Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 22 de enero de 2022
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La fuerza de nombrar lo que nos sucede

Sobre ‘El invencible verano de Liliana’, novela de la escritora mexicana Cristina Rivera Garza, que se encuentra disponible en las librerías del país a través de la editorial Mantis.
Portada de la edición boliviana de la obra ‘El invencible verano de Liliana’ junto a su autora Cristina Rivera Garza. DISEÑO PROPIO
Portada de la edición boliviana de la obra ‘El invencible verano de Liliana’ junto a su autora Cristina Rivera Garza. DISEÑO PROPIO
La fuerza de nombrar lo que nos sucede

¿Cuánto tiempo se necesita para poder narrar el dolor? ¿cuándo deja de doler el haber perdido a una hermana? ¿qué nos amputen una madre? ¿una hija? ¿cómo se siente de manera clara y concreta en el cuerpo que las manos de un feminicida arranquen de una vida (la tuya) a una mujer imprescindible? Cristina Rivera Garza ensaya respuestas a estas preguntas en El invencible verano de Liliana.

Son las 21:30 de un viernes y enciendo la televisión. Cada año, los noticieros rememoran el día que el infierno ardió en la tierra: Hiroshima, 6 de agosto de 1945. En Estados Unidos, el 6 de agosto pasa como un día cualquiera. En Japón, es el día en el que recordamos la desolación. La bomba atómica destruyó el 70% de Hiroshima y generó un calor de 3 mil grados centígrados en su centro. Arrasó con todo dentro de un radio de 1,5 kilómetros y cerca de 80 mil vidas se perdieron en un instante. Así son las guerras, infiernos con un solo propósito: desaparecer a víctimas y arrebatarles un nombre, una historia, sus futuros. Borrar a vidas humanas como si fueran cosas, animales, objetivos, cifras: no humanos.

Este 6 de agosto una noticia ajena a Hiroshima se repitió en todos los canales: un hombre en Tokio apuñala múltiples veces a una mujer de 20 años en un tren de 10 vagones que iba en movimiento, hiere a diez personas en su intento de asesinato. He subido a ese tren muchas veces. Luego de su arresto le explica su motivo a la policía: podría haber sido ella o cualquier otra, durante los últimos seis años ha querido matar a mujeres que se ven felices. Ni siquiera conocía a su víctima: con asesinar a cualquier mujer que se viese feliz le bastaba. Entonces, existir, sonreír inclusive detrás de un barbijo te hace blanco de un hombre que te odia por la condición de ser mujer y sobrevivir a ello. 

Esta es la guerra contra las mujeres de la que habla Rita Segato. Esa guerra que se expresa en el segamiento de la vida de una mujer por ser mujer, que se exhibe y se consolida de forma cruel ante la mirada pública y que por lo tanto representa un tipo de violencia expresiva y no instrumental. Se mata porque se puede, con impunidad. 

Cristina nos conduce por los laberintos del “después” de la bomba atómica que nos arranca la vida de Liliana y de muchas otras mujeres ¿Se puede seguir después de eso? ¿cómo? ¿algún día el dolor dejará de aniquilarnos diariamente a las que quedamos? ¿cómo se aprende de nuevo a despertar, tomar una ducha, reír, comer, caminar y dormir cuando te arrebatan a una hermana? La autora comparte su capacidad de ver en el lenguaje el potencial para responder esas preguntas a través de un mecanismo por demás entrañable y generoso: descubrir ante nuestros ojos el dolor encubierto de su familia. Y es que todas las familias tienen memorias encubiertas, secretos que son muchas veces herida abierta, a veces sanando, otras supurante y maloliente, que en el mejor de los casos, hecha cicatriz duele, pocas veces, solo cuando hace frío. Cristina abre las puertas de su corazón, ahí donde está su hermana, para intentar entender lo incompresible: todas perdimos a Liliana el 16 de julio de 1990.

El invencible verano de Liliana es un libro polifónico, híbrido, escrito por hermanas, a través de décadas, en las calles, en habitaciones, a través de apuntes en un diario y en cuadernos, fotos, notas periodísticas, conversaciones desenterradas, cartas recopiladas, documentos legales y entrevistas. Parte de un hecho concreto: la frustración de no encontrar el expediente de investigación del asesinato de su hermana. Un hecho puntual es la punta del iceberg de las 300 páginas en las que Cristina comparte ese ir y venir que enfrentan quienes buscan justicia en instancias estatales. Cuando la voz de Cristina no alcanza a explicar algo, deja que nos hablen otros: la misma Liliana a través de sus cartas, sus amigos nos la presentan, sus padres la nombran, la conocemos a través de los ojos de quienes la aman. Es justo aquí cuando me tomo una pausa en la lectura. Casi nunca lloro, pero hoy sí. Lloro, porque quisiera abrazar a Liliana, porque siento que quisiera haber tenido una amiga como ella a los 20 años, una mujer libre. Lloro porque dos mujeres a las que amo se llaman Liliana. Porque tuve una madre, una abuela, tengo hermanas, tendré hijas y nietas. Pienso: Liliana, ahora estás en mi memoria y vivirás para siempre. Ahí te protejo: ahora eres parte del lugar al que siempre regreso.

Algunas semanas después de ese 6 de agosto una estudiante me envía un email: quiere saber más sobre el feminicidio. Vimos en una clase “Las tres muertes de Marisela Escobedo” y desde entonces ha estado pensando mucho en eso. - “Quiero saber más sobre el feminicidio en América Latina, pero no encuentro información en japonés, ¿qué es machismo?”-, me dice. Le hablo sobre la importancia de las palabras, sobre la importancia de un léxico que permita nombrar a la realidad que atraviesa nuestros cuerpos, sobre los lenguajes que hacen justicia, cuando el lenguaje jurídico tantas veces entorpece nuestra búsqueda de justicia. Le traduzco algunos fragmentos de Liliana. - “Escribir sobre la muerte de una hermana parece doloroso, ¿Por qué crees que Cristina escribe?”, me pregunta. - “Cristina le pide a la literatura la restitución completa de Liliana y quizás eso es algo que la literatura y las palabras pueden lograr”-, le digo.

Tras esa conversación siento que tengo que traducir el invencible verano de Liliana al japonés porque aquí también necesitamos el regalo que es la vida de Liliana, que sabe vencer a la muerte. También porque sé que el libro de Cristina es la concreción exitosa de un proyecto ambicioso, inmenso y que como toda buena literatura, aunque hace uso de la primera persona, trasciende la anécdota personal para hablarnos de un tema que concierne a toda la sociedad mexicana y claro, también a la latinoamericana, algo que es universal: las mujeres que perdemos, cada día, en cada rincón del mundo, de norte a sur y de este a oeste. Cristina nos recuerda que las mujeres que nos quitan tienen nombres, tienen madre, padre, hermanos y hermanas: tenemos que nombrarlas a ellas y lo que les sucede. Cristina nos permite ver más que nunca eso que nos une como mujeres latinoamericanas: una misma lengua y experiencias casi idénticas. Lo que escribimos, lo que vivimos, ya había sido escrito antes, ya había sucedido antes: Cristina nos muestra las vidas de cientos de mujeres en Bolivia, voces que están ahí y que el El invencible verano de Liliana amplifica.

La autora nos regala no un relato de la muerte de su hermana, no. Ella nos regala una celebración de la vida de Liliana y con eso, hace visible todo lo que se nos escurre entre los dedos con una mujer perdida en esta guerra contra las mujeres. Hagamos duelo todas, para dejar de habitar la soledad e impotencia de las hermanas que nos arrancan. A la quietud de la muerte ya aliviada, le sigue el movimiento de la vida. 

“Vivir en duelo es esto: nunca estar sola. Invisible pero patente de muchas formas, la presencia de los muertos nos acompaña en los minúsculos intersticios de los días. Por sobre el hombro, aún lado de la voz, en el eco de cada paso. Arriba de las ventanas, en el filo del horizonte, entre las sombras de los árboles, siempre están allí y siempre están aquí, con y adentro de nosotros, y afuera, envolviéndonos con su calidez, protegiéndonos de la intemperie. Éste es el trabajo del duelo: reconocer su presencia, decirle que si a su presencia. Siempre hay otros ojos viendo lo que veo e imaginar ese otro ángulo, imaginar lo que unos sentidos que no sean los míos podrían apreciar a través de mis sentidos es, bien mirado, una definición puntual del amor.

El duelo es el fin de la soledad.” – Cristina Rivera Garza.

Máster en Literaturas y Culturas Latinoamericanas por The Ohio State University. Ha publicado artículos críticos, reseñas y poesía. Actualmente se dedica a la docencia, investigación y traducción en Tokio, Japón.