‘Belascoarán’: el detective tropical de los años 70 llega a la era del streaming
A diferencia de las novelas, ese espacio de la imaginación individual, las series de televisión/streaming se escriben a muchas manos. El guion es solo la primera parada de un largo recorrido, pero es la que marca la línea de salida. Más o menos así queremos abordar este ensayo a cuatro manos sobre Belascoarán, una serie que adapta las novelas del detective creado por Paco Ignacio Taibo II (PIT II), ambientadas en las décadas de 1970 y 1980 en Ciudad de México, y que se estrenará este 12 de octubre en Netflix. Es decir, una especie de Sherlock Holmes pero más alburero y desfachatado.
Si, como dicen, toda traducción es una traición, la adaptación de un libro de otra época a una serie de 2022 es, hagan de cuenta, el beso de Judas elevado a la décima potencia. Aunque no hayamos sido del todo fieles a las páginas, creemos que sí fuimos fieles a la esencia de detective de izquierda latinoamericano que lucha, en tensión agridulce, contra las fuerzas del mal.
¿Y cuál es esa esencia que conservamos en la adaptación? Empecemos por el personaje central de esta saga. Héctor Belascoarán Shayne es un detective independiente y ay de quien se atreva a decir que es privado. Privadas las empresas, como la General Mechanics, de la que renunció confrontado por el sinsentido de la vida moderna de finales de la década de 1970. Aunque su nombre no suene como el del clásico vecino de al lado, no hay que dejarse engañar: este detective es profundamente chilango (como se les llama a quienes son de Ciudad de México). Tendrá uno que otro gen (o todos) de luchas de izquierda del otro lado del mar, pero su forma de comer tortas en cualquier puesto de la esquina y su afortunado uso de la palabra huevos lo inscribe en el linaje de esta raza cósmica de quienes habitan el Distrito Federal (ahora Ciudad de México).
Belascoarán (interpretado por Luis Gerardo Méndez en la serie) es un personaje amado por muchxs. Nos contamos en esa lista. Leímos los libros en nuestros veintes y nos marcó esa versión tropicalizada del noir, que se alejaba tanto de la manera norteamericana de pintar a investigadores inquebrantables, sobrios y serios. La magia de Taibo en Belascoarán recae también en su capacidad de retratar personajes entrañables y cercanos: desde el divertido y absurdo encuentro con Gómez Letras (Silverio Palacios), el plomero Watson con el que ningún detective privado que se precie compartiría oficina, o Irene (Paulina Gaitán), la chica de la cola de caballo, intrépida corredora de autos, que como diría Shakira, no es de “él ni de nadie”, o el Gallo (Lázaro Gabino Rodríguez), ese otro experto en caca que proclamaba que un día las cañerías de la ciudad estarán tan excedidas que las y los chilangos nos veremos enterrados en un tsunami de… bueno, se entiende el punto.
Con todo lo emocionante que son las aventuras de Sherlock Holmes resolviendo misterios en el Londres de finales del siglo XIX, no hay como leer o ver una historia de detectives donde el protagonista pisa lugares que hemos conocido: el Café La Habana, la Alameda Central, los moteles de paso de Calzada Zaragoza*. Un detective que viaja en transporte público y se enfrenta a problemas a los que ningún Hercule Poirot se ha enfrentado antes, como que entre los apretujones de autobús del Ruta Cien se le entierre el cañón de su revólver en los huevos porque no ha juntado para comprar una funda sobaquera.
Si Belascoarán nos atrapó tanto fue además porque sus enemigos son eso que tememos las y los latinoamericanos de a pie. Mientras Mike Hammer combate complots comunistas más difíciles de creer que un informe de gobierno, Belascoarán se enfrenta a policías corruptos (¿hay de otros?), a patrones explotadores (¿hay de otros?), a grupos de choque creados por el gobierno para reprimir estudiantes y al tedio de un matrimonio infeliz empantanado en el limbo de la clase media más aspiracional. La mayoría de las victorias de Belascoarán son agridulces. El detective sabe muy bien que en el gran esquema de las cosas, las fuerzas del mal son imbatibles. Es consciente de que su batalla es fútil. Pero como decía A. J. Muste: “Uno no lucha para cambiar el mundo, uno lucha para que el mundo no lo cambie a uno”.
A pesar de las mieles de nuestro detective, también es cierto que hay mucho entre sus páginas que no puede calcarse tal cual a escena, ya sea por el formato a video o por la época en que se adapta. El primero de ellos, quizás el más obvio, es que son novelas escritas a finales de la década de 1970 o principios de la de 1980, y, como tales, contienen muestras del machismo y homofobia más evidentes en esa época. Como buenas obras de entonces escritas por un autor hombre, un primer encuentro con ellas no deja de brindar varios dolores de cabeza a quien ya lee con perspectiva de género. En ese sentido, hubo que elegir las batallas que era posible llevar a cabo para mesurar la impronta del machismo y la homofobia dentro de las historias y que nuestro detective navegara en aguas más afines a las nuestras.
Otro reflejo del cambio de los tiempos es que el Belascoarán de la serie tiene que considerar un factor al que nunca tuvo que enfrentarse su versión literaria: el déficit de atención al que nos han inducido los 280 caracteres de Twitter, los 30 segundos de video de TikTok y los algoritmos que rigen las plataformas de streaming. En las novelas, PIT II se puede dar el lujo de dedicarle un capítulo entero a la historia de un personaje secundario o a crear otros que entran y salen de la trama muy de vez en cuando y con funciones similares, como es el caso de lxs dos hermanxs de Héctor en la novela, que en pantalla terminaron siendo solo Elisa (Irene Azuela). Las series exigen ir directo al punto: te desvías tantito de la trama principal y el algoritmo ya te está respirando en la nuca recordándote que el público tiene otras cosas qué hacer. Y no conviene pelearse con los algoritmos, ya que se sabe que eventualmente se apoderarán del mundo y nos convertirán en sus esclavos.
Es imposible no sacudir al fandom que por años ha atesorado a un detective que se volvió una especie de símbolo nacional en ese México. Es, así, difícil no romper con la manera en que imaginamos que debe lucir una o un protagonista, con las tramas que memorizamos al pie de la letra, o con los personajes que se vuelven de nuestra propiedad, una propiedad que habita en nuestras cabezas y que ya ha puesto ahí sus muebles, cual invitado abusivo, pero grato. Más aún porque, como decíamos, Belascoarán es un personaje que a lo largo de la saga de novelas pasa de ser un triste burócrata a un luchador de las causas de la izquierda. Una especie de activista de acción directa que muchas veces se antoja que exista en la vida real, pero que al menos nos arropa desde las páginas de sus libros, películas y series, en sus tantas vidas e invocaciones. Con todo y beso de judas, deseamos que esta invitación a revisitar o a conocer al detective más chilango de todos sea una experiencia chingona.
*Sólo uno de lxs escritorxs ha pisado un motel de paso de Zaragoza, pero para abonar al misterio, no diremos quién.