La revancha
En ese entonces, finales de los años sesenta del siglo XX, El Alto era una zona marginal de La Paz. En mi barrio, con los miembros de las familias recién migradas desde las minas de estaño del norte de Potosí, de a poco se fueron conformado los grupos por afinidad en edad. Los adultos preocupados por los intereses comunes se aglutinaron alrededor de demandas como el agua, la energía eléctrica, el alumbrado, la construcción de la escuela, o se pusieron a organizar clubes deportivos, habilitar canchas y celebrar el grito libertario potosino del 10 de noviembre de 1810, con desfile cívico y verbena. A los adolescentes y jóvenes era frecuente verlos reunidos alrededor de una guitarra, en pequeñas fiestas, fumando cigarrillos en las esquinas o participando de los primeros campeonatos de básquet. Los más pequeños llenaban de bullicio las calles con la pelota voladora, el pesca pesca, el mandandiro diro da y el futbol.
Ronal era el más pequeño entre nosotros, tenía diez años y se destacaba por su habilidad con la pelota. Cuando se acercaba un desafío con los chicos de la otra calle, solíamos salir a entrenar; la primera vez la cita quedó acordada para las cinco de la madrugada, era invierno y el sol todavía no había salido; todos llegaron a la cita con abrigos, chalinas y guantes, el entrenamiento tuvo que ser debajo del único foco que alumbraba tenue el descampado frente a mi casa. Otras mañanas, lo podías ver con su hermano mayor: trote corto, trote largo, carrera de obstáculos, recepción del balón con el muslo, con el pecho, dominio de la pelota con el pie izquierdo, con el derecho, con la cabeza, remates, pases rasantes y pases largos.
Las tardes de futbol en la canchita de tierra, eran una fiesta para todos. Como público privilegiado, los papás gozaban viéndolo hacer sus piruetas; ni qué decir de los compañeros de su propio equipo, que se reían en nuestras caras cuando desparramados quedábamos por los suelos y; nosotros, los del equipo contrario, que aplaudíamos sus goles y los celebrábamos como si fueran nuestros, como si fueran de todos.
Cuando en otros barrios se supo de él, paso a jugar en al menos otras seis ligas de futbol. Los fines de semana tenía agenda cerrada; desde muy temprano y en distintos horarios, lo pasaban a buscar dirigentes de uno u otro equipo para reforzar sus filas; a veces abandonaba al medio tiempo el partido que estábamos jugando contra los muchachos de la otra plaza; en otras ocasiones llegaba al final del partido que íbamos perdiendo, transpirado pero ya vistiendo nuestra camiseta; el cambio era automático, entraba por cualquiera, todos estábamos dispuestos a ser reemplazados por el de los pies mágicos… y se hacia la luz.
Un domingo cada cierto tiempo, solíamos disputar entre los adeptos a Bolívar y The Strongest el clásico del barrio. Casi todos nos habíamos puesto los nombres de los jugadores de los dos equipos de ese tiempo: Cobo, Rojas, Herbas, Rada, Blacut, tanque Diaz, Tercilla, Hachi, Galarza, Fontana, Angulo, Algarañaz, Bastida, Farias. Esa tarde, mientras jugábamos, vimos pasar un auto negro que se estacionó en la esquina; de él bajaron el hermano mayor de Ronal y dos hombres que no eran del barrio, porque en el barrio casi nadie usaba jeans porque eran caros y nadie, excepto el médico, tenía auto. Después supimos que eran dirigentes de un club de los grandes, su fama había pasado el barrio, la zona, la ciudad.
De un día para otro no lo vimos más y nuestras canchas murieron un poco. Está entrenando en el Strongest, dijeron. No era para menos, se merecía una oportunidad y seguros estábamos que pronto lo veríamos replicando sus gambetas, los roscos (túnel), sus pases como con la mano y las chilenas, pero esta vez en el futbol profesional; su triunfo sería nuestro triunfo y sus goles los nuestros
Luego de unos meses volvió con la cabeza gacha. Cruzar cada mañana desde El Alto hasta Achumani, recorrer diez kilómetros, era un martirio, más aún si debes hacerlo a pie. El cansancio de las caminatas, sumado al esfuerzo físico de los entrenamientos no le permitían responder como lo hacía en el barrio. ¿Por qué para otros es más fácil y para nosotros no? era la pregunta más seria que como niños nos habíamos hecho hasta ese momento. Su retorno al barrio fue para nosotros una triste alegría. Alegría de volverlo a tener cerca y jugando entre nosotros; tristeza por no vernos en él y con él disputando ligas mayores, haciéndole una gambeta a la vida, una bicicleta al desprecio, un gol al olvido.
Como si nada hubiera pasado, el siguiente fin de semana ya recorría las siete ligas de El Alto y así lo haría por los siguientes cincuenta años; hace ocho que colgó los botines pero nadie se olvida del mejor diez creativo que nos hizo sentir que jugábamos con una estrella, eclipsada por la realidad, pero una verdadera estrella.
El viernes pasado me escribió para decirme que acababa de ver la mejor obra de teatro de su vida, que de rato en rato la platea estallaba en ovaciones contenidas, rumoreaba al cabo de una escena violenta, que incluso vio lágrimas entre los asistentes; que al final de la función, el público aplaudió de pie por diez minutos, como cuando el equipo local sale airoso del partido contra un difícil contrincante y saluda a la tribuna; que, cuando cesaron las palmas, escuchó el nombre de mi hija que junto al suyo habían escrito y dirigido la obra. Esa noche me quedé pensando y recordando nuestra historia. En la madrugada le respondí diciendo que, ahora si estábamos en ligas mayores y lo que habían hecho nuestros hijos con el teatro, era un golazo de media cancha; bella revancha la del arte, ganar sin que haya perdedores.
Es miembro de Títeres Elwaky, a veces escribe.