Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 27 de septiembre de 2022
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Caballeros, amantes y un placer epicúreo

¿Qué podría llevar a un caballero a recoger de la arena de las fieras el guante de una dama, para luego rechazarla? ¿Se acaba el amor, realmente, en la consumación del deseo? ¿Es la muerte apasionada la única huida del desengaño?
El beso de Gustav Klimt. CORTESÍA DE LA AUTORA
El beso de Gustav Klimt. CORTESÍA DE LA AUTORA
Caballeros, amantes y un placer epicúreo

Un deseo de muerte que intensifica la vida y una prolongación eterna del “éxtasis del encuentro” (Badiou) conducían a los caballeros medievales a desvivirse para servir a una dama, sin ser correspondidos. Explica Karl Wienhold que, en la Alemania de la Edad Media, el “servicio caballeresco se cumplía siempre en beneficio de mujeres casadas, pues ellas detentaban el más elevado rango de la alta sociedad. El propósito era simplemente desarrollar un juego entretenido de las pasiones intelectuales y amorosas”.

En Francia, como cuenta Claude Charles Fauriel, la dinámica caballeresca discurría a través de grados: Feignaire, Pregaire y Entendeire. En el primero, el caballero mantenía sus sentimientos en secreto; cuando éstos crecían lo suficiente, los confesaba. Así podía pasar al segundo grado y convertirse en “peticionante”. Luego, tras un largo periodo de prueba (que podía durar más de cinco años), el “peticionante” era “escuchado” (pasaba al tercer grado) y, si la dama lo aceptaba, se convertía por fin en serviteur. 

Los caballeros no esperaban ninguna recompensa, excepto la de la “exaltación del espíritu”: el acceso a esa pasión que va más allá del sufrimiento y la felicidad, la posibilidad de quedarse en un estadio estético  (en términos de Kierkegaard). De todas maneras, como la estrategia de Johannes en Diario de un seductor, aunque de una manera más discreta, el servicio caballeresco permitía sortear el “desengaño de la consumación” (Schopenhauer). 

La finalidad del donnoi (relación de vasallaje entre el caballero-amante y su domina) no es la consumación del deseo, sino, por el contrario, su obstaculización total: la muerte. Como afirma Denis de Rougemont en El amor y Occidente: “No sabe de donnoi verdaderamente nada quien desea la entera posesión de su dama. Deja de ser amor lo que se convierte en realidad”; es así como el sufrimiento daba a luz a la euforia de la pasión. 

La motivación de los caballeros residía en un “amaban amare”: su amor no se dirigía tanto al objeto amado como al mismo hecho de amar. Este amar era perseguir el éxtasis que los llevaría a la ‘verdadera vida’. Para Rougemont, esa ‘verdadera vida’ “no es más que uno de los nombres de la Muerte, el único nombre por el que nos atrevemos a llamarla, al tiempo que fingimos rechazarla”. El triunfo de la pasión sobre el deseo significaría el triunfo de la muerte sobre la vida. 

“El guante”, una balada de Friedrich Schiller, relata una historia que Pierre de Bourdeille habría registrado como real: desde altos balcones, las doncellas y damas observaban salir a las panteras, tigres y leones en las arenas del teatro. La más bella, Cunigunda, arrojó adrede su guante en medio de las fieras para pedirle a su gallardo caballero que lo recoja como muestra de la grandeza de su amor. Entonces: “Silencioso el caballero,/ con altivo y audaz porte,/ desciende a la ardiente arena, teatro de mil horrores;/ avanza con firme paso/ hacia los monstruos feroces,/ y con temeraria mano/ el blanco guante recoge”. Al final de la balada, el caballero rechaza a Cunigunda. La razón de tal rechazo podría no residir tanto en una lección moralizante como en la propia aceptación por parte de la dama. El deseo es consumado y, por tanto, en el esquema caballeresco, desaparece. La muerte, una muerte como la de Romeo y Julieta, parece ser la única posibilidad de que el deseo no desaparezca. 

En Crítica del pensamiento amoroso, Mari Luz Esteban denuncia que “la conformación occidental hegemónica del amor es un obstáculo radical para el reconocimiento real del otro, para reconocerle un sitio en el mundo. […] [D]istorsiona la bidireccionalidad de la reciprocidad e impide el reparto del trabajo y la riqueza (quien ama no puede pedir nada a cambio)”. La crítica feminista no es la única que expresa su molestia ante la reducción del amor a un deseo unilateral que se destruye si es consumado. Alain Badiou, en Elogio del amor, asegura que el amor no se agota en el “éxtasis del encuentro”, sino que se extiende hacia un “procedimiento de verdad”. 

La literatura de amor en Occidente, según Rougemont, está marcada por el adulterio y la crisis del matrimonio. Sobre esta base y a partir de las observaciones de Badiou, es posible inferir que la literatura occidental no relata lo que está después del ‘vivieron felices’ y se regocija más en un ‘murieron apasionados’. La vida después de la consumación del deseo adquiere un carácter fantasmagórico. Los tormentosos fantasmas de Catherine y Heathcliff aún vagan por Cumbres Borrascosas. 

Un salto de tiempo, desde la caballerosidad medieval hasta la época de Tinder, revela una insistente huida del desengaño. El ‘individuo líquido’, descrito por Zygmunt Bauman, lleno de temor a las frustraciones, se niega a establecer una relación duradera y comprometida con otro; prefiere, en cambio, una conexión frágil, y segura para sí mismo. Badiou acierta al decir que el amor está amenazado por dos enemigos: “la fiabilidad del contrato asegurador y el disfrute de las satisfacciones limitadas”; y que es una tarea filosófica protegerlo.

Más allá de la representación occidental, aunque ésta también se incluye, el amor a menudo es concebido como una enfermedad. Según Bronislaw Malinovski, “el amor es una pasión tanto para el melanesio como para el europeo, que atormenta la mente y el cuerpo, en mayor o menor escala; conduce a muchos a un callejón sin salida, a escándalo o tragedia; más raramente, ilumina la vida y dilata el corazón que rebosa de gozo”. En este tipo de rarezas descansa una experiencia de sentido, más allá del deseo de muerte. En medio de la enfermedad de la pasión existe el descanso del amor. Epicuro llamaba ‘felicidad’ al placer que sentía cuando, por un breve instante, sus entrañas dejaban de doler. 

Los caballeros medievales, Schopenhauer o el Johannes de Kierkegaard pueden tratar de convencernos de que el amor se acaba en la consumación del deseo o en el matrimonio. Pero, aún años después de esta consumación, en los brazos del ser que se ama, en medio de esa “rareza” del amor feliz, muchas cosas sencillamente dejan de doler. “Como un dolor de muelas aliviado”, canta Joaquín Sabina, con la letra del Subcomandante Marcos. El “corazón que rebosa de gozo” es la razón suficiente para que el propio desengaño sea desplazado a un ínfimo lugar de la memoria. Se abandona la ilusión sin abandonar el placer. Sin embargo, y penosamente, el amor continúa siendo una rareza en el contexto violento de la “modernidad líquida” acompañado de una nueva “pasión caballeresca”.

Licenciada en Filosofía y Letras - [email protected]