Opinión Bolivia Ramona

  • Diario Digital | miércoles, 03 de junio de 2026
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‘Insectario’, de Juan Pablo Piñeiro

Una reseña del primer poemario del escritor paceño, que fue publicado en 2022 por la editorial boliviana El Cuervo

Una reseña del primer poemario del escritor paceño, que fue publicado en 2022 por la editorial boliviana El Cuervo.
Una reseña del primer poemario del escritor paceño, que fue publicado en 2022 por la editorial boliviana El Cuervo.
‘Insectario’, de Juan Pablo Piñeiro

En agradecimiento a les lectores y editores que

me acompañan y apoyan en esta etapa de mi vida

Además de poseer un magnífico catálogo de la literatura boliviana contemporánea, la editorial El Cuervo realiza muchas actividades centradas en el lector, en coordinación con otras editoriales (Mantis, Dum Dum, Nuevo Milenio, etc.). Ya durante la pandemia El Cuervo convocó a lectores, autores y críticos a usar las redes para compartir lecturas, visiones, interpretaciones, pero también para establecer una plataforma de cursos cortos relacionados con la literatura. Observo en esta destacada actividad, una concepción poco frecuente entre libreros y editores; una noción del lector como multiplicidad; desde el común lector —quien, al fin y al cabo, mueve las olas de la recepción literaria—, hasta el especializado lector.  Claro que al igual que todo librero o editor El Cuervo también quiere vender los libros que publica, así como los de otras editoriales con las que trabaja, pero, como se ve, sus quehaceres van más allá de solamente poner a disposición los títulos de su catálogo y organizar las presentaciones públicas de los textos.

Bien, saliditos de la pandemia, me tocó participar en una de estas actividades, en la que El Cuervo nos convocó a compartir nuestra lectura de  Insectario, poemario de Juan Pablo Piñeiro, que se presentó en la última versión de la feria del libro de La Paz, en agosto de 2022. Éramos una docena de lectores, mayormente  jóvenes y algunos adultos o ‘adultos mayores’ (me encantan estos eufemismos) que nos reunimos en un café de Sopocachi y lo que sigue es un resumen de mi participación en ese encuentro de lectores de Insectario.

Los setenteros y ochenteros hemos debido oír (a veces leer) de dos insectos en sendos poemas hechos canción y que conformaban parte del cancionero de esas décadas: “Las moscas” del español Antonio Machado, en la versión musicalizada de Joan Manuel Serrat —“vosotras moscas vulgares/evocáis todas las cosas—, y “La cigarra”, poema musicalizado por su propia autora, la argentina Ana María Walsh —“Tantas veces me mataron/tantas otras me morí”.

De los 70-80 a nuestros días, es posible que nuestra mirada a los insectos haya cambiado, aunque todo indica que esa cierta vergüenza originada en la conciencia que hemos tomado sobre cómo hemos tratado a los animales desde nuestro exitoso antropocentrismo, no llega a las pulgas, hormigas o cucarachas. Tal vez el lirismo con el que hemos mirado a la mariposa no hace más que confirmar esa regla.

Pero si de lirismo hablamos, hay que dejar que el propio lirismo hable porque, a propósito de este poemario de Juan Pablo Piñeiro, y como suele suceder en otros ámbitos de la vida, la literatura ha sido un espacio en el que, parece, los humanos hemos charlado con los animales y los insectos, con mejor talante que los otros ámbitos humanos como la política o la economía.

Hay bichos memorables en la tradición literaria, como el zumbido de la mosca a la hora de la muerte en la filigrana lírica de Emily Dickinson: “Oí una mosca zumbar/ —cuando morí—/ La quietud de la habitación era como la quietud del aire/ —entre los empujones de una Tormenta—“, o “La muerte de una polilla”, delicado ensayo de Virginia Woolf.

En la literatura boliviana son notables estas reflexiones provenientes del Felipe Delgado de Jaime Saenz: “Viendo que se lo compara con una mosca, yo te garantizo que cualquier poeta se sentiría halagado. Todo poeta es humano, y como humano, ama a las moscas. El poeta no tiene por qué menospreciar a las moscas; por el contrario, el poeta enaltece a las moscas. Sin ir muy lejos, todos nosotros aquí en la bodega, en nuestra calidad de poetas prácticos de la más alta escuela, amamos a las moscas, por lo mismo que conocemos el sufrimiento”.

Y cómo no, el escarabajo del cuento “Vértigo” de Adela Zamudio. A todo esto, parece ser que el escarabajo nos sobrecoge especialmente, y lo digo por su representación en el arte en general. Pienso en esos impresionantes escarabajos rinoceronte que no perturban la paciencia con que La encajera de Vermeer trata de ensartar el hilo en una aguja. Pero también el escarabajo estercolero en El Yatiri de Arturo Borda, o la escultura Rinoceronte de Dalí, que tiene su origen, precisamente, en esos escarabajos del cuadro de Vermeer. Neruda tiene un lindo poema “A un escarabajo…”, que no forma parte de ninguno de sus poemarios, sino de su prosa dispersa, reunida por Emir Rodríguez Monegal bajo el título Para nacer he nacido. Uno de su versos dice: “Nada más hermoso que tú,/ mudo, insondable escarabajo,/ sacerdote de las raíces,/rinoceronte del rocío,/ le dije, pero no me dijo./ Le pregunte y no contestó./ Así son los escarabajos”. En el poema “Idioma escarabajo” de Piñeiro, la voz poética dice: “Nuestro idioma es propio,/ no se enseña,/ pero nuestra lengua la pueden aprender/ algunos espíritus/ y en general las plantas.”.

Es fascinante todo este recorrido, y podemos escarbar más en nuestras memorias y nuestras sensaciones lectoras en este mundo —el de los insectos o, mejor, el del lenguaje de/sobre ellos— al que alguien lo ha  calificado como ´poesía entomológica’, nominación que suena algo contradictoria, tanto como la que acusa el nombre de ‘ciencia ficción’. Más aún, parece muy antropocénctrica y esto del antropocentrismo es cosa grave porque pone en entredicho casi toda la cultura humana.

Sea lo que fuere, lo cierto es que los humanos hemos cometido, al menos, la colonización del mundo animal, y al hacerlo nos hemos aculturado como especie; hemos seleccionado la docilidad sobre la ferocidad. Pareciera que desde esa aculturación vivimos en estado de guerra, entre nosotros, y también contra los animales, algo así como en estado de excepción, de guerra sin cuartel, sin ley…. una guerra contra ellos pero también nosotros mismos, contra nuestra animalidad, que la debimos reprimir, lo que ha resultado en un alejamiento de nosotros mismos, mediante el alejamiento de nuestros cuerpos.

Mirados desde otro punto de vista, digamos, desde lo ‘ojos imperiales’ —en clave Mary Louise Pratt— del colonizador, podemos analizar lo animal desde la elucidación sociológica del ‘encuentro con el otro’, la que podemos esquematizar en la mirada extrañada, la mirada pedagógica y la mirada identitaria.

La mirada extrañada, sería aquella que expresa nuestro asombro frente a ese otro desconocido. Ahí solemos describirlo y adjudicarle una identidad con sus características de lo que es y lo que hace; exaltamos y aún podemos compadecernos de ese otro porque solemos colocarnos por encima de ese desconocido.

El poema, sería también una cifra de esta extrañeza, como en este haiku del Insectario de Piñeiro, en el que la voz poética se resiste a colonizar a tan delicado ser y prefiere solo observar, como bien manda la sabiduría del Buda: “Nace del agua, /despliega sus alas, /la libélula.”.

La mirada pedagógica, en tanto, es la que compara a los humanos con ese otro nuevo, para reflexionar sobre lo que somos y, muchas veces, descubrir que ese otro tiene valores superiores a los nuestros, de los cuales ‘hay que’ aprender; por eso es una mirada pedagógica.

Proveniente de la conseja de los abuelos y abuelas, y de la fábula, en el poema, esta forma pedagógica da pie a estructuras ‘interpelatorias’, digamos, como lo que se lee en este verso correspondiente al poema “La pulga no cambia” del Insectario, de Piñeiro:  “¿Se han puesto a pensar?/ ¿Por qué sino nos incomodaría la pulga?/ Algo nos debe estar queriendo decir,/ después de tantos siglos, / hinchando las orillas de la paciencia.”.

[A estas alturas de mis notas, recuerdo que una de las lectoras participantes de nuestro encuentro con el Insectario, hizo notar que en esta veta pedagógica también podemos encontrar la vertiente del maestro, el profeta o el guía, cuya voz se erige para enseñarnos qué hacer o no hacer, desde una vertiente mística, por lo que su verso toma la forma de la escritura de los libros sagrados. Veamos este verso del poema “Medidas exactas” del Insectario: “Es mejor/ asumirse instantáneo,/ sacarse el sombrero ante/ las moscas y las larvas/ que limpian la oscuridad/ o cualquier otra cosa/ del reino del pasado.”].

Finalmente, la mirada identitaria sería aquella por la que nos identificamos con el otro a través del deseo; queremos mirar por sus ojos, hablar su voz, ser su silencio. En el poema, ese otro emite su propia voz (o lo que creemos es su propia voz) como en este contundente último verso de “No te fíes” de Piñeiro:  “Nosotros no estamos aquí/ para comunicarnos,/ no queremos que nos entiendas./ Hazte cargo de tu mirada sin alas.”.  O este de “Insecto doble luz”: “Estabas sentado en la puerta de ese silencioso Pahuichi amazónico,/ al borde de un arroyo pasajero, / por supuesto que era de noche,/ me puse mis antenas verdes,/ las más fosforescentes,/ y con mucha sutileza volé hacia ti,/ primero como un zumbido,/ después como una aparición.”.

Más no acaba en esas tres miradas el asunto de los bichos porque (cada vez lo confirmo más) es en el límite de la sociología que se inicia el discurso poético o literario; allí ya no hay sociología que valga porque es el mundo del puro lenguaje. Tal vez por eso el poema de Insectario que más nos conmovió a la docena de lectores reunidos en ese café de Sopocachi, fue “Fe cucaracha” que, como toda búsqueda poética, quiere librarse del mundo evidente, de la cifra ‘real’, y hundirse en la única indagación posible; la del lenguaje. Y si no hay palabra suficiente, la creamos: “Se va a escabugar, diluir en el ritmo/ con doble impermeable doblado en viremas./ Se va a gradallar su boca en la luna,/ leborio de sal de presa al cazar./ Su látigo tibio nos trae memorias,/ un carrusel negro en el fondo del mar./ Se va a trozurar en trizas insectas/ el alma inicial del tiempo final./ Se va a garuar la cruz invisible, / perdida entre luces sin apagar.”.

No puedo terminar estas breves notas sin referir, admirada, a ese “monstruoso insecto” en que se convirtió Gregorio Samsa, personaje de La metamorfosis de Kafka. De varias patas, dice su autor, lo que hace pensar en una cucaracha, aunque después Nabokov, entomólogo de pasión, explica que ese bicho era efectivamente un escarabajo y no una cucaracha, que es plana, y para Kafka era sumamente importante el abdomen abultado de este bicho.

Pero es en La pasión según G.H., de la brasileña Clarice Lispector, donde encuentro la más hermosa pasión literaria con los bichos porque, en su encuentro con la cucaracha, la protagonista de esta novela se sale de las claves sociológicas del ‘encuentro’ con el otro y permite, finalmente, que ese otro no la interpele, no la cambie, no le transmita sus valores; ese encuentro le permite deshacer su propia identidad, desbaratarse, desorganizarse… no ser; anhelo mayor.