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  • Diario Digital | domingo, 16 de junio de 2024
  • Actualizado 18:05

‘Drive My Car’: la adaptación cinematográfica de Murakami

A propósito de ‘Drive my car’, del cineasta japonés Ryusuke Hamaguchi, ganadora del Oscar a mejor película internacional de este año, compartimos una crítica y el testimonio del realizador. Adicionalmente publicamos un texto sobre un filme anterior suyo, ‘Asako I y II’. Ambas obras pueden verse en la plataforma de streaming Mubi. 
Drive My Car (2021), de Ryūsuke Hamaguchi. C&I ENTERTAINMENT
Drive My Car (2021), de Ryūsuke Hamaguchi. C&I ENTERTAINMENT
‘Drive My Car’: la adaptación cinematográfica de Murakami

A propósito de ‘Drive my car’, del cineasta japonés Ryusuke Hamaguchi, ganadora del Oscar a mejor película internacional de este año, compartimos una crítica y el testimonio del realizador. Adicionalmente publicamos un texto sobre un filme anterior suyo, ‘Asako I y II’. Ambas obras pueden verse en la plataforma de streaming Mubi. 

Alonso Díaz de la Vega/Gatopardo 

Hay terremotos y hombres duplicados en el cine del director japonés Ryūsuke Hamaguchi; también reencuentros de personas que nunca se han visto y coincidencias que cimbran amistades, amores. El suyo es el reino del melodrama, de lo excepcional y, sin embargo, todo pasa de forma tan sutil que cada historia en Happy Hour (2015) o Wheel of Fortune and Fantasy (2021) parece un sueño queriendo enmascararse de realidad. Aunque la verosimilitud nunca deja de ser cuestionable, la presencia abundante de lo cotidiano sostiene la ilusión de algo posible. 

Una escena de su película más reciente, Drive My Car (2021), ya en salas de cine, describe el corazón de su estilo cuando Misaki (Tôko Miura), la chofer del protagonista, Kafuku (Hidetoshi Nishijima), lo lleva por primera vez del trabajo a su hotel. El trayecto de una hora se condensa en unos cuatro minutos —Hamaguchi no es un minimalista tan radical como para mostrar todo el viaje— pero se percibe un acuerdo terso entre el deseo de narrar incidentes cautivadores y el de contemplar los espacios, el tiempo. Ningún plano es particularmente largo pero todos están montados con calma para expresar el cuidado con que conduce Misaki. El sonido se limita al ronroneo del motor y a un casete que proyecta una voz fantasmal en el Saab rojo; a veces se suma el mar. La escena es un bálsamo —como lo pretende ser la película entera— que además empieza a explorar un tema esencial: los idiomas extraños con los que vertimos nuestro interior al mundo. Ya volveremos a ello.

Basada en un cuento homónimo de Haruki Murakami, Drive My Car cuenta la historia de Kafuku, un actor y director de teatro viudo que recibe una invitación a Hiroshima para dirigir una adaptación de Tío Vania, de Antón Chéjov. Una vez ahí la compañía lo obliga a entregarle las llaves de su coche a Misaki para evitar accidentes. En los trayectos el director escucha un casete de su esposa leyendo la obra, pero pronto irá conociendo a su chofer, intimando con ella hasta encontrar juntos, como actores en el teatro, una familia en la cual refugiarse de sus traumas. Lo interesante en relación con el texto original es lo distinta que llega a ser la trama: si Murakami le dio a Hamaguchi una semilla, el director hace de ella un árbol lleno de ramas donde se mecen también otros personajes, como Oto (Reika Kirishima), la esposa infiel pero amorosa de Kafuku —que muere al terminar un preludio de cuarenta minutos—; Kôshi  (Masaki Okada), un actor problemático que además fue el último amante de Oto, y una pareja coreana que participa significativamente en la obra y la estancia del protagonista.

El melodrama de Hamaguchi busca el interés del público, que se irá preguntando por qué Kafuku le permite a Kôshi participar en su obra y además protagonizarla, o qué significa una historia que Oto, una guionista de televisión, imaginó en sus últimas semanas de vida. La técnica es levemente similar a la del gran cineasta taiwanés Edward Yang, cuyas películas contenían balaceras, muertes, traiciones, pero eran filmadas desde una pasividad que las enfriaba. Más que la melancolía, Hamaguchi busca la ternura en el perdón y el alivio, pero sobre todo en largos planos de rostros que recitan monólogos. El escenario más importante en Drive My Car no es el lugar donde se paran los actores: es la colección movediza de ojos, boca, mejillas, donde se manifiestan las emociones. Es en el rostro donde hierve la nostalgia de Kôshi cuando le habla a Kafuku de Oto y donde las penas del protagonista abandonan su cuerpo en forma de lágrimas. Aunque esta es una herramienta típica de Hamaguchi, en Drive My Car el monólogo encuentra una pertinencia absoluta debido a los temas, que abarcan la actuación y la experiencia teatral como la construcción de un idioma íntimo.

Kafuku es reconocido por sus adaptaciones políglotas de Chéjov y Samuel Beckett donde un actor habla japonés, mientras que otro dice sus diálogos en mandarín y alguno más en coreano. Al evitar que los actores comprendan lo que dicen sus colegas, Kafuku los fuerza a entenderse con el cuerpo, con la sola presencia, tejiendo la idea del arte como un lenguaje que no necesita palabras. La habilidad al volante de Misaki representa lo mismo y compensa su personalidad silenciosa, quizá porque no sólo el arte sino toda acción que emprendemos habla por nuestro ser: manejar es para ella una forma de comunicarse, de proteger a otros. Hamaguchi persigue la idea de intimidad en la destitución del lenguaje y por eso Kafuku acepta en su elenco a Yoon-A (Park Yu-rim), una actriz coreana que habla con lenguaje de señas y logra, debido a ello, una interpretación arrebatadora en Tío Vania.

Hamaguchi ya parece lo suficientemente ambicioso al tratar la intimidad que alcanza el lenguaje no verbal, pero así como en la película hay actores que actúan a actuar, las capas de significado empiezan a sumarse cuando notamos que la relación de Misaki y Kafuku replica la del tío protagónico en el texto de Chéjov y su sobrina, Sonia. En la primera hora de Drive My Car vemos a Kafuku desgastado por interpretar a Vania en escenas donde intenta descifrar a Yelena, la mujer que ama, porque le evocan sus dolorosas preguntas sobre la infidelidad de Oto. El casete también parece describir al protagonista en varios momentos y el monólogo final donde Sonia intenta esperanzar a su tío Vania parece inspirar la última escena entre Kafuku y Misaki, que es seguida por la imagen de Yoon-A interpretando ese soliloquio. 

A pesar de lo enmarañadas que puedan parecer estas nociones del lenguaje, la representación y la intertextualidad, Drive My Car no es una película complicada. Es muy claro que Hamaguchi entiende el arte y la imaginación como un vínculo desde que vemos en la primera escena a Kafuku y Oto imaginando historias juntos después del orgasmo. La conclusión está dicha desde el principio y a partir de ahí Hamaguchi le da vueltas, como enrollando una bola de estambre hasta tener una sustancia distinta pero esencialmente igual a la que empezó siendo sólo un hilo. En su centro hay una preocupación sincera por el destino de estos personajes heridos que se encuentran de muchas maneras, hechas creíbles por el sosiego y la calidez de un artista que cree, como Sonia, que, a pesar de toda la desilusión, un día descansaremos; que “nuestra vida será quieta, tierna, dulce como una caricia”.

Ryusuke Hamaguchi: "Mis tres motivos para hacer Drive My Car"

El director Ryusuke Hamaguchi explica en estas líneas los tres motivos que le llevaron a adaptar uno de los relatos incluido en "Hombres sin mujeres", del prestigioso novelista japonés Haruki Murakami

Decine21.com

Un fotograma de ‘Drive My Car’, película ganadora del Oscar a mejor filme extranjero. C&I ENTERTAINMENT
Un fotograma de ‘Drive My Car’, película ganadora del Oscar a mejor filme extranjero. C&I ENTERTAINMENT

Motivo número 1

El primero son Kafuku y Misaki y las interacciones entre estos dos personajes tan intrigantes. Todas ellas tienen lugar dentro del coche. Esas charlas me recordaron conversaciones profundas que he tenido que solo surgen en ese espacio tan íntimo y en movimiento. Al estar desplazándose de manera constante, no estás realmente en ningún lugar, y a veces ese espacio nos ayuda a descubrir aspectos de nosotros mismos que nunca hemos mostrado a nadie o pensamientos que no sabíamos cómo verbalizar.

Motivo número 2

El segundo es que el relato trata de la actuación. Actuar es tener múltiples identidades y es, por así decirlo, una forma de locura aceptada por la sociedad. Trabajar en ello es, obviamente, extenuante y a veces incluso causa que la persona acabe colapsando, pero conozco a gente que no tiene más remedio que hacerlo. Es gente que se cura gracias a esa locura, para ellos es lo que les permite seguir viviendo. Este tipo de actuación como “forma de sobrevivir” es algo que me interesa desde hace mucho tiempo.

Motivo número 3

El último motivo es el personaje ambiguo que vemos en Takatsuki y la manera en que se representa su “voz”. Kafuku está bastante seguro de que Takatsuki se acostaba con su mujer antes de que esta falleciera, y dice de él que “su capacidad de interpretación era limitada”. Pero un día Takatsuki descubre el punto ciego de Kafuku: “Si uno desea ver en serio a los demás, no le queda más remedio que observarse en profundidad, de frente, a sí mismo”. El motivo por el que este comentario, bastante estereotipado, afecta a Kafuku, es que siente que es una “verdad” que nunca podría haber alcanzado por sí mismo. “Sus palabras resonaron como algo puro, salido del alma. Era evidente que no estaba actuando”. Al leerlo pensé: “Conozco estas voces. Las he oído en la vida real”. Es más, sabía que, una vez oyes una voz como esa, te resulta imposible volver a ser la persona que eras antes y te sientes obligado a responder a lo que te está pidiendo. El relato no profundiza en lo que ocurre después y sentí que la respuesta de Kafuku quedaba en el aire.

Una reflexión final

Cuando empecé a trabajar en la adaptación de este relato tan plagado de elementos fascinantes, mi objetivo era dejar que estas preguntas y respuestas se desarrollaran como una cadena de “voces” que contienen la verdad, como se ve en la historia, hasta llegar a la respuesta final de Kafuku. También quise crear una experiencia que permitiera a la audiencia sentir de manera continua e intuitiva la verdad a través de la ficción que es la actuación.

¿Consigue ese objetivo la película Drive My Car? No lo sé. Creo que la respuesta a esa pregunta es algo que no sabremos en mucho tiempo. Lo que puedo decir en este momento es que el tiempo que pasamos grabando fue muy feliz. Todos los personajes, comenzando por Kafuku (interpretado por Hidetoshi Nishijima), expresan dolor, pero lo que yo sentí que emanaba de cada actor durante la grabación fue el placer de actuar.

¿Cuál de los dos acabó captando la cámara? Tengo muchas ganas de ver cómo interpreta y reacciona la audiencia a esta película.

‘Asako I y II’: una indagación sobre la naturaleza del amor

El realizador de Drive My Car tenía mucha y muy buena obra previa antes del Oscar, como lo prueba ahora ‘Asako I y II’, una historia acerca de los fantasmas que deja el amor cuando se va. Disponible en la plataforma de streaming Mubi

Juan Pablo Cinelli/Página 12

Un fotograma de ‘Asako I y II’, que muestra que todo comienza en una exposición de fotografía en Osaka. GRASSHOPPER FILM
Un fotograma de ‘Asako I y II’, que muestra que todo comienza en una exposición de fotografía en Osaka. GRASSHOPPER FILM

La carrera del cineasta japonés Ryusuke Hamaguchi realiza una parábola singular. Dueño de una filmografía de trece títulos que alterna entre ficciones y documentales, su nombre recién se volvió masivo (todo lo masivo que puede volverse el nombre de un director japonés de cine independiente) gracias al Oscar a la mejor película internacional que acaba de recibir por el último de ellos, Drive my Car. Desde su primer largo --una adaptación de la novela Solaris, de Stanislaw Lem, estrenada en 2007—, Hamaguchi ha realizado un promedio de uno por año. Pero fue en 2015, con su décimo trabajo –Happy Hour, un drama de cinco horas y cuarto de duración presentado en el Festival de Locarno— que las grandes centrales de la cinefilia mundial comenzaron a prestarle atención. La siguiente, Asako I y II, tuvo su premiere tres años después en la competencia oficial de Cannes, donde en 2021 Drive my Car se llevó tres premios.

Asako, la chica del título, visita una exposición de fotografía donde queda cautivada por una que retrata a dos nenas gemelas. Cuando está absorta contemplando esa imagen, el paso de un joven por detrás de ella la distrae. A partir de ahí su atención se alejará de las láminas exhibidas y se irá, literalmente, tras el muchacho, al que seguirá durante unas cuadras al salir del Museo Nacional de Arte de Osaka, cuya fachada de acero parece una obra de ciencia ficción. En su camino, perseguido y perseguidora se cruzarán con unos chicos que tiran petardos bajo un puente y las súbitas explosiones acabarán revelándole al primero la presencia subrepticia de la segunda. Solo harán falta unas pocas palabras para que los desconocidos terminen besándose entre el humo persistente de la pirotecnia.

Minuciosa y obsesiva, Asako I y II es una indagación acerca de la naturaleza del amor, de sus complejos mecanismos y sus laberínticas estructuras, donde lo sensible se cruza con lo químico y lo emocional con lo estético. En este caso, el amor que unirá a Asako con Baku (el intrigante y seductor joven del museo) será para ella como esos fuegos de artificio: explosivo, luminoso y fugaz, pero que también dejará una densa nube que la protagonista no podrá disipar. Por eso cuando otro hombre aparezca en su vida, años después, al comienzo ella no podrá ver en él sino el reflejo del otro y solo con el tiempo conseguirá darle su propio lugar. ¿Pero a cuál de los dos le corresponde en realidad el amor de Asako: al original o al doble?

Resulta significativo que Hamaguchi haya debutado llevando a la pantalla su propia versión de Solaris, que, igual que Asako I y II, resulta ser una historia acerca de los fantasmas que deja el amor cuando se va. En la novela de Lem el protagonista es un astronauta que habita una solitaria estación espacial, donde se encuentra con una versión simplificada de su esposa muerta, de la que inevitablemente volverá a enamorarse. Acá es Asako la que convive con la figura fantasmal de su ex, al que reemplaza por un doble que, al contrario del de Solaris, es una versión mejorada del original. En ambos casos, resolver la cuestión demanda un sacrificio por parte de los protagonistas.

Hamaguchi realiza en una labor de gran sensibilidad, no solo en lo relativo al drama emocional de sus personajes, sino en la articulación de una adecuada forma cinematográfica, dándole siempre un uso apropiado a los diferentes recursos. Así, a base de insistencia y repetición logra que un leitmotiv musical, extraño y electrónico, acabe convertido en la cabal expresión sonora de la duplicidad sentimental de la protagonista. De igual forma, el director consigue algunas proezas visuales notables, como una escena panorámica en la que Asako persigue a su amor por un camino que atraviesa un valle, mientras la inmensa sombra de una nube los persigue a ambos. Uno de los tantos fenómenos climáticos que habitan en Asako I y II. Y tal vez el amor sea eso: una nube siempre pasajera que nunca se sabe cuando llega ni cuando se irá. A veces llueve.