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  • Diario Digital | domingo, 25 de febrero de 2024
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El mal mediato

La industrialización de nuestras necesidades promueve el abandono de la experiencia directa e inmediata de las consecuencias malas o buenas de nuestro consumo.
En el matadero (1893), de Lovis Corinth. CORTESÍA
En el matadero (1893), de Lovis Corinth. CORTESÍA
El mal mediato

Entre los seres humanos que comen mamíferos y aves, una gran mayoría nunca ha matado con sus propias manos a ningún animal de estos tipos. Además, con mucha probabilidad, ante la sola idea de hacerlo se aterrorizaría. Pero esta alternativa ni siquiera se introduce en el horizonte de comprensión de quien compra la carne en el supermercado.

Si el comer carne puede ser o no juzgado éticamente como malo es algo que muchos seres humanos omnívoros pondrían en discusión, argumentando por su parte que también es natural que la leona coma a la gacela. No obstante, hay una diferencia fundamental entre los carnívoros no humanos y los humanos modernos: los primeros cazan su propio alimento. 

¿Qué relevancia tiene el hecho de que la mayor parte de los seres humanos omnívoros en la actualidad no mate con sus propias manos al animal que come?  El asunto reside en la escala industrial en la que se produce y consume carne actualmente. Dado que, para nosotros, conseguirla ya no implica una dificultad muy grande, la mesura antes impuesta por el ecosistema es desplazada por la desproporción con la que intentamos saciar un cúmulo de necesidades discutibles. 

En realidad, la pregunta formulada esconde una más amplia: ¿qué relevancia tiene el hecho de que la mayor parte de los seres humanos en la actualidad no consiga por sí mismo el objeto de su necesidad? Nuestras formas de satisfacer nuestras necesidades (reales o no) y las consecuencias de esta satisfacción, están mediadas por un velo industrial.  

Entre los que pueden ir a comprar una carne y recibirla, ya cortada, en una bolsa, son demasiados los que no serían capaces de hacer directamente lo necesario para obtenerla. En el caso de una vaca: dado que no es posible simplemente cazar alguna por ahí, el consumidor debería criarla durante unos años hasta que crezca y engorde. Esto implica conseguir un lugar, alimento, agua; gestionar su boñiga, etc. Luego, tendría que matarla, faenarla y evitar que se pudra la carne, congelándola, regalándola o charqueándola.  

En este proceso, el consumidor sería capaz de percibir con sus propios sentidos las dificultades y consecuencias de la producción cárnica. Incluso sería capaz de sentir en algún momento un cierto estremecimiento. Teniendo en consideración lo comprometedor que sería criar un animal no humano y lo difícil que sería faenarlo, le otorgaría por lo menos un valor muchísimo mayor al que le otorga cuando compra sus carnes en el mercado. 

En cambio, el velo de la industria agropecuaria restringe, como anteojeras de caballo, nuestra vista panorámica de los efectos del consumo desenfrenado. Las consecuencias malas de este desenfreno, como el gasto de agua y alimentos, los gases de efecto invernadero y el maltrato animal, son mediadas por un proceso industrial y económico.

Unas anteojeras parecidas imponen la industria textil, porque entre las personas que compraban ropa de marcas involucradas en el desastre de Rana Plaza, poquísimas hubieran sido capaces de explotar a niños, sometiéndolos a precarias condiciones de trabajo y sueldos miserables. Sin embargo, fueron (quizás en la mayor parte de los casos sin saberlo) partícipes del mal mediato al consumir sin estar conscientes del proceso de producción.

Uno de los casos más impresionantes de este tipo de mediación es el de la marca United Colors of Benetton que por lo general se ha servido de la lucha contra el racismo, la homofobia o el hambre, para construir su maquinaria de publicidad. Sin embargo, en 1998 se supo que subcontrató a la fábrica Bermuda en Estambul, a través de la empresa Bogazici. En esta fábrica, niños de 9 a 13 años confeccionaban prendas para Benetton a cambio de unas cuantas pesetas que eran una burla para su necesidad de supervivencia. 

Nuestra forma de vestir está mediada por banners de un supuesto progreso inclusivo, como los que Benetton exhibe. Esta misma marca se defendió, en el caso Bermuda, argumentando que no conocía la relación que tenía esa fábrica con la explotación infantil mencionada. El mal estaba doblemente mediado; si los propios dueños de la marca ignoraban los detalles de la producción, entonces, los consumidores estaban reiteradamente cegados ante las consecuencias de comprar una de esas prendas.

De la misma forma en la que están mediadas por una producción industrial nuestras maneras de comer y de vestir, también lo están muchísimas otras maneras de consumo: con qué nos emborrachamos, qué películas vemos, con qué nos maquillamos, qué videojuegos jugamos, qué motor de búsqueda empleamos, etc. Podemos deducir hasta cierto punto los efectos de nuestras acciones o decisiones de consumo por más pequeñas que sean estas, a partir de la consciencia de que participamos de un mal (o, en otros casos, bien) mediato. 

La industrialización de nuestras necesidades promueve el abandono de la experiencia directa e inmediata de las consecuencias malas o buenas de nuestro consumo.  Así, podemos refugiarnos detrás del rol de herramientas del crimen o de instigadores involuntarios (esta figura podría resultar paradójica en términos legales). No necesitamos lavarnos las manos obsesivamente como Lady Macbeth porque la sangre nunca llega a mancharnos.  

No sé si lo peor de todo esto es que no sintamos de manera vivencial la responsabilidad sobre el mal mediato o que este tipo de mal sea, en términos cuantitativos, mucho más grande de lo que cualquier ser humano solitario podría cometer. De todas maneras, una experiencia inmediata, directa y hasta sensorial de las consecuencias malas o buenas de la cobertura de nuestras necesidades, nos podría conducir a intuiciones axiológicas que iluminen de mejor manera la distinción, de cariz epicúreo, entre deseos vanos y necesidades naturales. 

Licenciada en Filosofía y Letras - [email protected]