El filme se encuentra disponible en la cartelera nacional
Un fotograma de la nueva película sobre ‘Matrix’. WARNER BROS
Un fotograma de la nueva película sobre ‘Matrix’. WARNER BROS
Matrix reciclado: firma Lana Wachowski

Matrix Resurrections (2021), la cuarta entrega de la franquicia, es un antojo costoso e innecesario, no se suponía que debía existir, pero alguien en Warner Brothers decidió que era menester darse el gusto. Quizá lo que abrió la puerta fue ver el excelente estado de forma de Keanu Reeves en John Wick. Entonces convencieron a una de las hermanas Wachowski, la menor, Lana Wachowski, para que lo dirigiera. Los productores sabían que, si tenían a una Wachowski, podían llegar a Keanu Reeves. Y así sucedió.  

¿Cómo se podía hacer una película que no se suponía que tenía que existir? El camino tomado fue burlarse de la maquinaria de producción del cine de Hollywood, que explota los refritos, a tiempo que ese repetirse sería la base de la historia. El verdadero nombre tendría que haber sido Matrix Deja-vú. 

La primera media hora nos deja la sensación de que hemos asistido a Matrix Reexhibida. No tiene nada de malo volver atrás para seguir avanzando. Pero lo que se siente fuera de lugar es el enfoque irónico y burlón, que tiende a convertir la nueva gesta de Neo en algo liviano, carente de la importancia vital que se transmitía en las predecesoras.  La escena donde Neo y el nuevo Morfeo se encuentran en una sala de cine donde se exhibe el momento de su encuentro en la primera Matrix (1999) es simplemente formidable, resulta especialmente mágica y nostálgica. El corazón bombea emotividad. Un verdadero fan recibe el mensaje.

Pero más allá de la emotividad, Matrix Resurrections no tiene el tiempo ni las ganas para conservar pretensiones de película de vanguardia, tal como lo había logrado la primera entrega introduciéndonos al tiempo bala, entre otros aportes estético-conceptuales al cine de acción y artes marciales. En lugar de ello se entrega completamente a la moda, no rompe con la tendencia general del siglo XXI. El tono burlón, que prefiere liviandad y pasarla bien en lugar de los diálogos largos bien construidos, es muy propio de nuestro tiempo. Confirmo que la verdadera secuela de Matrix (1999) es Originación (2005) de Christopher Nolan, que continuó la idea de vivir colectivamente en un sueño, pero para llevarla por otros derroteros, con su sentido de originalidad. Esa, considero, es la mejor manera de continuar algo. 

Si uno compara Matrix con la otra famosa saga Terminator –ambas versan acerca de la guerra de los humanos contra las máquinas que toman el control del planeta en el futuro– cabe valorarse que los hermanos Wachowski con la primera Matrix ampliaron la problemática, pues hicieron que la guerra entre hombres y máquinas fuera una batalla ya no solo cuerpo a cuerpo o a fuego cruzado, sino principalmente de la mente. Ahí se abría todo el espacio para la filosofía. Por otro lado, en Matrix los programas de computación generados por las máquinas eran tremendamente poderosos, pero los humanos también podían ser impresionantes, si lograban liberar sus mentes de la atadura al sistema. Está en la potencia del ser humano liberarse de las ataduras invisibles. Esta premisa sola hacía cautivante a la primera Matrix. Pero después no supieron cómo desarrollarla, y Matrix Resurrections se terminó descarriando hacia su propio rollo de tinte psicológico-terapéutico antes que filosófico. 

El personaje de Keanu Reeves, Thomas Anderson, es un reflejo de todo Matrix Resurrections: alguien confundido, cansado de pelear, que siente en algo el paso de los años, y no está seguro de su propia fuerza. Trinity irá ganando mayor protagonismo hacia el final en esta entrega, como haciendo caso al impulso feminista de la época, pero su iluminación no elevará al conjunto de la película. Se siente la tentación de afirmar que el personaje central ya no es alguien que aparezca en pantalla, sino que es la misma Lana Wachowski –directora y coescritora – que parece reprimir a sus personajes, especialmente a Neo, según sus designios y caprichos. Matrix Resurrections se revela como una extravagancia de autor, un gustito bastante caro. 

No queda más que reconocer que la película existe gracias a la sentimentalidad de los fans, de millones de seguidores en el mundo, quienes no podíamos negarnos a que exista una cuarta entrega, así como no dejamos de ir a ver a Muhammad Alí o a Tyson o Sugar Ray Leonard cuando volvieron del retiro para hacer un combate más, aunque ni la magia ni la juventud ya estuvieran ahí, igual había que ir a verlos, por un “sentido de historia”. La primera Matrix nos marcó tanto a los que vivimos jóvenes el cambio de siglo, que el acto de volver al cine a experimentarla era una petición de Deja-vú: deseábamos volver a sentirnos encandilados por una trama filosófica que nos mostraba el camino de autodescubrimiento del protagonista, ambientado en una atmósfera exquisita de múltiples referencias al animé japonés, al cine oriental de artes marciales, a las filosofías del simulacro en Baudrillard o de la sociedad del espectáculo en Guy Debord, y la ficción de Alicia en el país de las maravillas –Zen, budismo y cristianismo de por medio– hasta herencias de los viejos duelos del spaguetti western de Sergio Leone. 

Pero este deseo de deja-vú fue interpretado de manera literal por los guionistas Lana Wachowski, David Mitchel y Alexandar Hemon. “Les daremos la fantasía que tanto han anhelado”, parecían decirnos, “les daré Neo y Trinity otra vez”. Pero esta vez ya no era Recargado, sino Reciclado. Matrix Resurrections es un ejercicio de reciclaje de algunas de las buenas ideas de la trilogía, trasladadas al contexto de la vida moderna en el siglo XXI, y compactado en una historia que se narra en clave de ironía y autocrítica. En términos del curador Nicolas Bourriaud al referirse al arte contemporáneo, la cuarta entrega de Matrix es un ejercicio de postproducción, en el que se trabaja cosiendo con materiales ya existentes, sin ideas originales ni renovadoras, centrándose en la operación de recolocación en otro contexto. 

Khabib Nurmagomedov, el invicto campeón de la UFC, hoy en día ya retirado, afirma que ningún atleta puede tener dos veces un pico en su carrera, que solo se puede alcanzar ese pico máximo de rendimiento una única vez. Pasa algo similar en el cine. Se necesita de mucha sobriedad y la serenidad que brindan los años bien vividos para hacer algo como lo que hizo Clint Eastwood en Los imperdonables, volviendo en una edad ya avanzada a dirigir y protagonizar una historia de cowboys, pero en un modo completamente distinto, ironizando y haciendo autocrítica a sí mismo a momentos, pero entregando una sustancia diferente completamente honesta, homenajeando a ese género de cine, con ánimo autónomo y dejando la sensación de que todo creció. Es también lo que logró Scorsese al volver al género de cine sobre la mafia en El Irlandés. 

Posdata:

Lo que se presuponía por los trailers de Matrix Revolutions se confirmó en el filme, esto es su cercanía con la trama de El show de Truman (Peter Weir, 1998) y principalmente con Vanilla Sky (Cameron Crowe, 2001). Pues resultó que Neo había sido reinsertado a la Matrix en calidad de Thomas Anderson –similar a lo que el antagonista Cypher añoraba en la primera película: borrar de su mente la verdad, no recordar nada, ser alguien importante dentro de la simulación computarizada llamada Matrix. Dormirse y vivir dentro de un sueño. Las posteriores explicaciones sobre la nueva vida del Sr. Anderson, que había sido ocultado por las máquinas dentro de la Matrix con el rol de un programador y creador de videojuegos, evocaron la historia mucho más interesante de Abre los ojos (Alejandro Amenábar, 1997), o del remake Vanilla Sky, en el que el personaje de Tom Cruise descubre que toda su vida era un “sueño lúcido” que él había aceptado, dejando su cuerpo en manos de una compañía de criogenización, a modo de un extraño escape a su insoportable tragedia personal; la compañía monitoreaba su sueño, todas las influencias, paisajes, gustos, personas de su mundo verdadero actuaban de algún modo en la arquitectura de su mundo en sueños. Pero el problema era el inconsciente, aquello que no podía dominarse y que le revelaba fallas, es decir la cualidad ficticia de sus vivencias en ese mundo. El personaje encargado de mantenerlo firme y sujetado al juego, dentro del juego, era un psicólogo terapeuta interpretado por Kurt Russel, de modo semejante a la nueva entrega de Matrix Resurrections. Y por si fuera poco, la única manera de despertar de su sueño era confrontar su gran miedo –la altura– ya que tendría que lanzarse desde la azotea de un rascacielos, con el trasfondo de una majestuosa puesta de sol con colores de una pintura de Claude Monét, para despertar en el futuro en su cuerpo en estado de hibernación. ¿No es algo muy parecido el momento clímax de liberación de Neo y Trinity?