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  • Diario Digital | viernes, 12 de abril de 2024
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Un hipopótamo ‘cimarrón’, político y filósofo llamado Pepe

La película del dominicano Nelson Carlos de los Santos Arias tuvo su estreno mundial en la Berlinale, de la que se marchó con el Oso de Plata a mejor director esa sería
Un hipopótamo ‘cimarrón’, político y filósofo llamado Pepe

Quien vaya al cine a ver Pepe y espere la historia o las desventuras del hipopótamo que un día le perteneció al narco Pablo Escobar, podría quedar decepcionado. Pero si por el contrario va sin mayor expectativa y con la mente abierta, la película de dominicano Nelson Carlos de los Santos Arias (Cocote, 2017) podría dejarlo satisfecho. Así es el cine experimental: arriesgado, desafiante y, en el caso de Pepe, valiente.

La cinta tuvo su estreno mundial el martes 20 de febrero en la Berlinale y es una de las 20 películas que compite por el Oso de Oro que anualmente entrega el festival.

“¿Cómo suena un hipopótamo?”, pregunta un militar a su superior en una comunicación por radio. De los Santos Arias no tarda mucho en responder la interrogante e incluso va más allá. Gruñidos apabullantes, gemidos y con una voz en off que envuelve la sala, Pepe comienza su relato en afrikáans. Se pregunta cómo es que conoce estas palabras, se cuestiona sobre qué es una palabra y lanza un reclamo: “por qué tuve que morir”. De esta forma, el director nos plantea un narrador que hasta cierto punto desafía lo convencional, no es un ser antropocéntrico, es más bien un no humano, que adopta tres lenguas humanas y, que además de cuestionar(se), filosofa, pues Pepe vuelve de la muerte para contarnos -desde la lógica de un hipopótamo- su historia.

En su propuesta el director pone en conflicto el lenguaje, pues la narración de Pepe es discontinua y conforme la historia se desarrolla va pasando del afrikáans al Mbukushu y este dialecto africano al español. Las tres lenguas de Pepe podrían representar ese desplazamiento territorial que nos lleva de los orígenes del protagonista hasta la que fuera su morada final, pero si lo que el director buscaba era transgredir con un personaje cómo Pepe: ¿por qué nos lo plantea con un lenguaje humano?

Con imponentes tomas de paisajes africanos y colombianos, de hipopótamos en diversos ángulos, imágenes de archivo y de animación y con una banda sonora de música electrónica experimental, Pepe va contando cómo fue que sus antepasados llegaron a Colombia. También narra cómo fue que él terminó apartado de su manada para adentrarse libre en la selva siguiendo el curso del río Magdalena y cómo es que se convirtió en una especie de presencia que aterrorizaba a los pescadores de un pueblo de Antioquia cercano al río.

Esa presencia determinará la dinámica de vida de la gente y su relación con el lugar que habitan, un elemento que el realizador aborda con humor a partir de la historia de Candelario (Jorge Puntillón García), un pescador que se encuentra por primera vez con Pepe y quien intenta advertir de su presencia, pero que, al no poder describirlo, nadie le cree. Ni siquiera su esposa Betania (Sor María Ríos) que está convencida que es un invento más para tapar alguna infidelidad. Después de algún tiempo los lugareños aceptan que hay un animal que desconocen, que es enorme y al que le tienen terror al punto de que ya no pueden ir a pescar en paz.

Como propuesta, Pepe también plantea desplazamientos temporales y espaciales y con ello reflexiones en torno al colonialismo e incluso al racismo. En una de las primeras escenas un grupo de turistas alemanes viaja en bus mientras reciben instrucciones antes de ingresar al área de los hipopótamos, ubicada en el África subsahariana, de dónde fueron cazados los ancestros de Pepe. Un lugareño va explicando aspectos de los hipopótamos mientras un guía lo traduce al alemán. Este último no duda en reprender y humillar al lugareño cuando éste sigue contando cosas que para el guía están fuera de lugar. Así era en los años 70, tiempos del Apartheid. Fue precisamente en ese periodo cuando cuatro hipopótamos fueron cazados y transportados ilegalmente hacia Colombia para ser parte del zoológico privado de Pablo Escobar.

La escena inicial no es casual, pues el director ya al final de la cinta cierra con otro cuadro, uno más actual en el que un cazador también alemán es parte del relato y responsable del destino de Pepe.

En cuanto a los desplazamientos territoriales, el traslado de los hipopótamos de África a América podría entenderse también como una metáfora de lo que ocurrió en el siglo XVII con los esclavos africanos que llegaron a América. A decir del director, Pepe podría representar al cimarrón, ese esclavo que se escapaba del amo y encontraba la libertad en las montañas en alusión al exilio de Pepe, que termina adentrándose a la selva lejos de su manada.

Pepe es una propuesta que al final del día se agradece. Es una cinta en la que hay un esfuerzo por contar una historia desde lugares poco convencionales y con un trabajo documental, de sonido y de lenguaje de la imagen bastante sólidos. Es una película de varias capas que permite reflexionar a profundidad temas que el director ha sabido incorporar en su discurso. También es una película que vuelve a poner el dedo en llaga en un tema pendiente para el Gobierno Colombiano, pues, aunque De los Santos Arias asegura no haberlo buscado y que siempre trató de obviar el tema político, es inevitable preguntarse, luego de ver esta cinta, sobre el destino que le espera a los más de 170 hipopótamos, hermanos o descendientes de Pepe, que aún viven en la selva colombiana y que como pasó con Pepe y con los esclavos africanos termina siendo un lugar que los condena.