Guiomar Mesa: una actualización formal y conceptual del arte boliviano a nuevos tiempos

Un repaso de la obra de la artista, conocida por series temáticas definidas por una aguda observación del medio boliviano.
Un repaso de la obra de la artista, conocida por series temáticas definidas por una aguda observación del medio boliviano

Autora de una producción pictórica desplegada a lo largo de cuarenta años, Guiomar Mesa (La Paz, 1963) es, sin duda, una de las principales figuras artísticas de nuestra historia. Su obra, caracterizada por un extraordinario dominio de las técnicas dibujísticas y pictóricas, ha tratado diversas temáticas sociales por medio de imágenes metafóricas que en su belleza y lirismo han impactado en igual medida a públicos especializados y profanos. 

Como hija de los historiadores del arte y arquitectos José de Mesa y Teresa Gisbert, Mesa creció en un privilegiado ambiente intelectual y artístico relacionándose con los fundamentos del arte, las teorías del mestizaje artístico defendidas por sus padres y con la obra de los grandes artistas bolivianos del siglo XX. Este inusitado bagaje probablemente fue determinante para que a comienzos de los 80 ingresase a la Carrera de Artes Plásticas en la Universidad Mayor de San Andrés, formación básica que complementó con la asistencia a talleres de reconocidos artistas y con estudios en el campo de la literatura. 

Desde sus inicios su producción se desarrolló en series temáticas definidas por una aguda observación del medio boliviano tratando cuestiones como la sacralidad de la imagen en el periodo colonial, las cosmovisiones de los pueblos indígenas, la identidad nacional y la posición de la mujer en la sociedad contemporánea.  Esta tendencia conceptual de su propuesta se ha equilibrado en la última década con series dedicadas al paisaje andino que en sus poderosas representaciones de la montaña evocan las ideas misticistas del romanticismo o el culto local a la Madre Tierra. 

Siendo que la producción de la artista ha sido ampliamente estudiada en lo que sigue se intentará hacer hincapié en su importancia para el conjunto de la plástica nacional desde un punto de vista historiográfico que subraya su papel en la recuperación del naturalismo academicista como un lenguaje plástico adecuado a un periodo de reformulación de muchos conceptos de la sociedad boliviana. 

El naturalismo academicista al servicio de nuevos conceptos

Entre mediados del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX numerosos pintores academicistas como Zenón Iturralde, José García Meza y Elisa Rocha de Ballivían trabajaron en Bolivia produciendo obras dedicadas a la retratistica de las élites, al paisajismo urbano y, en algunos casos, a temáticas clasicistas o históricas.  Este arte se definía por su naturalismo, es decir, por la imitación lo más fiel posible de la realidad, cualidad conseguida mediante un conocimiento academista de las técnicas tradicionales del dibujo y la pintura. 

Esta tendencia fue interrumpida en la segunda década del siglo XX por el Indigenismo en La Paz y Potosí y el Impresionismo a Cochabamba, corrientes modernistas que privilegiaron, en oposición, una autonomía del lenguaje plástico mediante un dibujo expresionista y una pintura de colores intensos y empaste recargado. La llegada del muralismo social y del abstraccionismo en la década de 1950 terminó por consolidar un medio esencialmente modernista en el que el naturalismo y los lenguajes academistas fueron relegados. Este fenómeno se vio acentuado, en décadas posteriores, por el arribo de sucesivas corrientes contemporáneas así como por la decadencia general de las instituciones locales de formación artística. 

En este contexto resulta muy significativa la aparición a inicios de los ochentas de varios artistas como Roberto Valcárcel, Fernando Rodríguez Casas, Tito Kuramoto y Mesa, entre otros, quienes recuperaron una rigurosa praxis academicista para producir obras en mayor o menor grado naturalistas dedicadas a temáticas costumbristas, simbolistas, hiperrealistas o surrealistas. Si la propuesta de estos artistas se contrapone a las tendencias artísticas dominantes en la época como al neofigurativismo expresionista de artistas como Gíldaro Antezana, Edgar Arandia y Max Aruquipa y al realismo fantástico los hermanos Raúl y Gustavo Lara, este retorno a medios de representación más apegados a la realidad pone en evidencia una recuperación de una mirada objetiva del ambiente circundante, un fenómeno acaso sintomático de un cambio de época en la historia boliviana. 

En efecto, la obra de Mesa y de otros pintores figurativos coincide cronológicamente con lo que Teresa Gisbert calificó en su “Historia del Arte en Bolivia” con un periodo de “desesperanza” marcado por la inflación, las dictaduras militares y el narcotráfico, es decir, un tiempo en el que se hicieron patentes la caducidad de los viejos discursos del siglo XX como el Indigenismo o el proyecto unitario de nación del Nacionalismo Revolucionario. Es precisamente en este contexto que el naturalismo formal se puede explicar como un volver a mirar la realidad boliviana tal cómo se presenta a los ojos quedando superados, por lo tanto, los indios idealizados del Indigenismo, los heroicos obreros del Muralismo Social y el telurismo del Abstraccionismo andino. 

En el caso de Gisbert, el lenguaje naturalista es puesto al servicio de una obra de una carga metafórica que, en su recurrencia a un repertorio determinado de códigos para expresar conceptos, puede relacionarse con el Simbolismo (corriente que llamativamente no había sido representada en el país sino quizás a través de otro artista de grandes dotes técnicos y un notorio bagaje intelectual como Arturo Borda).  Este lenguaje en la obra de la artista fue evolucionando desde el uso simbólico de objetos en sus naturalezas muertas tempranas, hasta una resignificación intelectualista de elementos del arte virreinal y de las cosmovisiones indígenas para finalmente consolidarse con la representación de composiciones realizadas en la conjunción de esculturas de yeso, cruces, muñecas, maniquíes y fotografías.  

Será precisamente a través de la representación de estos objetos inanimados que la artista planteó una mirada que interpela los discursos tradicionales del nacionalismo, las narrativas de la historia, la noción misma de una identidad boliviana y el lugar de la mujer en la sociedad contemporánea local. Son obras que, en efecto, utilizan precisamente la objetivad del naturalismo para mostrar, a través de códigos metafóricos de gran belleza, una mirada desencantada y cuestionadora.

Aunque la obra de Gisbert y de otros artistas que se desarrolló en el ámbito formal del naturalismo no generó realmente una corriente local de importancia por la diversidad de sus temáticas, probablemente sí pueda ser considerada como un antecedente del figurativismo de los últimos 20 años en el cual numerosos artistas trabajan reproduciendo o recomponiendo modelos fotográficos. Se trata de un movimiento formal representado por artistas de propuestas harto diversas como Mario Conde, Rosmery Mamani y Alex Zapata, entre otros, que, en un contexto posmodernista, lograron acercar el arte a la sensibilidad de grandes sectores por medio de la admiración que genera inevitablemente la buena técnica.

Muchos otros análisis de la obra de Gisbert quedan pendientes a causa de la complejidad discursiva todavía no descifrada de muchas de sus composiciones, en especial, de retazos que parecen evocar su vida familiar o su propia infancia. Lo innegable es que una obra tan vasta, compleja y bien lograda como la desarrollada por la artista seguirá dando de qué hablar a historiadores y críticos de arte por muchos años por venir. 

Investigador en artes y artista