Sobre “Coctel Corto”, muestra de cortometrajes presentada la semana pasada

La máquina del eterno retorno

Tal vez seamos proyecciones que se repiten constantemente, una y otra vez, producto de un gran Invento. Eso decía Ernesto Sábato, inspirado por la Invención de Morel. Pensando en esto me es inevitable creer que el cine no es la realidad, sino una realidad que se transforma. Qué somos nosotros finalmente, sino también imágenes en movimiento que se transforman a merced de la caprichosa conciencia de nuestra ser.

Ejercitar precariamente la filosofía o incluso la física como ahora, me permite transmitir, aunque no del todo, mi absoluta admiración por el cine y, al mismo tiempo, mi constante asombro al encontrarme con él. Más allá de si el cine es para divertir o no, para escapar de cierta realidad o meterse de definitivamente en una, el cine nunca deja de sorprender hasta ahora. Es, desde sus inicios, un acto de magia.    

Pues bien, los cortometrajes de la muestra “Cóctel Corto”, realizada la semana pasada en varias ciudades del país, el marco de los Martes de Cine Español, emanan el espíritu inquieto, cambiante, diverso y sorprendente, propio del cine. No estamos más ante preámbulos y pruebas que apunten a consolidar o afianzar la carrera de un cineasta que empieza. El cortometraje va encontrando su propia lógica, a través del tiempo reducido se enriquecen todas las formas y sustancias de la imagen, se hace contundente cada toma, sólida y densa, y por esto mismo el tiempo fluye, expone al cuerpo con una vitalidad conmovedora. Una mujer de rostro impenetrable, sosteniendo un cigarro que se consume lentamente, creando una columna de cenizas, imagen que sin concesiones irrumpe después del espacio negro; un cuerpo carga el peso de la muerte, se transfigura; un plato de comida multiplica sus sentidos y puede enlazar mundos, una nave despega de una de las laderas paceñas buscando el mar. Estas imágenes buscan en el inexplorado universo de nuestro territorio para realizar preguntas universales.

Los cortometrajes, y en particular los bolivianos (me permito hacer estas preferencias por ser locales y porque se lo merecen) reconstruyen espacios una y otra vez, reacomodan las cosas frenéticamente, buscan todo tipo de temas, personajes o situaciones. Nos cuestionan, nos exigen, nos dicen algo, es una mirada que abarca más al ser su tiempo más corto. A través de Juan Pablo Richter, Carlos Piñeiro, Daniela Wayllace y Richard Sánchez, se diversifican los enfoques: encontrar a los bolivianos donde se supone que no están y también donde siempre se presentan, pero igual no los vemos.

Se plantean temáticas aún por explorar: las relaciones familiares como ese núcleo sistémico anacrónicamente funcionalista y en crisis, el sincretismo de costumbres diversas, el mestizaje y las estrategias estéticas y artísticas de lo popular en las ciudades (aunque no parezca, hay mucho que explorar en esto todavía), las estrategias de sobrevivencia en nuestras ciudades (de eso recién se empieza a hablar). Y hay temáticas recurrentes: las pasiones exacerbadas en las pulsiones de la carne, la muerte y el no saber dónde ponerla, la esperanza, como por ejemplo la esperanza de llegar al mar, engañosa como toda esperanza, pues el transcurso de la espera y la búsqueda nos define más que el fin o el logro en sí mismos. Finalmente, navegar es lo importante. Estas recurrencias nos marcan como latinoamericanos, como bolivianos, con nuestras cargas de siempre, nuestra identidad oficial y nuestras identidades clandestinas, esto, felizmente, comulga con nuestra imaginación: somos más diversos de lo que creemos, pero ahí empieza justamente el diálogo.

Los cortometrajes bolivianos, como una muestra, nos dicen que es posible aventurarse a preguntar, a experimentar, a contradecirnos, a ser ambiguos, sin por ellos dejar de entendernos; a practicar la digresión, situación enigmática de hecho, y seguir contando historias. La idea es prologar la mirada.

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