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  • Diario Digital | martes, 25 de junio de 2024
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‘Licorice Pizza’: el movimiento es la respuesta

A propósito del más reciente trabajo de Paul Thomas Anderson, que ha dividido a la crítica y a los seguidores del cineasta estadounidense. El filme, candidato a los Oscar a mejor película, mejor director y mejor guion, sigue en cartelera local.
‘Licorice Pizza’: el movimiento es la respuesta

Paul Thomas Anderson (California, 1970) no tiene que demostrar nada a nadie. Es un cineasta hace ya tiempo consagrado, acaso desde su segundo largo (Boogie Nights, 1997), y elevado al firmamento de los autores contemporáneos imprescindibles desde el quinto (There will be blood, 2007). Esa santificación temprana explica, en buena medida, que cada uno de sus nuevos trabajos sea examinado con lupa, tanto por quienes buscan renovar el culto en su obra como por los que pretenden desacralizarla. 

Licorice Pizza (2021), su noveno largometraje, escrito y dirigido por él, no iba a ser una excepción en este ejercicio de escrutinio cinéfilo. Menos aun al tratarse de una película a la que en muchos sentidos le cabe el adjetivo de atípica en la filmografía del californiano. Atípica porque trabaja dentro de los códigos genéricos de la comedia romántica con una benevolencia que no había en Punch-Drunk Love (2002), probablemente la cinta suya que más se le parece en términos de género, ni en Phantom Thread (2017), una especie de melodrama mórbido. Atípica, también, porque tiene un tono predominantemente luminoso, que elude deliberadamente cualquier excursión por los costados más oscuros de sus personajes y tramas, cosa que hace en sus otros filmes. Atípica, cómo no, porque sus protagonistas son unos adolescentes-jóvenes que, con más o menos convicción, burlan los cantos de sirena de la adultez inminente. Y que se entienda bien: no es que en los otros trabajos de Anderson falten jóvenes, sino que los que hay no cumplen las otras excepcionalidades que advierto; esto es, pueden ser jóvenes, pero no así románticos ni luminosos, como sí lo son Alana y Gary, los protagonistas de Licorice Pizza. 

Alana (Alana Haim) tiene, o dice tener, 25 años; Gary (Cooper Hoffman), 15, casi 16. Viven en el Valle de San Fernando, ciudad vecina de Los Ángeles, en los Estados Unidos de principios de los setenta (1973). Ella sigue con su familia y no sabe qué quiere hacer con su vida. Él es un precoz actor que descubre ideas de negocio cada dos por tres. Una sesión fotográfica colegial los encuentra y, en adelante, no dejan de desencontrarse y reencontrarse en proyectos compartidos y sentimientos no admitidos. Se seducen, se repelen, se celan, se pelean y, sobre todo, corren. Si algo comparten y los une, es correr. Correr sin rumbo, por el mero goce de hacerlo, de escapar a ninguna parte, de buscar lo que ya tienen. Corren unas veces solos, otras juntos y, entonces, todo parece cobrar sentido, por más que no lo tenga.

Correr es el acto distintivo de los dos protagonistas de la película, pero lo es también del mundo adolescente que evoca Anderson. Corren Alana y Gary y corren también sus compinches, los chicos que los siguen en sus desbocadas aventuras. Corren porque es lo que les pide el cuerpo. Y en ese movimiento, el de correr, toman distancia de los adultos y de su mundo detenido: padres atados a la tradición, actores estancados en sus papeles, políticos atrapados en el clóset de su sexualidad, empresarios cautivos de esposas que hablan otro idioma. 

La parálisis del mundo adulto se materializa en un hecho para nada gratuito en la trama: la escasez de combustible resultante del embargo petrolero que sufre EEUU y que, en la práctica, detiene literalmente el mundo de los hombres y mujeres que solo pueden moverse en vehículos. Frente a ellos, en un paisaje casi apocalíptico, con autos varados en medio de la ciudad a falta de gasolina, Gary corre, corre exultante, triunfal, riéndose del “fin del mundo”, mientras su hermano menor lo sigue en bicicleta. Solo ellos se mueven, los niños y los adolescentes, mientras los adultos se aferran a la conocida comodidad del estancamiento, desde la que vociferan y “bocinean”, nada más.

Esta celebración del movimiento adolescente frente a la parálisis adulta se resuelve cinematográficamente con un recurso en el que Anderson (también codirector de fotografía) es inequívocamente diestro: el travelling. El cineasta se prodiga en esos perfeccionados travellings laterales que ha vuelto una marca registrada de su cine. Los aplica siempre que corren sus protagonistas, acompañándolos en su atolondramiento hacia la nada, pero también en su desesperación por el otro. Hay una secuencia que resulta proverbialmente decidora del uso estratégico del travelling en Licorice Pizza: se produce cuando el actor Jack Holden (Sean Penn en plan autoparódico) recrea una de sus escenas más legendarias, atravesando una planicie a toda velocidad sobre una motocicleta, y la cámara lo sigue, pero solo hasta el momento en que Gary corre en sentido contrario para auxiliar a Alana, caída de la moto, y la cámara le devuelve el movimiento a su protagonista. El movimiento es de los chicos, les pertenece, y la cámara del director de Inherent Vice lo sabe.

En esa secuencia hay imágenes que remiten a The Master (2012). En la del rodaje de un spot para el concejal Joel Wachs (Benny Safdie) hay otras que conectan con ese mismo filme y con Boogie Nights. Y la violencia con que Gary destruye el descapotable de Jon Peters (Bradley Cooper también sabe autoparodiarse) nos devuelve a una escena hermana de Punch-Drunk Love. Estos, que parecen guiños autorreferenciales, pueden leerse como indicadores de un imaginario visual ya consolidado en la mirada del realizador y posicionado en la memoria de los espectadores. Anderson es dueño de un universo estilístico plenamente identificable, incluso en una película atípica para su filmografía como es Licorice Pizza. Aun sin personajes oscuros ni atmósferas corruptas, el cine del director de Magnolia continúa afianzando un estilo autoral que ya no necesita de las alusiones a Altman o a Scorsese para justipreciarse cinematográficamente. Un estilo en el que el movimiento puede representar la codicia insaciable del espíritu capitalista, el descenso a la locura autodestructiva, la búsqueda accidentada de la redención o, por qué no, el atolondramiento juvenil que rehúye de la parálisis adulta. El suyo es un estilo en el que el sentido no está en el punto de partida ni en el de llegada, ni siquiera en el camino que se recorre, sino en el movimiento. El movimiento es la respuesta.

Periodista - @EspinozaSanti