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  • Diario Digital | lunes, 27 de junio de 2022
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Cómo llegar al ‘Eden #1631’

Sobre la obra que contiene el cuento ganador del Premio Municipal de Cuento “Adela Zamudio” (2016), escrito por Patricia Requiz, disponible a través de la editorial Electrodependiente.
Portada de la obra de la escritora Patricia Requiz. CORTESÍA
Portada de la obra de la escritora Patricia Requiz. CORTESÍA
Cómo llegar al ‘Eden #1631’

La primera vez que fui a misa, solo sabía rezar el Padre Nuestro porque es lo primero que se aprende en la casa y se practica en el kínder. Mi bisabuela me llevó –a pedido mío– y me dormí la hora entera que dura la ceremonia. No me acuerdo nada más que despertar de rato en rato y encontrar a mi bisabuela todavía a mi lado, que me decía: “Seguí durmiendo. Te despierto cuando termine”.  

Desde entonces, cuando pienso en la palabra hogar, no puedo evitar recordar lo que, como en mi recuerdo, nos permite abandonarnos al sueño; la seguridad y el calor propios de un remanso. 

Es justo este primer lugar sagrado, que se tiene cuando no se puede poseer nada más, la familia, lo que Patricia Requiz Castro desmorona en Eden #1631 (Electrodependiente, 2017). Obra que contiene dos cuentos: “Sofía”, que encierra el suspenso del juego entre dos hermanas, Sofía y Vanesa, que solo ocurre tras la puerta cerrada –con llave– del cuarto de Juan; y “Edén #1631”, ganador del Premio Municipal de Cuento “Adela Zamudio” (2016), que narra la historia de “[…] una familia sin integrantes, de una familia sin fines de semana, sin noches, sin agua, sin padre ni madre”, a través de los ojos de una niña de trece años que lleva registro de todo el proceso en su diario.

La autora juega descarnadamente con el retrato de familia, al punto de desfigurarlo completamente para afirmar lo que, muchas veces, intentamos ignorar: hasta en las mejores familias se ocultan cadáveres en los armarios. 

Así, lo que debería haber sido un nuevo comienzo para la familia de “Edén #1631” –la mudanza y cambio de iglesia de una familia evangelista–, se transforman en un escenario desesperanzador que le pinta la infancia de negro al menor de los hijos y arrebata toda fe a su hermana mayor, quien intenta sobrevivir al campo de batalla en que se ha convertido su casa mientras se encarga de todo lo necesario para alivianar el efecto corrosivo de su familia en su hermanito, Carlitos.

El deterioro del hogar es provocado por un secreto inconfesable, por un quiebre entre las figuras principales que llevan a la madre a resguardarse en la iglesia y al padre a desgastarse en la escritura, mientras Carlitos llora todas las tardes en el cuarto de su hermana –que va a aplazarse en matemáticas– y los sueña con el rostro morado y los ojos negros. Se trata de una herida oculta entre los etcéteras que componen una historia llena de insatisfacciones, de necesidades que no se lograron cubrir, y que se remiten a la imagen de “[…] un vestido de novia tiñéndose de amarillo tiempo” y de los sueños truncados de una madre cuya compañía es, a los ojos de su hija, “[…] como beberse un café frío por la mañana”. 

Requiz es hábil plantando bombas; dejando que las ausencias y vacíos hablen por sí solos en el apuro de una narrativa que contiene la ira de una niña que, odia el mundo y a Dios y, cuyas palabras adquieren los colores y textura de la sangre, todos sus tonos y sabores, que serán derramados para empaparnos a todos nosotros, sus lectores. Con la esperanza de que, quizá, la herida deje de doler y los gemidos –“[…] en diferentes tiempos y tonos como un hit sonando en la radio”– de sus padres haciendo el amor, sean verdaderos, y quiebren la cuarta pared antes de que el hambre y las ganas de estar bien, de sentirse bien, de vivir bien, se desvanezcan. 

“Edén #1631” es la reducción de una vida al temblor ante una voz, al silencio de una casa vacía que, inicialmente, espera el regreso de un papá y una mamá para llenar la alacena con comida de nuevo; un milagro. Pero que, finalmente, es desilusionada por todas las promesas incumplidas que nos recuerdan que el Paraíso no existe, que el Edén es inalcanzable, y siempre es más fácil creer mentiras que disfrutamos crear. Porque los cadáveres en el armario son imposibles de rastrear, nunca encontraremos la herida por la que nos desangramos, y el remanso es, en realidad, una construcción propia a partir de la selección de restos fundamentales y dispensables, que nos permitirán descifrar cómo enfrentar lo irremediable, cómo sobrevivir al fin. 

Estudiante de filosofía y miembro del grupo de crítica literaria de la carrera de filosofía y letras UCB - [email protected]