Opinión Bolivia

  • Diario Digital | miércoles, 06 de julio de 2022
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Eduardo ‘Chichizo’ López, hacia el camino de las almas

A manera de despedir al cineasta boliviano (1955-2021), muerto el jueves 23 a los 66 años, recuperamos pasajes de la entrevista que le hicimos en la RAMONA en agosto de 2011, cuando llegó a Cochabamba para ser homenajeado por el Festival de Cine Documental ‘A Cielo Abierto’.

Eduardo ‘Chichizo’ López, hacia el camino de las almas.
Eduardo ‘Chichizo’ López, hacia el camino de las almas.
Eduardo ‘Chichizo’ López, hacia el camino de las almas

No puedo decir que fui amigo de Eduardo López Zavala. Ni siquiera conocido. De hecho, la única vez que conversé con él fue para esta entrevista, de la que ahora recupero fragmentos, con un nuevo titular y esta nueva introducción. Hago esta aclaración porque, aun no siendo amigo ni conocido suyo, las veces que hablé (y hablaré) de él, lo hice (y lo seguiré haciendo) apelando a su apodo, “Chichizo”, que se me antoja cabal para él. Incluso cuando me enteré de su muerte, el jueves por la tarde, me sume a las condolencias virtuales llamándolo así, “Chichizo”. Espero que no le moleste. En mi defensa debo decir que el caso suyo es como el del “Cachín” Antezana o el “Soldado” Terán, figuras a las que, como al “Chichizo” López, admiro sin remilgos y llamo por sus sobrenombres, por más que no me haya ganado ese derecho (también es cierto que por mucho tiempo no me acordaba de sus nombres reales).

Decía que solo una vez conversé con el “Chichizo”. Fue en agosto de 2011, hace más de diez años, en el Centro Simón I. Patiño de Cochabamba, que le rindió homenaje y organizó una muestra de su trabajo en el marco del primer Festival de Cine Documental Latinoamericano “A Cielo Abierto”. Poco antes había visto InalMama, sagrada y profana (2010) uno de sus mejores filmes y, si me apuran, uno de los mejores documentales de la historia del cine boliviano. Una exploración de las múltiples dimensiones de la coca y la cocaína en Bolivia, rodada y estrenada en pleno primer Gobierno de Evo, pero que no ofrece concesiones a nadie, pues así como reivindica las cualidades rituales y medicinales de la ‘hoja sagrada’, revela sus usos políticos y criminales. 

Cinéfilo y seguidor incurable del cine boliviano como soy, de él ya había escuchado y leído algo. Su paso como director del extinto Conacine y su aporte investigativo (como un diagnóstico de las industrias culturales que llegué a consultar para una malograda tesis) lo tenían bien ubicado en mi itinerario de intereses. Así que cuando finalmente lo entrevisté, pude constatar que la leyenda que le precedía –de gran conversador, lúcido, franco y chistoso– era más que merecida. No me sorprende para nada que, a la hora de su muerte, muchos conocidos y amigos, más o menos vinculados al mundillo audiovisual, lo evocaran como el hombre inspirador, noble y sabio que fue.

No volví a conversar con él, pero sí recuerdo que, antes o después de entrevistarlo, lo vi paseando más de una vez por la Arce paceña o compartiendo sus experiencias en pantalla. Me acuerdo, con especial emoción, de cómo hablaba de Beatriz Palacios en el documental Beatriz junto al pueblo (2010). La recordaba y lloraba frente a las cámaras, narrando su empeño durante el rodaje de Las banderas del amanecer (1983), el documental que la cineasta codirigió con su compañero, Jorge Sanjinés, y en el que “Chichizo” hizo fotografía. Y se rompía cuando recapitulaba la enfermedad que finalmente la doblegó. Ver llorar a ese ‘dandy chukuta’, siempre tan elegante y seductor, calando de tanto en tanto un pucho y tocándose la barbilla con desparpajo, me convencía por unos segundos de que estaba viendo a John Malkovich haciendo el papel de su vida. Me conmovía y me sigue conmoviendo ahora que lo recuerdo.

Me ha conmovido, también, revisitar –en los tiempos muertos navideños– algunos de sus trabajos disponibles en internet, de los que guardaba pocas imágenes en la memoria, con excepción de InalMama. Me ha conmovido descubrir que El camino de las almas (1989), una docuficción inspirada en el robo de textiles ancestrales en Coroma, es el reverso justo de La nación clandestina (1989), en el que las adversidades desatadas por las inconductas individuales solo podían sobrellevarse desde una moral comunal que restableciera el equilibrio con las deidades y la naturaleza. Me ha conmovido entrever en Martín de las Crujías (1992), una ficción sobre un aymara literalmente destruido por la ciudad, una suerte de eslabón perdido entre Yawar Mallku (Jorge Sanjinés, 1969) y Enterprisse (Kiro Russo, 2010), en el que la verborrea militante cede espacio a líricas secuencias sin palabras, con la ciudad adueñándose físicamente del indio y el altiplano andino –en su magnífico plano final– resucitando su ajayu. Y me ha conmovido, entre otras tantas cosas de InalMama, la secuencia de la cosecha de coca en Chicaloma, con mujeres y hombres afrobolivianos cantando su historia, a la manera en que –nos lo ha mostrado tantas veces el cine– lo hacían los negros que cosechaban algodón en Estados Unidos.

No quiero extenderme mucho más en esta introducción innecesariamente larga, en la que he pretendido rendir mis respetos a Eduardo “Chichizo” López, un cineasta boliviano esencial que, como afirmaba en la cita que dio su título original a esta entrevista (“En mi cine las identidades son poderes”), consagró su vida y obra a buscar, mirar y cuestionar las identidades bolivianas y los tejidos de poder que estas despliegan, desde una sensibilidad inusitada en nuestra tradición cinematográfica. Mucho queda por ver y decir de su trabajo (algo para lo que la estudiosa argentina María Aimaretti ya nos ha fijado algunas coordenadas en su fundamental libro sobre el video boliviano de los años 80), pero, por lo pronto, démonos unos minutos para volver a escucharlo en los pasajes de esta entrevista.

-¿Qué significa para su carrera el homenaje que recibió en el Festival de Documental “A Cielo Abierto”?

Lo que piensas cuando te hacen un homenaje, es que se te está acabando el tiempo (risas). Pero esto me pilla en un momento muy especial, porque, después de mucho tiempo, he empezado a rodar, a volver al documental, a escribir, a armar proyectos que uno no sabe si podrá lograrlos… Pero, volviendo a la pregunta, cualquier homenaje que se me haga mí, es un homenaje a la banda, al grupo de gentes que hemos hecho, en las mismas condiciones, contra viento y marea, trabajos independientemente, ya sea de forma individual o colectivamente.

Eso sí, cuando Alba (Balderrama, coordinadora general del festival) me propone una retrospectiva de mi trabajo, de lo primero que me doy cuenta es de que he perdido material… Creo que he perdido mucho más de la mitad de las cosas que he hecho, y eso duele, friega.

-Al momento de elegir las películas para la retrospectiva programada en el festival, debió volver a ver muchos de sus trabajos. ¿Ha encontrado continuidades y/o rupturas entre trabajos anteriores y obras más recientes como InalMama?

Sí, pues hay cosas como Ganar la calle o Destinos de tierra, que yo no las veía desde hace veinte años… Los que han visto Martín de las crujías, se habrán dado cuenta que termina cuando empieza InalMama. Si ves El camino de las almas o Destinos de tierra o las otras, hay cosas comunes que están en unas y en otras. Hay una continuidad, hay una búsqueda. Hay dos o tres temas que, tanto en antropología como en cine de documental y ficción, a los que vuelvo todo el tiempo.

-¿Cuáles son esos temas?

Creo que hay una búsqueda de temas que tienen que ver con identidad y poder en todo lo que he hecho. En lo poco que he escrito, en lo poco que he filmado, en lo poco que he propuesto académicamente, siempre el tema de identidades y poderes ha estado en juego, y voy a seguir en ello. En lo que estoy haciendo ahorita, que son cinco historias de mujeres muy diversas, he encontrado nuevamente esa veta y no me zafo. Mi relación con los personajes individuales o colectivos es una construcción que está buscando los procesos de configuración y de depuración identitaria. Para mí, las identidades son poderes, como las culturas son poderes. Las identidades son manifestaciones reales mediante los cuales las colectividades y los individuos se construyen… 

-Este festival ha debido ser adicionalmente especial para usted, porque se inauguró con Las banderas del amanecer, un trabajo de Jorge Sanjinés y Beatriz Palacios en el que hizo la fotografía. ¿Qué recuerda de esa experiencia? 

Es fuertísimo, la historia con Jorge, y con Beatriz, parte de un encuentro en México, encuentro fortísimo porque se da una cristalización muy rápida de una amistad, de un compromiso, de una militancia. Entonces, no nos separamos años. Y, cuando pudimos volver a Bolivia al final de la dictadura de Banzer, Beatriz tenía un proyecto en desarrollo, un guion en desarrollo. Y Jorge estaba súper entusiasmado con eso. Entonces, nos lanzamos a armar el proyecto, nos fuimos a las minas a trabajar en una película, una ficción que reconstruía la historia de las mujeres mineras que iniciaron la huelga que tumbó a Banzer. Pero ahí nos comió la historia, nos comió el proceso, nos comió la vorágine de los procesos y de la violencia y la tremenda movilización que hubo el 79 – 80. Si bien no nos sacábamos la idea de ir a hacer la película, estábamos haciendo otra, porque no podíamos dejar de registrar, dejar de seguir los acontecimientos y de darnos cuenta además de lo que sucedía…

Al verla, tuve la sensación muy profunda de volver a vivir aquello, de hacer el balance que eventualmente tienes que hacer en la vida cuando vives en un país como el nuestro, que es ingobernable, tremendamente dinámico en sus procesos. Yo celebro profundamente y me siento orgulloso y privilegiado de vivir este país, con todo lo difícil que es. De repente, para mí hubiera sido mucho más fácil quedarme en México, en Brasil, en Colombia o en cualquier lado, y estar un poco más holgado, más cómodo, más seguro. Pero no, pues, Bolivia es muy fuerte y los procesos aquí y lo que hemos vivido el último tiempo con todas las contradicciones que ahora vivimos, son nutrientes muy poderosos para seguir adelante…

Periodista - @EspinozaSanti