Opinión Bolivia Ramona

  • Diario Digital | miércoles, 03 de junio de 2026
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Borges en Bolivia, un diálogo literario

La boliviana María Cristina Achá logró conversar con el escritor argentino a la edad de 77 años, en su casa de Buenos Aires, y la entrevista se publicó en Presencia Literaria (1977)
La boliviana María Cristina Achá logró conversar con el escritor argentino a la edad de 77 años, en su casa de Buenos Aires.
La boliviana María Cristina Achá logró conversar con el escritor argentino a la edad de 77 años, en su casa de Buenos Aires.
Borges en Bolivia, un diálogo literario

Desde que Jorge Luis Borges (1899-1986) queda ciego en 1955, a la edad de 56 años, funda un género literario: la entrevista. Una de éstas está inscrita en el suplemento Presencia Literaria, del desaparecido periódico del mismo nombre, en 1976. Y es la boliviana María Cristina Achá (¿?) quien logra conversar con el escritor argentino a la edad de 77 años, en su casa de Buenos Aires. En este comentario deseo leer esta rara entrevista, rara por la calidad de preguntas y respuestas sobre asuntos literarios que se suministran en la charla, cuyo éxito es en sí mismo (gracias a la memoria de Borges), un diálogo literario. Pero, sobre todo, me ocuparé de considerar la impresión temporal que se manifiesta en la plática, de donde deriva que uno constituye su tiempo en base a lo que suministra su memoria. Y vincularé esta percepción con la lectura de “El tiempo y la memoria”, de Borges. Enigma y clave (1955), de Marcial Tamayo (1921-1977) y de Adolfo Ruiz Díaz (1920-1988).

Antes de entrar en el asunto mayor, me parece que debo decir que la entrevista de Achá se publica en “Presencia literaria” como “Oír a Jaimes Freyre en labios de Borges” y culmina con la expresión “Buenos Aires, Octubre/76” (sic). El texto transcrito ocupa la primera plana en tres cuartos de página. Está dividido en tres momentos o tiempos: Un primer tiempo de reconocimiento y preparación del ambiente espacial; un segundo tiempo donde Borges se deja guiar por la autonomía de su memoria y el tiempo final donde el entrevistado, con un carácter reflexivo, habla del recuerdo de un recuerdo. 

Es inevitable no comentar que, en este texto, uno lee a Borges afrontando sus cuestiones existenciales, sus temas literarios y su comprensión de la literatura boliviana y, todo esto es inagotable. Y es inagotable como el término tiempo. En suma, en este encuentro de la boliviana con el autor de El Aleph (1949) y con el tiempo, existen presentes dos formas de ellas. Uno es el tiempo físico, “noción que evoca esferas de reloj y periodicidad de astros” y el otro, sin duda, es el tiempo psíquico “con obligatoria incursión en la metáfora” (Tamayo y Ruiz Díaz). 

Por tal razón, en el primer plano temporal físico, hay una descripción del ambiente o espacio oscuro, casi ófrico y “carente de calor hogareño”. Este vislumbrar es previo al diálogo, donde ambos sujetos son presencias que se miran mutuamente con extrañeza. Ella mira y siente: “Un fuerte olor a incienso [que] lo cubre todo en el piso que Borges tiene en la calle Maipú, al centro de Buenos Aires. Cuelgan en las paredes unos cuadros que alguna vez llenaron los ojos (…) y que ahora ya no puede ver más; advierto en él una casi infantil impaciencia por empezar esta entrevista”. Él “como queriendo imaginar como soy”. Los ojos de Achá no pueden despegarse de los suyos muertos y pretendiendo traspasar su vista se siente segura en ese momento.  

El segundo plano es del diálogo en sí. La duración de acción de este tiempo físico es inacabable, parece que no existe límite para dejar de hablar. Borges habla desde el laberinto de la metáfora. Es una continuidad indescomponible de su memoria “Mi padre me dio el consejo de que leyera mucho, de que escribiera mucho, de que tirara casi todo lo que escribiera y, sobre todo, que no me apresurara a publicar”. Los dos sujetos entran a otra realidad temporal. Allá, Borges hombre habla del Borges escritor “todo lo que escribo para publicar lo corrijo mucho. Sin embargo, no me apresuro porque creo que a un escritor no le conviene publicar mucho”. Pero, la entrevistadora le cuestiona que él publicó mucho, a lo que surge el humor borgeano “Bueno, soy de los más”. A otra pregunta de ¿En su concepto cuál es la característica de su obra?, Borges responde: “La imaginación. Tengo más imaginación que oficio literario”. Luego, Achá le consulta si su ceguera no le impide ver mejor que otros y Borges confiesa: “veo de un modo secreto”.

La última parte es un tiempo en suspenso. Aquí la entrevistadora le interroga si “¿Conoce literatura boliviana?”, Borges (según el orden de su memoria) declara que “Muy poco. Conozco a Jaimes Freyre… ‘Peregrina paloma imaginaria/ que enardeces a los últimos alores/…’”. Más, Jaimes Freyre es la literatura boliviana. En todo esto, la memoria se corporiza porque da la impresión de que Borges oye a su propia memoria, en tanto, es cuerpo que habla. Achá termina el tiempo del encuentro con ¿Le gustaría visitar mi país? Borges reconoce que “No pierdo las esperanzas de conocer su tierra. He pensado mucho en ella, pero no sé si las circunstancias me permiten”. Esta réplica podemos interpretarla como que Borges en algún momento gozará de un tiempo para un nuevo encuentro con la literatura boliviana. 

En último lugar, queda en evidencia que en la visita de Achá a Borges hay dos realidades temporales. Dos formas de comentar e interpretar sus contestaciones desde la memoria sobre literatura y literatura boliviana, en igual cantidad de estados de conciencia: Borges hombre-Borges escritor. Además, este comentario ha permitido enumerar tres tipos de tiempos dentro de la conversación, tiempos donde el habla de la memoria se sublima en una entidad corporal y con contextura de lucidez. También, hay una impresión temporal del acierto selectivo de su memoria sobre ciertas temáticas literarias. Borges vive en su memoria. Tras terminar de leer la entrevista de la boliviana a Borges, me da la impresión de haberlo conocido.