Al corazón hay que llamarlo dos veces (o tres)

La obra teatral 'Lluqu, lluqu' se presenta en el Festival Peter Travesí./ RICARDO BAJO
La obra teatral 'Lluqu, lluqu' se presenta en el Festival Peter Travesí, este domingo 5 de octubre (19.00), en el teatro Achá de Cochabamba. 

“Hermana, ¿habías llegado? Compadre, servite. ¿Han visto a los primos? Casado has aparecido. Vamos a festejar”. Así arranca “Lluqu, lluqu: dos latidos para vivir”, el monólogo de Ariel Baptista Aranda (Tabla Roja Teatro) tras su regreso/estancia de dos años en la Accademia Dimitri (especializada en teatro físico) de Verscio (Suiza).

El corazón (“lluqu”) no late solo, hay que llamarlo dos veces. El viaje está por comenzar: el de Ariel y su personaje; el de los espectadores de El Gallinero con él. Más que un viaje, va a ser una ceremonia, un ritual, una celebración, una sanación. Eso que llaman ahora experiencia teatral. Con las formas, en revolución.

Ariel nos cuenta que en la comunidad todo se festeja y celebra (con las estrellas, con las montañas, con lagos y lagunas, con los animalitos). Vamos a celebrar y festejar, como si fuera la última vez, dice. El teatro es justamente eso: cada función es única, diferente e irrepetible; en cada función se crea una atmósfera exclusiva.

Ariel baila (tinku), bebe, canta, aprovecha las máscaras. Habla con la madre, escucha a los ancestros. “Papá, voy a luchar, soy un luchador”. Usa el cuerpo, imagina coreografías, domina el escenario, interactúa con la platea; nos hace reir, nos hace pensar, nos hace -casi- llorar. Y al final, mientras él cura/sana sus dolores, nos regala la manera de hacerlo nosotros también. El teatro es la mejor terapia (y más barato que el psicólogo/psicóloga)

El viaje atraviesa ciclos agrícolas y festividades desde Alasitas al Carnaval de Oruro; para terminar con “Illapa”, el rayo. Antes caminaremos con nuestros sueños. Ariel nos cuenta primero el suyo: una maletita con pasaporte y seguro para viajar a las Europas y estudiar teatro. Luego interroga a la platea: brotan sueños de fertilidad, de abundancia, de sueldos jugosos inflados como globos, de casita rosada donde entran hasta tres esposos.

Ariel es un trabajador de sueños, un conseguidor. “Nunca dejen de tener sueños”. Y no se olviden de abonarlos en la tierra como si fueran semillas. El de su madre es una casa con tienda a las orillas del Lago. “¿Acaso mi madre no puede tener sueños?”. Todos podemos soñar.

Ariel no solo sueña, también vuela. Con alas de cóndor. Sube a lo más alto de la montaña y abre sus alas. Contempla la inmensidad. “Kuntur Mamani” es la casa del cóndor, el espíritu masculino del lugar, fortaleza y protección ancestral/sagrada a partes iguales. Cuando Ariel despliega sus alas, nos cobija a todas.

Pero cuando llega la noche oscura y calma, se siente perdido. Ariel está lejos y sufre la soledad. Nadie le pregunta como está su corazón. Entonces mira a las estrellas, pregunta a los ancestros. El escenario se pinta de firmamento. El viajero salta por las seis estrellas: “jampatu”, “nayra warita”, “chakana”, “jucumari”, “jatunmayu”, “katari”. Las penas que no quieren dejar ya son menos penas.

Aprende a abrazarse/quererse a sí mismo, con la fuerza de la familia que alumbra el cielo de su querer. Recuerda como el padre ahuyentaba los dolores aventando aguayos. Entonces dos espectadoras/cómplices asaltan los cielos para sacudir(se) las penas de todos.

El turno final es para “Illapa” que siempre llama tres veces. Primero destroza y fragmenta cuerpos; después une todo; las nuevas fuerzas paren otro cuerpo, otra vida. Llega la hora del sacrificio. Ariel ya no está solo, la comunidad acompaña. ¿Somos los espectadores esa comunidad por esta noche?

Ariel se desnuda (física y metafóricamente hablando). Illapa ha sepultado la maldad y la envidia. Ariel es ahora el sacrificio. Regresado de la oscuridad con un nuevo cuerpo y otra vida, Ariel toca la quena.

“Lluqu, lluqu” es la obra del año. Es teatro rico de grupo con poderosa identidad boliviana. Sin adaptación de textos foráneos; sin obras que se ensayan tres semanas. Sin guiones pobres, sin (sobre)actuaciones que recitan (no sienten). Sin imposturas. sin reirse del otro, del diferente, como salida fácil. Pocas veces se puede gozar en nuestros escenarios de un trabajo actoral/corporal de largo aliento (la obra es la tesis de dos años de laburo y eso se nota).

Ariel Baptista Aranda (proveniente del mundo del “clown”) sabe como desdoblarse y usar su cuerpo como instrumento/vehículo de ideas, pasión, cuentos, gestos, danzas y movimiento. Y humor para soltar el lastre de lo solemne con la improvisación y la habilidad actoral como tablas de salvación.

En Suiza dicen que Ariel exagera, que es un exagerado para todo. El que esto escribe también. Aunque no lo sea esta vez cuando me atreva a decir que Baptista Aranda es -a día de hoy- el mejor actor que haya podido soñar el teatro boliviano.

Ariel -ese muchacho alteño que anhelaba ser payaso- trae un aire sorprendente, nos regala un oxígeno nuevo; curiosamente desde lo ancestral, renovando formas anticuadas y obsoletas.

Acostumbrados a ver una escena mera copia del “off” porteño o replicar por enésima las estéticas/formas que nos dejara César Brie, Ariel construye/hace un teatro de acuerdo al lugar donde vive y siente. El nuestro. Y eso ya es mucho. Por cierto, al corazón hay que llamarlo no dos veces, sino tres. Con sueños, luchas y rayos. Jallalla, tres veces.Post-data: la obra se ha estrenado en La Paz (en El Gallinero de Tembladerani) este último fin de semana de septiembre con una gira previa por cinco países de Europa (Italia, Alemania, Bélgica, Francia, Suiza y España). Y al año volverá hacerlo, también en La Paz y en gira nacional. Este domingo 5 de octubre estará en el Teatro Achá de Cochabamba dentro del Premio Nacional “Peter Travesí”. Soñaremos por ver -más pronto que tarde- una nueva temporada de este corazón que (nos) convoca.