Opinión Bolivia

  • Diario Digital | lunes, 24 de enero de 2022
  • Actualizado 18:14

Bosquejos sobre literatura

“La obra artística entregada por su autor al mundo es una invitación al público para entregarse al dialogo”.
Bosquejos sobre literatura. Aporte del autor.
Bosquejos sobre literatura. APORTE DEL AUTOR
Bosquejos sobre literatura

IV

La literatura, y el arte en general, tienen una capacidad enorme al momento de comunicar, quizá, mejor dicho: al tiempo de comulgar, con el lector, el oyente; con el público. Se sabe que ninguna otra cosa se iguala a la experiencia literaria. Existe pues un encantamiento del ser literario; es placentero el estar frente y en unidad a la figura literaria. Y pese al beneficio de la palabra, la literatura restringe sus mensajes solo para el lector. Me explico: hay algo que el arte comunica a su público, y que éste no puede comunicarlo. Eso que el lector “sabe” después de enfrentar la obra le es incomunicable. Muy similar a los momentos vivenciales que implican demasiada intensidad. Eh ahí que soltamos las frases: “tendrías que haber estado ahí”; “tendrías que haberlo leído”. Estar en ese espacio-tiempo determinado para captar tal experiencia se aplica también al fenómeno literario. Son momentos en los que no existe regreso al yo. Similar a la conciencia-mundo. Hay que ser con la obra, con la literatura. Es consciencia-obra. No existe más en el proceso de la lectura el lector y el libro, sino el lector-libro; como un sujeto que contiene a otro y al objeto en su interioridad. Se puede decir que pasa algo similar con la escritura.

Pienso que estas nuevas situaciones ontológicas propias de la literatura, y del arte en general, son las que permiten, si es que no es alcanzar, aproximarse a la cosa en sí (noúmeno). El lector tiene todo por hacer con la obra, a la par que la tiene ya hecha. El contenido literario va a existir siempre en la medida y nivel de las capacidades de la comunión con el lector. Él es quien condensa objetividades impersonales desde su subjetividad. Ya exhibirlas y reflexionarlas es una labor para el crítico. En ese sentido, la obra se muestra siempre inagotable –las buenas obras, quizá–. El lector puede ir siempre más lejos en su lectura y de ella, gracias al libro que propone justamente eso por el lector. Hay una entrega y espera de libertades. El lector hace también el rol de creador por lo imaginario. Esto, para Sartre, va a ser muy comparable con la “intuición racional” a la que Kant hacía referencia, reservándola para la Razón Divina. La palabra es el camino para la trascendencia. Para ese ir más allá del mero fenómeno. De aquí podría salir perfectamente una equiparación o una analogía cristiana con la idea del “verbo”. Lo más seguro, entonces, es que estas cualidades y capacidades tan interesantes de la literatura, hagan de la experiencia literaria algo incomunicable. Quizá pase que la comunicación siempre implica un retorno al yo, o por lo menos a la conciencia-mundo; ahí se perdería la condición ontológica de “lector-libro”, es cuando se derrumba todo. El límite es humano. Por eso leer es entregarse, dejar el yo.

V

Hay mucha razón cuando se dice que la neutralidad es imposible, siempre y cuando exista la consciencia suficiente sobre el objeto afrontado con tal actitud. Aunque podríamos pensar también en el posicionamiento que los otros nos dan indiferentemente al estado de consciencia del ser juzgado. Con esto último, hay una imposibilidad absoluta de situarse con neutralidad en una sociedad. El humano es inevitablemente un ser social, eyectado a un mundo que está construido, primordialmente, por el hombre. En ese sentido: callar es también hablar. El silencio no se salva de la comunicación, y probablemente sea más efectivo a la hora de decir algo en ciertas ocasiones. Es más, el silencio se define a partir de las palabras, del contexto que han generado. Es interesante saber que esto también pasa con la música, en la que inclusive recibe un cuerpo formal en la escritura. Estamos obligados a tomar posición, por más de que queramos aferrarnos a la neutralidad. Si no lo hacemos, otros lo hacen por nosotros; corremos el riesgo de ser situados antes de situarnos. Esto se hace muy evidente en los aspectos políticos.

Para el escritor, fuera de que sea literato o no, la situación se agrava porque es, en esencia, un ser de la palabra, es alguien cuyo oficio es comunicar; se posiciona constantemente. De aquí parte una idea de compromiso con la escritura, y después, de la literatura comprometida. Los elementos gnoseológicos que un libro nos presenta, se ven arraigados a una responsabilidad ética del cómo se da a conocer un tema. El escritor propone un mundo en su narrativa, el de un hombre o de varios. Es en realidad al hombre que revela a otros hombres (los lectores). Entiéndase que todo personaje en una narrativa juega este rol, incluso aquel que no es necesariamente humano, pero que, sin embargo, está humanizado. Se me viene a la mente el caso de Muñoz en Los Deshabitados de Marcelo Quiroga Santa Cruz. Es por el personaje que se presenta su universo. Es la vuelta al sujeto trascendental de Kant, pero en la literatura. Es explorar a uno mismo, ese “uno” como parte de una especie humana. Es al otro que se nos presenta para apropiarlo, digerirlo, o incluso aceptarlo. En ese sentido, es obvio que hay una alta carga de responsabilidad de la que el escritor, a veces, no se da cuenta. No es una exageración cuando las cuestiones sobre qué escribir y cómo se tornan comprometidas. Suele pasar que ambos conflictos, al final, se vuelven uno. Eh ahí que uno se plantea el porqué de la mismísima literatura y la escritura en general.

VI

La obra artística entregada por su autor al mundo es una invitación al público para entregarse al dialogo. Un libro o una sinfonía, por ejemplo, ejercen un trabajo de negación en el lector o el oyente; hacen la labor de Poseidón: agitan las tierras. Leer es despertar la incertidumbre de lo que pasa en las cien, doscientas, trecientas paginas posteriores; es encender la intriga, la sospecha, y con ellas nacen también las hipótesis y esperanzas. Esto, sin duda alguna, conduce al error o al acierto sobre la trama. Lo mismo pasa con la música. Es más, metabólicamente, el cerebro hace estas previsiones prácticamente de forma automática, buscando la compensación hormonal que supone la exitosa conjetura convertida en teorema. El caso del error, por otra parte, se presta a una función de padecimiento necesario. Y tal como la certeza tiene su satisfacción correspondiente, el yerro tiene lo suyo. El oyente tiembla ante la falla de su previsión cerebral, y eso le abre más caminos de búsqueda en su acción (recordando que no se escapa a su situación ontológica oyente-obra). El padecer es necesario en el sentido que es éste el que abre nuevas rutas del dialogo con la obra. En ese proceso está el descubrimiento del placer o goce estético de la obra. Y si no es así: ¿cómo muchos de nosotros hemos llegado a apreciar y degustar la música contemporánea? Errar, en ese sentido, no solo es necesario, sino que ahí también se encuentra lo bello. Una vez, hablando sobre los errores y dificultades que supone el interpretar un instrumento, un profesor me dijo: “la cosa está en disfrutar el error”. Solo el conjunto de ambas situaciones hace de la experiencia artística algo fructífero, independiente de las categorías morales, me refiero al sentido extra moral de Nietzsche.

VII

Es verdad que existen ocasiones en las que la escritura es, sobre todo, un acto de necesidad. El texto, en ese sentido, se convierte en una secreción más del ser humano. Pero eso no significa que el escritor escriba para sí mismo. Si lo pensamos bien, el autor no llega jamás al objeto literario que él ha logrado; está fuera de su alcance. No es esencial lo creado, sino el proceso creativo, el acto de la creación; eh ahí que reside toda la esencialidad. El escritor no puede pasar por los procesos mencionados anteriormente (previsión: acierto y error), ya que él sabe del contenido de su obra. Su labor esencial es proyectar, y es eso lo que le reclama más de él. Incluso si pensara en el objeto resultante de su labor, no puede sobreponerse al proceso si no es pensando en qué y cómo lo podría escribir. Soñar con el texto terminado es una consecuencia de que la consciencia del escritor está centrada en el proceso creativo; la obra jamás se impone ante este último, siempre está sujeta a posibles cambios que solamente demuestran lo que decimos: para el escritor, el acto creador es más esencial que el objeto creado. Y ese acto es efectivamente una necesidad para sí, pero no lo es así el libro. No existe obra literaria si no entran en juego sus dos agentes principales y necesariamente distintos: lector y escritor. Un texto que es producido y leído por el mismo sujeto no es una obra literaria.

Músico y estudiante de la carrera de Filosofía y Letras y de la carrera de Física

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