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  • Diario Digital | martes, 18 de junio de 2024
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‘Guerra civil’, de Alex Garland: criaturas en conflicto fratricida

Aunque aparente ser una película bélica, su núcleo pasa por la supervivencia y la reflexión, con cuatro fotoperiodistas como protagonistas. El filme estelarizado por Kirsten Dunst y el brasileño Wagner Moura se exhibe en cines bolivianos
‘Guerra civil’, de Alex Garland: criaturas en conflicto fratricida

No todo es lo que parece. Los tráileres, las piezas publicitarias y las notas periodísticas previas a su lanzamiento en Estados Unidos -donde quedó en la cima de la taquilla en su primer fin de semana, convirtiéndose en el mejor estreno del muy de moda estudio A24- dan a entender que Guerra civil es una película bélica hecha y derecha, pródiga en escenas de acción, huidas, gritos y explosiones. Pero el nuevo trabajo del británico Alex Garland (Ex machina, Aniquilación y Men: terror en las sombras) es otra cosa. Sí, transcurre entre enfrentamientos armados y un estado de anomia total, pero su núcleo pasa más por la supervivencia y la reflexión, por la ausencia de moralejas tranquilizadoras, y un virtuosismo audiovisual funcional y coherente con el largo, tortuoso e impredecible camino que recorren tres veteranos fotoperiodistas y una joven aprendiz mientras el mundo –o Estados Unidos, que para Hollywood es lo mismo– se cae a pedazos.

La elección del oficio no es casual, pues permite dos cosas. Por un lado, que ellos –y, con ellos, los espectadores– puedan tener acceso directo y privilegiado a lugares y personajes inalcanzables si fuera ciudadanos silvestres. Por otro, observar los sucesos con atención y una mirada si se quiere ecuánime, despojada de intereses más allá de los propios, incluso cuando sean víctimas directas de lo que ocurre: el país enfrascado en una guerra interna no es otro que el propio, el de la bandera de los bastones horizontales y las estrellas. El escenario, aunque improbable al corto plazo, tiene una impronta verosímil que lo vuelve escalofriante. Acá no hay grandes evocaciones a la ciencia descontrolada –cosa que sí pasaba en la apocalíptica 28 días después, de la que Garland fue guionista– ni tampoco un factor externo que opere como detonante (musulmanes y/o rusos, ¡afuera!). Es un futuro cercano muy parecido a un presente con sus particularidades exacerbadas, que no es lo que mismo que exageradas.

Si la forma habitual con que suelen comenzar este tipo de relatos es con imágenes de algún noticiero ofreciendo un racconto de lo ocurrido, Garland opta por hacerlo con el Presidente de los Estados Unidos –que ya va por su tercer mandato– anunciando un recrudecimiento del conflicto generado a partir del intento exitoso de secesionismo por parte de California y Texas, dos de los estados más importantes e históricamente ubicados en las antípodas ideológicas: muy progre una; bien conservadora la otra. Lo cierto es que ambos han creado las llamadas Fuerzas Occidentales y desobedecido los mandatos ejecutivos. No hay precisiones temporales sobre cuánto tiempo lleva la guerra al momento que Garland encuentra a la muy reputada fotógrafa de la agencia Reuters Lee Smith (Kirsten Dunst), el periodista Joel (el brasileño Wagner Moura, de Tropa de Elite) y su veterano colega del New York Times (Stephen McKinley Henderson) cubriendo una batalla en Brooklyn y cruzándose con la muy joven Jessie (Cailee Spaeny). Pero el escenario dominado por edificios en ruinas, locales saqueados, y calles llenas de restos de autos abandonados o incendiados, permite imaginar que no empezó precisamente ayer.

La cuestión es que Lee evita una muerte segura de Jessie, que además es fanática del trabajo de su salvadora. Una vez en el hotel, un aviso de que pasará algo importante en Washington pone en marcha al cuarteto rumbo a la casa Blanca, iniciando así un viaje en auto de varios cientos de kilómetros en que cada nueva e involuntaria parada propondrá situaciones límite que sortearán (o no) en conjunto. Situaciones mayormente violentísimas que Garlard retrata como tales. El tono es pacíficamente inquietante, sin estridencias ni tampoco una posición política definida. Aquí no hay buenos y malos. O, si los hay, son las dos caras de una misma moneda. Se trata, a fin de cuentas, de criaturas enfrascadas en una guerra fratricida de la que nadie saldrá indemne.