Opinión Bolivia

  • Diario Digital | miércoles, 17 de agosto de 2022
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Desastres naturales y radioactividad

El cuerpo como campo de batalla es el hilo conductor de ‘Ustedes brillan en lo oscuro’, los nuevos cuentos de la boliviana Liliana Colanzi que estará presente durante la FIL de La Paz. La más reciente obra de la escritora está disponible en el stand de la editorial Nuevo Milenio
Portada de ‘Ustedes brillan en lo oscuro’  y la autora Liliana Colanzi.       CORTESÍA
Portada de ‘Ustedes brillan en lo oscuro’ y la autora Liliana Colanzi. CORTESÍA
Desastres naturales y radioactividad

¿Cómo encarar la literatura de ciencia ficción en un mundo que está inmerso en catástrofes cotidianas totalmente inverosímiles de forma constante? En un panorama de realidad difuminada y horadada, donde las reglas que sostienen un tipo de percepción son trastocadas con insistencia, ¿de qué forma interviene, entonces, lo literario como discurso?

Ustedes brillan en lo oscuro, de la escritora boliviana Liliana Colanzi (1981), ganadora del último Premio Ribera del Duero, enfrenta directamente estos cuestionamientos con una serie de cuentos que bordean la relación entre el territorio (digamos: Latinoamérica), la devastación (digamos: desastres naturales) y el entorno (digamos: ecología, religión, radioactividad). En esta ecuación surge otra pregunta: ¿qué lugar ocupa el cuerpo?

En el paisaje que despliegan estos textos, lo humano pasa por esa zona: el cuerpo es un lugar donde se libran batallas en las que el tiempo deja huellas, heridas y señalamientos tanto de la destrucción –del afuera– como de la autodestrucción. De este modo, Ustedes brillan en lo oscuro cocina un guiso muy espeso con ingredientes que surfean la oportunidad, lo atemporal y lo urgente.

Si el primer libro de Colanzi, Nuestro mundo muerto, la mostraba como una voz impecable que abordaba el fantástico desde un lenguaje que aspiraba a la precisión, este nuevo libro sigue en esa línea y, a su modo, la profundiza: la prosa como escalpelo, la mirada que busca el retrato y la exposición por encima de cualquier tipo de juicio, la nula presencia de reflexividad. Botón de muestra: “Cayó de bruces y se golpeó la panza hinchada. No había visto la piedra. La carne del conejo se desparramó en la nieve, salpicándola de manchitas carmesí. La joven se arrastró hasta la cueva. Algo se había reventado en su interior y se le escapaba entre las piernas. Aulló de dolor: los murciélagos pasaron en tropel por encima de su cabeza”, narra en “La cueva”.

“Atomito”, quizás el mejor cuento, empieza así: “Un día la Fuerza Especial de Lucha contra el Crimen interviene el Barrio Chino de la ciudad de Abajo en busca de objetos robados en una serie de atracos recientes a una casa de lujo.” Con esta forma de narrar, el efecto de lectura es seductor porque sitúa a la realidad en un lugar de redescubrimiento, de reinvención.

Es así que la literatura se vuelve un ojo de buey a través del cual ingresar a un tipo de materialidad (fantástica o no, no importa demasiado) muy específica, muy determinada. Es decir: es como si Colanzi trabajara con los restos de una civilización de la que solo quedaran noticias muy precarias, un poco irresponsables, y a partir de esto se intenta reconstruir la memoria de un tipo de mundo.

El paso del tiempo es importante en estos cuentos porque es con ese material con el que se construyen los recuerdos de estos personajes. Por ejemplo, el último relato, que le da título al libro, rescata una serie de voces para contar lo sucedido en el mayor accidente de contaminación radiactiva, fuera de Chernóbil, y que tuvo lugar en Goiânia (Brasil) en 1987. “La mujer tenía una curiosidad, una pregunta que se le salía de la garganta. ¿Ustedes brillan en lo oscuro?”, dice un personaje y establece una duda capital para ingresar a lo literario: ¿esto es creíble o increíble?

Es muy atractivo saber que, en tándem con este libro, acaba de aparecer Miles de ojos, de Maximiliano Barrientos, otra novela de ciencia ficción distópica. Tiene sentido pensar que la nueva literatura fantástica boliviana está renovando las cosmovisiones e imaginarios sobre el presente que contemplan la vida que dejó la pandemia. Digamos con Borges: la literatura fantástica es una de las ramas de la realidad.