Los delincuentes, coma, sin coartada
Más de una vez he elucubrado sobre cómo sería robar un banco, lo que haría, qué máscara me pondría, con qué arma entraría, dónde me iría, con quién, qué compraría, pero, sobre todo, cómo sería no tener que trabajar nunca más. Nos ha pasado a varios, coma, estoy segura. Porque, como en la trepidante película del argentino Rodrigo Moreno, coma, Los delincuentes (Argentina, 2023), coma, ¿quién no preferiría tres años y medio en la cárcel que veinticinco años en una oficina? Bajo esta premisa se mueve este policial o, coma, mejor dicho, coma, neopolicial.
En Los delincuentes, Morán (Daniel Elías), funcionario de un banco en Buenos Aires, decide robarlo solo, pero necesita un cómplice para guardar el dinero mientras él está en la cárcel durante tres años y medio, según su cálculo. Así convence a su compañero de trabajo Román (Esteban Bigliardi), para que le cuide el dinero que, técnicamente, es un “adelanto” por sus años de trabajo, un monto equivalente a su sueldo por los veinticinco años que le faltan para jubilarse. Fotografiado de una manera vintage, con un aire de los ochentas, vemos a Buenos Aires como una ciudad que, en su nostalgia y ternura, es también víctima del capital reunido allí. De hecho, Morán lo que quiere hacer con el dinero es irse a un pueblo idílico en Córdoba, hacerse su casita rodeada de bosques y arroyos, tener hijos y casarse con Norma (Margarita Molfino), hermana de Morna (Cecilia Rainero). Para eso, para ser libre, necesita el dinero.
El neopolicial se distancia del género de la novela negra o del policial tradicional y, según Paco Ignacio Taibo II, se caracteriza por su obsesión con las ciudades como el espacio donde se generan los problemas del Estado y este mismo aparece “como generador del crimen, la corrupción, la arbitrariedad política”. Hay así, en este género firmemente enraizado en la literatura popular, la intención de romper con esquemas tradicionales del género y hacer una denuncia social.
En Los delincuentes, lo que se plantea es una crítica a la demoledora máquina del trabajo, esa cárcel que es el mundo laboral, absurda, a veces, como la relación entre los empleados de un banco en esa gran metrópolis llamada Buenos Aires. Pero no es solo eso, es también una denuncia del hartazgo que provoca el género mismo, que parece que se agota y se clona con cada serie y película de las redes, especialmente Netflix. Producciones plagadas de chicas descuartizadas en algún bosque o lago; criminales demasiado inteligentes con excesivo tiempo libre y sin razones de peso para cometer sus crímenes; policías y detectives que entran en los oscuros rincones del delito con o sin ninguna suerte.
Moreno apunta a ese agotamiento del género introduciendo en su película otras películas: en un pueblo de Córdova, un cineasta chileno, que dice que el cine ha muerto, filma una película sobre plantas en el lugar donde han ocultado el dinero, coma, Morán monta a caballo hacia el horizonte en un paisaje de la sierra de Córdova evocando a la ley, orden y justicia de un hombre típica de los westerns, coma, Román va al cine a ver grandes películas, coma, como El dinero (L'argent, 1983), de Robert Bresson, que aparecen más que a modo de homenaje a directores de culto como podrían ser J.L. Godard o Bresson, para apuntalar una propuesta más grande: que el acto criminal como denuncia del obsceno capitalismo, en el cine, requiere de un nuevo lenguaje; una manera diferente de representar las cosas. Para desestructurar la manera de leer nuestra relación con el dinero.
Esta película no disimula su relación con el lenguaje ni la intención de este. La más notoria es la de los anagramas en los nombres de los personajes como Román, Morán, Ramón, Norma, Morna, todos personajes que podrían ser el propio Morán. Hombres y mujeres simples que, de un modo u otro, no quieren “trabajar” para alguien. Está también el juego con la capacidad del lenguaje para representar, como significante: el mismo actor Germán De Silva interpreta, sin grandes cambios, tanto al gerente ambicioso del banco, Del Toro, como al capo de la cárcel, el preso brasilero al que llaman Garrincha y quien le pide a Morán treinta mil dólares para que “lo proteja”. Está el escritor Fabian Casas, que lee libros a y con los presos y que hace de él mismo. Está la jefa de contadora, “que a partir de ahora fungirá de detective en el caso del robo”, Laura Ortega (Laura Paredes). Están los libros y el único objeto de valor para Morán: un vinilo de Pappo’s Blues – Volumen 1, de 1971, y su canción sobre la libertad. Están las poesías que se leen, las letras de canciones que suenan, Román aclarando con una coma que no es cómplice de Morán: “¿Usted estaba al tanto de los planes del señor Morán?”, pregunta la “detective”. “No. No, coma, no estaba al tanto”.
Esta película de tres horas, que arranca en la terrible y a la vez amorosa Buenos Aires y que termina en la sierra cordobesa, nos lleva tanto por los paisajes, por el drama que desencadena el delito, pero también por las figuras literarias, musicales, poéticas, naturales. Ese énfasis es un llamado a fundar un nuevo lenguaje del policial que nos permita repensar nuestro lugar en la institución que es el trabajo.
En un taller sobre el género policial en la literatura, abordado por la escritora boliviana Giovanna Rivero, quedó al descubierto que este tipo de relatos donde hay un delito responden a una desconfianza en las instituciones. El detective, el criminal, el Estado, la víctima, la policía son todos parte de un mismo sistema que sirve y alimenta al monstruo del capitalismo. Así, Rodrigo Moreno, con su película, pregunta: ¿cómo habla el dinero?, ¿qué representa?, ¿cuál es su valor?, ¿es un vinilo más valioso que un departamento?, ¿por qué?