Literatura

¿Dónde carajos están los hermanos Loayza? (primera parte)

En esta entrevista, los escritores paceños Álvaro y Diego Loayza ofrecen algunas claves para embarcarse en ‘¿Dónde carajos está Litovchenko?’ (Nuevo Milenio, 2025), su esperada segunda novela que se presenta este viernes 5, a las 19.00, en el Palacio Portales de la Fundación Patiño de Cochabamba (calle Potosí casi Portales).

No es la quinta temporada de Stranger Things ni son los Duffer Brothers. La vuelta más esperada al ruedo narrativo boliviano en 2025 tiene por protagonistas a otros hermanos, los hermanos Loayza: Álvaro (La Paz, 1978) y Diego (La Paz, 1980). Los escritores bolivianos han publicado su segunda novela, ¿Dónde carajos está Litovchenko? (Editorial Nuevo Milenio, 2025), 12 años después de su primera incursión novelística a cuatro manos, De kenchas, perdularios y otros malvivientes (Editorial El Cuervo, 2013 y 2019).

No se ambienta en el pueblo de Hawkins ni en los años 80 del pasado siglo. El escenario de ¿Dónde carajos…? está un poco más cerca, en La Paz de los años 90, una hoyada que vive su particular “movida” libertina y hedonista, con sobredosis de cocaína, heavy metal y violencia clandestina. Son días de borrachera neoliberal en que los circunstanciales beodos –políticos, criminales, policías, futbolistas– zapatean sobre las cenizas del comunismo enterrado en Europa. 

Curiosamente, los protagonistas de la novela se parecen en algo a los de la serie bandera de Netflix (que acaba de estrenar los primeros episodios de su temporada final). En algo. Hay unos adolescentes, el Gonzo, el Oleg y la Trini, que juegan a salvar el mundo, su mundo, el de la vida que transcurre en la residencial zona de Los Pinos, al sur de urbe paceña. Su misión es parecida a la que mueve a Mike, Eleven y compañía: encontrar con vida a uno de los suyos. Lo que Will a Stranger Things es la Leonor a ¿Dónde carajos…? La desaparición de la diva metalera del colegio es el evento que provoca el encuentro entre los chicos y los protagonistas adultos de la novela, los detectives privados Jimmy Tica y Baby Beef. 

Hasta aquí, las comparaciones odiosas. El libro de los hermanos Loayza rebosa una paceñidad exultante que la vuelve difícilmente equiparable a relatos más pasteurizados como los que abundan en el catálogo de la gran N. Más allá de su filiación a los códigos universales de las narraciones policiales, de aventuras y de aprendizaje, ¿Dónde carajos…? es un muestrario festivo del habla popular paceña (y boliviana), así como un mapa desprejuiciado de La Paz, que transita sin mayores preludios por los centros y costados de la urbe altiplánica. Con humor descarriado, ritmo cinematográfico y una evocación sonora ecléctica, la historia de la búsqueda de Leonor Arzáns se entrega gozosa al entretenimiento, pero sin renunciar a la exploración de los recodos humanos más retorcidos. Y, si bien su oscuridad tiene ribetes sobrenaturales, estos están más próximos al universo lyncheano (a ratos, la Leonor recuerda a Laura Palmer) que a la fantasía de los Duffer Brothers. 

En fin, antes que seguir especulando, mejor escuchar a los autores. O, en rigor, leerlos. Que la lectura de esta entrevista a Álvaro y Diego Loayza sirva de preámbulo o “bonus track” para la lectura de su novela. Y que sea, también, la oportunidad para invitar a los lectores a escucharlos en la presentación de su libro en Cochabamba. ¿Dónde carajos están los hermanos Loayza? Ahora mismo, no sabemos. Pero, eso sí, podemos anticipar dónde carajos estarán este viernes 5, a las 19.00: en el Palacio Portales de la Fundación Patiño, junto a otros malvivientes. 

Entre ‘De kenchas…’ y ‘¿Dónde carajos…?’ pasaron 12 años. Además de la reedición de su primera novela, ¿cómo fue el trabajo de escritura de este segundo libro a cuatro manos?

Álvaro Loayza (A.L.): ¡Increíble! Más de una década y dos ediciones de De kenchas, perdularios y otros malvivientes. Pero a su vez fueron siete años escribiendo ¿Dónde carajos está Litovchenko?, cuatro versiones de la novela hasta la definitiva, no se nos ocurrió en ningún momento que iba a prolongarse tanto la escritura de la novela, pero la concebimos y la elaboramos sin plazos y sin prisas; escribir a cuatro manos y a dos cabezas es a fuego lento y así se sucedió el proceso creativo. Por ejemplo, recién en la última versión se nos aclaró cómo terminar la historia y el destino final de varios de los personajes. Aunque casi toda la estructura estaba asentada, el click final se dio en los últimos estadios de la escritura. 

Diego Loayza (D.L.): Alucinante, desafiante, divertidísimo y arduo en la misma medida. En medio de ese lapso, me tocó escribir La isla trasnochada con Mario Murillo (viejo amigo y colega sociólogo), novela que publicamos en Plural el año 2016, bajo el seudónimo de Belisario Flores. Encuentro que la escritura a cuatro manos tiene sus dificultades que se suman al trabajo individual, pero no hay nada más reconfortante para el espíritu que el trabajo creativo en equipo. Las ideas matrices de Litovchenko, las imágenes que fundan la novela son antiguas y deben tener más de quince años.  

¿Cómo nació ‘¿Dónde carajos…?’ y cuál fue el proceso por el que acabó convirtiéndose en esta novela de más de 300 páginas?

A.L.: En mi recuerdo, nació hace muchos años, te diría que casi hace dos décadas, como una imagen: la de un bailarín de ballet soviético que lleva a cabo su rutina en un escenario y un personaje misterioso ingresa al recinto, vamos a corte, y un detective/policía orondo y mofletudo en primer plano profiere alterado la frase “¿Dónde carajos está Litovchenko?”. Tuvimos años en una pizarra anotado ¿Dónde carajos está Litovchenko? cómo un Work in Progress o un Working Title. Pudo ser en su momento un proyecto fílmico, pero devino en una creación literaria. Cuando aparecieron los detectives todas las piezas del Lego, poco a poco, empezaron a encontrar su sitio. En algún momento había tantas ideas que parecía que se nos desbordaba la novela en cuanto a la longitud; creo que en 300 páginas encontró su duración justa y necesaria.   

D.L.: A veces, una imagen, una palabra, un rasgo de personaje o una canción bastan para emprender un viaje que termine en una novela de 300 páginas. 

Me imagino que en este tiempo más de un lector les habrá pedido una secuela de ‘De kenchas…’. Además de un fugaz torneo de cacho, ¿qué otras cosas de su primera novela creen haber conservado en esta nueva y con cuáles ven que rompieron?

D.L.: No soy partidario de las secuelas. Para mí, una de las propiedades psicológicas y estéticas de un relato es la clausura, algo tan importante como el contorno de una figura o el marco en una pintura. Es una manera de darle forma al tiempo como bien proponía Paul Ricoeur. Es lo que nos permite separar el mundo de la narración, que tiene un cierre, del mundo histórico de la vida real, que es continuidad inclemente y amorfa de sucesos. 

Litovchenko tiene, sin lugar a dudas, elementos de la primera novela. Sin embargo, es otro universo en la misma medida en que nosotros no somos las mismas personas de hace veinticinco años cuando empezamos a componer esa fábula que devino en De kenchas, perdularios y otros malvivientes. Seguramente se reconocerán puntos en común como la jerga paceña, el cacho, el trago y la maraña de personajes estrambóticos y de dudosa moralidad, pero esos son rasgos que no necesitan de los hermanos Loayza para aparecer ante el ojo curioso y enamorado de la incomparable Chuquiago.  

A.L.: Sí, pidieron ambas cosas y solo pudimos complacerlos con algunos campeonatos de cacho, entre ellos la presentación paceña de Litovchenko que fue celebrada al azote de cubiletes y dados cerca de la Plaza Murillo. Justamente estamos trabajando en una tercera edición de “Los kenchas”, que, si bien no será una secuela, mantendrá viva la impronta de toda esa caterva de malvivientes. 

En relación a lo que queda de aquella novela, como ciertas marcas de la casa, creo que el carácter coral de la trama, donde muchos personajes engranan el devenir de los acontecimientos; por otro lado, el humor, ethos imposible de abandonar a la hora de escribir junto a Diego, y tercero, que la oralidad sea un rasgo muy propio del relato. Seguro que hay otros motivos recurrentes, pero mencionar esos tres como los más relevantes y distintivos. Por último, se me ocurre que ambos tienen títulos muy largos. 

Sobre romper, yo pensaría más en incrementar nuestras preocupaciones, aumentar capas dentro de la narrativa y el desafío de puntualizar la novela en un tiempo específico, cosa que “Los kenchas” no tenía al ser una distopia de cierta manera atemporal. Lo que sí fue consciente fue la búsqueda de ensanchar las geografías paceñas, el centro histórico con sus zaguanes y conventillos, San Pedro y su Coliseo Cerrado, las funerarias y lenocinios de Miraflores, los conciertos underground de la Illampu y el Cementerio, los barrios y colegios de la Zona Sur, las lejanías de Achocalla, los condominios de Mallasilla, las mansiones de la Curva de Holguín y así tantos recovecos de una urbe que bulle en los lances de detectives, adolescentes y facinerosos.  

¿Cuánto de realidad, memoria, documentación e imaginación hay en su reconstrucción de los años 90 en La Paz?

D.L.: No sabría decirlo con esa exactitud. Como dice un personaje en Lost Highway de nuestro querido David Lynch: “Me gusta recordar las cosas a mi manera, no necesariamente de la forma en que ocurrieron”. Algunas menciones, instituciones o eventos son históricos, otros para nada y, algunos lo son parcialmente, con nombre cambiado o alguna variación que no corresponde totalmente a la realidad. Martín Zelaya lo describió perfectamente al hacer referencia a Chespirito cuando introducían sus capítulos históricos con la advertencia: “No como fue, sino como pudo haber sido”. Hay una búsqueda de sentimiento, de atmósfera fiel a la época, pero nunca una fidelidad historiográfica que requiere una crónica o algo por estilo. 

A.L.: Hay memoria, mucha memoria, ya que en ese tiempo nuestras neuronas tenían una sinapsis rápida que Usain Bolt, hoy ya no; realidad, también, pero que fue amalgamada con la ficción o con la imaginación que partió de la propia vida que van adquiriendo los personajes, los cuales se apropian de una frase o de una anécdota acaecida en la vida real a otra persona de carne y hueso. Documentación también hubo, siempre es necesaria en cualquier relato de época, pero no fue exhaustiva, ya que todos los personajes y situaciones crean un mundo ficcional enmarcado en ciertas coordenadas históricas que sobre todo está demarcado por el compás musical de la novela.