Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 04 de diciembre de 2021
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El ansiado epigrama del universo

Una mirada de las implicaciones contrastivas sobre los conceptos de espacio y tiempo, desde una óptica filosófica y física.
El mapa más completo del Universo a partir del rastreo del firmamento con rayos X.   eROSITA
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El ansiado epigrama del universo

El hombre, ese ser arrojado al mundo que constantemente goza y padece su existencia en aquel plano que llamamos realidad, ha tratado de entender a lo largo de la historia, la naturaleza de los elementos que primordialmente parecen componer la misma, a saber, tiempo y espacio, dos ingredientes esenciales que han sido considerados de diversas maneras y desde diferentes ópticas en relación a los fenómenos, tanto por la filosofía como por la ciencia. En este ensayo nos acercaremos por sobre todo a las implicaciones que han tenido lugar sobre estos conceptos los tratamientos de Immanuel Kant en la estética trascendental y Albert Einstein en la teoría de la relatividad, asimismo podremos denotar posteriormente el contraste que hay entre ellos.

Estética trascendental

En Crítica de la Razón Pura, Kant define a la estética trascendental como la ciencia de todos los principios a priori de la sensibilidad y que constituye la primera parte de la doctrina trascendental de los elementos, ésta se contrapone y complementa a su vez, con su segunda parte, la lógica trascendental; esta ciencia debe ser necesaria, ya que la sensibilidad es efectivamente, una facultad humana, todos poseemos esa capacidad de recibir representaciones de aquellos objetos por los que somos afectados y por la cual nos es suministrado el medio en el cual el pensamiento escarba y busca su objeto, ese medio es la intuición.

Estas intuiciones que constituyen nuestro diario vivir, son referidas en la totalidad de su multiplicidad, ya sea directa o indirectamente, por todo pensar del entendimiento, aquel objeto indeterminado de una intuición empírica se denomina fenómeno y la materia de este último nos es suministrada solamente a posteriori, pero la forma de ella debe estar a priori en la mente, y por esto último se posibilita su consideración independiente a toda sensación, este tipo de recepción que extrae la forma pura de la sensibilidad es la intuición pura. Un ejemplo concreto de estos elementos son la extensión y la figura, que ocurren en la mente de manera a priori, incluso sin un objeto real de la sensación.

Todo objeto que puede ser representado a través del sentido externo esta fuera de nosotros, por tanto, también requiere de algún medio en el que la mente pueda efectuar dicha representación, y éste es justamente el espacio. El sentido interno es la propiedad por la cual es posible la propia intuición de la mente misma o del estado de su alma y todas estas determinaciones son representadas inevitablemente en relaciones de tiempo.

Ahora bien, ¿serán el espacio y el tiempo entes efectivamente pertenecientes a la realidad?, ¿será que son una determinaciones o relaciones de las cosas en sí mismas o que por el contrario pertenece propiamente a una constitución subjetiva? Para brindar las respuestas a estas cuestiones, Kant va abordar tanto el estudio del espacio y del tiempo, mediante dos tipos de exposiciones: exposición metafísica y exposición trascendental.

La exposición metafísica es aquella que va a explicar la representación de un concepto como dado a priori, mientras que la exposición trascendental es la que va a explicar al concepto como principio que nos permitirá entender la posibilidad de otros conocimientos sintéticos a priori; para esto se requiere de conocimientos que efectivamente procedan del concepto dado y que además sean posibles únicamente aceptando presuposiciones de maneras específicas de explicar el concepto.

El espacio no es percibido en sí mismo por la sensibilidad, es decir que no es un concepto empírico, no puede estar fuera del sujeto pensante sino en él mismo. Para que existan sensaciones referidas a objetos que no están espacialmente en una misma posición a la del sujeto y para ejercer las representaciones de ellos como externas, contiguas, diferentes y no coincidentes, debe pues existir un fundamento para todo aquello. Éste tiene que estar a priori en la mente, eh ahí que el espacio no pueda ser fuera de nosotros ni posible por la sensibilidad, sino que está en nosotros para posibilitar la experiencia misma. En ese sentido, el espacio es una representación a priori necesaria para las intuiciones externas, es el fundamento de éstas, y sin él no serían en absoluto posibles. Asimismo, el espacio ya no es un concepto universal, es una intuición pura, porque es único para el sujeto cognoscente; es representado como una cantidad infinitamente dada y la totalidad de sus partes son simultaneas.

La geometría nos ha demostrado que es posible determinar sintéticamente y a priori las propiedades del espacio, permite extraer proposiciones apodícticas que van más allá del mero concepto y, por tanto, la representación del mismo no puede ser otra cosa que una intuición pura no empírica.

La simultaneidad y la sucesión son fenómenos temporales, por tanto, requieren necesariamente el fundamento del tiempo mismo. Son análogos a la traslación, rotación y deformación de los objetos que tampoco son posibles sin el fundamento de espacio. El tiempo es unidimensional y de un solo sentido, en él es posible la realidad efectiva de los fenómenos y por él, las intuiciones son posibles. Que diferentes tiempos sean sucesivos y jamás simultáneos es una proposición sintética y apodíctica, y que además no nace de meros conceptos, por ende, está contenida en la representación e intuición del tiempo mismo, haciendo de él una intuición pura y propia del sujeto cognoscente. Además, la representación originaria del tiempo debe ser infinitamente dada, ya que nuestras representaciones no son más que determinaciones mediante limitaciones, es decir, que los tiempos que nos representamos son intervalos o partes de uno único e ilimitado.

La mudanza plantea un conflicto ontológico que solo puede ser solucionado por la intervención del tiempo. Para el movimiento: un objeto pasa de “ser” en un lugar espacial A, a “ser” en otro punto B; a la vez que pasa de “no ser” en B, a “no ser” en A ¿cuál es el factor que hace posible tal hazaña ontológica?, a saber, la representación del tiempo, que  brinda un cierto orden sucesivo a la traslación espacial, determinado en sus intervalos por un individuo, por tanto, el tiempo corresponde a una intuición interna que servirá de fundamento posible de las intuiciones externas, como son las espaciales, y que va a efectivizar su realidad para con el individuo, siendo esta última, una efectiva realidad subjetiva de la manera en la que el sujeto se representa a sí mismo como objeto.

Lo que tanto el espacio como el tiempo (formas puras de la intuición y propias del sujeto cognoscente), condicionan es la posibilidad de poder, por medio de la sensibilidad, intuir las funciones y fundamentos de los objetos (phaenomena), y no al objeto en sí (noumena). Ambos se efectivizan en el plano real para el sujeto, pero no para los objetos en sí mismos. Son condicionantes de los fenómenos que, según el caso, trabajan en conjunto. Son fundamentos que se encuentran en la mente del sujeto cognoscente a modo de formas puras de la sensibilidad.

Teoría de la relatividad

Sin duda, el panorama se vislumbraba con claridad para la, llamada ahora, física clásica. En aquellos entonces, Isaac Newton había sentado las bases fundamentales del desarrollo posterior de la física. El curso de la ciencia se tornó brillante, casi divino; cada pieza entraba en comunión con la otra. Lo que antes era un enigma, ahora era una obviedad. La física clásica llegó a ser el lugar en el que se entendía al universo, logró ser un espacio en el que la naturaleza del cosmos se hacía aprehensible. Sin embargo, cuanto más avanzó ésta, a la par, se desarrollaba la tecnología humana, la ingeniería. Si antes nos era posible observar la luna, ahora se nos develaba el sistema solar entero. Eh ahí cuando las cosas cambiaron, pues las susodichas leyes parecían no funcionar a gran escala. Fue el caso de la órbita de Mercurio, su movimiento entorno a nuestra colosal estrella no correspondía con las descripciones que nos brindaban las Leyes de Kepler, derivadas a su vez, de las famosas Leyes de Newton. El problema revelaba fallos teóricos de fondo, cosa preocupante, a la vez que retador. Esta desesperante piedra en el zapato tuvo que esperar a su mesías: Albert Einstein y a su célebre Teoría de la Relatividad. Pienso necesario este preámbulo, para poder tener una mejor comprensión de lo siguiente.

La Teoría de la Relatividad de Einstein se puede dividir a su vez en dos partes: Relatividad Especial y Relatividad General, desarrolladas en distintos momentos, a saber, la Especial antes de la General. ¿Cuál es la diferencia esencial entre estas dos? La primera, es aplicable solamente a sistemas físicos de observadores inerciales, es decir, de aquellos que se muevan a velocidad constante o que se encuentran en estado de reposo. La segunda, es aplicable a sistemas físicos de observadores no inerciales, es decir, de aquellos que se muevan a velocidad variable y, por tanto, supongan una necesaria aceleración. No olvidemos que, por los saberes de la cinemática, el movimiento uniforme o inercial es un caso particular del movimiento variable o acelerado, siendo que, en el primero, la aceleración es nula, equivale a cero. Es entonces que ambas partes se complementan entre sí y forman una Teoría de la Relatividad abarcadora de ambas.

La Relatividad Especial, tiene como punto de partida los resultados experimentales sobre la luz y las cuestiones intrigantes e intrínsecas que suponían. Se sabía bien que la velocidad de la luz no era la máxima posible y que nada podía superarla, ya que la energía requerida para tal fin es realmente descomunal. Esto generaba una aparente aporía con la relatividad galileana (que era sobre la que se construía la totalidad de la física clásica), ya que existían casos específicos de sistemas en los que la suma vectorial clásica arrojaba un resultado mayor a la velocidad de la luz, por ejemplo: La velocidad del rayo de un láser como una incógnita en un sistema que ya estaba en movimiento, pudiendo ser un avión o un tranvía. Si la relatividad galileana permitía un resultado tal, y los resultados experimentales lo contradecían, ¿cuál era entonces el error, ¿cuál era la falla o la falta?, ¿dónde se encontraba? Como el conflicto era legítimo, algo necesariamente debía de cambiar en el sistema físico. No podía ser otra cosa que el tiempo y el espacio mismo los que debían de sufrir un cambio. La velocidad de la luz no puede aumentar más, debe ser la misma para cualquier observador y, por lo tanto, cuando tiende a esto, el espacio se contrae para inhibirlo, para acortar distancias. Es el espacio el que se modifica. A este fenómeno se lo denomina como: “Contracción de Lorentz”. Pero no solo el espacio puede contraerse, sino también el tiempo, como nos ha demostrado el experimento de Hafele y Keating y como nos describe con mucha precisión las “Transformadas de Lorentz”. Es pues entonces cuando se concibe la idea del espacio-tiempo como una nueva entidad física, muy distinto a los mismos independientes de la mecánica de Newton. De estas conclusiones se sigue la famosa equivalencia de la materia y la energía, expresada de la forma: E=√[(mc²)²+(pc)²],  muy conocida particularmente como: E=mc². Asimismo, se sigue la otra parte de la teoría.

La Relatividad General busca pues incluir a la gravedad. Para ello, habría que relacionar con la gravedad: la celeridad y, por lo tanto, la aceleración. La denominada “Idea más feliz de mi vida” de Einstein, nos ejemplifica de manera extraordinaria lo que paso a llamarse “Principio de Equivalencia”, ese sería el nexo que, más tarde, uniría a la Relatividad Especial y a la Relatividad General. Éste nos dice que la fuerza inercial (la que sentimos cuando parte el bus o cuando sube el ascensor), producida por la traslación acelerada es la misma que puede crear la gravedad. En ese sentido, la gravedad dejaría de ser una fuerza, sino que la produce. Entonces: ¿Qué es la gravedad? Pues el efecto de la curvatura del espacio-tiempo mismo, vendría a ser un fenómeno que condiciona a toda la materia del universo. Por algo los planetas tienden a formas esféricas. Incluso la luz que pasa por estas curvaturas se ven configuradas en su trayecto. Estas conclusiones se veían fuertemente argumentadas por Einstein que, pesquisando respuestas, soluciones o explicaciones a las “fuerzas de marea” y a la “Paradoja de Ehrenfest”, habría podido vislumbrar la nueva naturaleza de la gravedad. Todo esto, suponía que el espacio-tiempo ya no debía regirse por las leyes de la geometría euclidiana, sino que, por sus efectos de dilatación, tendría que verse legislado por la geometría hiperbólica. Las dimensiones de nuestra realidad se transformaban en cuatro y se gobernaban por esta última geometría, tal y como se había dado cuenta Hermann Minkowski (profesor de Albert Einstein). En palabras del físico estadounidense John Archibald Wheeler: “La materia le dice al espacio cómo curvarse, el espacio le dice a la materia cómo moverse”. De ese modo tan brillante, Einstein revoluciona la ciencia física, ya que había tocado y aportado a algo fundamental en el universo: la gravedad. Él se yuxtaponía a Isaac Newton, sin opacarlo ni soslayarlo. Se convertía y se consagraba en los altares, no solo de los físicos, sino también de toda la genialidad humana.

Cabe pues mencionar que lo que menos busca la Teoría de la Relatividad es relativizar. Se ha nominado de esa forma, puesto que ésta acepta que dos observadores no pueden observar lo mismo en ciertas condiciones (a saber, con velocidades cercanas a la de la luz), los resultados que arrojan son relativos. La Teoría busca subsanar justamente eso, ya sea para sistemas inerciales o no inerciales. Al contrario de lo que se cree comúnmente, ésta sirve a modo de lente absoluto y objetivo de los mencionados extraños fenómenos del universo.

Significancia y aclaraciones

Bien, ahora que estos dos diferentes tratamientos del tiempo y el espacio han sido expuestos, podemos observar unas cuantas cosas muy interesantes. Cabe recalcar que en lo siguiente no hay una intención de desprestigio de los autores o sus procedimientos, sus diferentes modos de afrontar la problemática hacen más bien que ambos jueguen esencialmente y enriquecedoramente en la misma. Cuando la ciencia y la filosofía se encuentran íntimamente, resulta pues en un producto benéfico para ambas, o por lo menos eso incita para con sus estudiosos.

Kant nos dice que tanto el tiempo como el espacio son fundamentos de los fenómenos que pasan por el filtro, primero, de nuestra sensibilidad, para luego entrar a los procesos mentales correspondientes al entendimiento. Son formas puras de la intuición, y como todas ellas, deben encontrarse y residir necesariamente en el sujeto que tiene como potencia su uso práctico; nos referimos al individuo cognoscente: el ser humano. Estas formas precedentes y propias de la mente ejercen una suerte de recipiente en el cual los fenómenos posibles de la realidad son los que se vacían en él. Es decir, Kant no nos plantea en ningún momento algún tipo de argumentación para concluir que tiempo y espacio son “dimensiones” efectivamente reales y fuera de nosotros. Quizás esta grave limitación de la que, seguramente, el mismo filósofo alemán se dio cuenta, sea una consecuencia inevitable del tratamiento gnoseológico que él maneja. Si Kant hubiera llegado a demostrar, en su filosofía, lógicamente la existencia objetiva del tiempo y el espacio y, por tanto, independiente del sujeto, habría llegado a la cosa en sí, al noumena que él mismo plantea. Es así como se limita su teoría gnoseológica; solamente al fenómeno, cosa que no digo sea necesariamente negativa, sino que cabe tener muy en cuenta presente. Pero lo importante de esto es que: la totalidad de la construcción gnoseológica Kantiana es sumamente sólida, pese a las delimitaciones antes señaladas. Lo que nos indica que, evidentemente, puede haber algo de verdadero por ahí y que, más adelante, será señalado. Hay que recordar también que: en este caso, tiempo y espacio posibilitan a los fenómenos, son los “condicionantes” de los mismos.

Ahora bien, cuando en la Teoría de la Relatividad se nos menciona la posibilidad de que el espacio-tiempo mismo puede sufrir cambios por acción de los fenómenos, todo lo anterior se ve negado. Ahora: espacio-tiempo pasan a ser “condicionados” por la materia del mundo real, y no así “condicionantes”. Aunque también hay acción viceversa como bien nos señala Wheeler que es extremadamente diferente al condicionamiento Kantiano y no hay que confundir para nada. Lo que el primero se refiere es en un sentido material físico y no gnoseológico ni cognitivo, además que es algo experimentalmente demostrado, por ejemplo: la detección de ondas gravitacionales relativamente reciente, que ha valido el Premio Nobel de 2017 a Rainer Weiss, Barry Barish y Kip Thorne.

Entonces, es importante diferenciar la naturaleza de estas significancias conclusivas de cada tratamiento para con lo cual está hecho, para con lo que se ha pensado referirse. En principio, de forma precipitada y presurosa podríamos afirmar que Einstein le da una tremenda patada a la Estética Trascendental Kantiana. Pero no es tanto así, quizá para nada así. No olvidemos que Kant busca una teoría del conocimiento sólida, y no el conocimiento mismo de aquello potencial para el sujeto. En ese sentido define al tiempo y al espacio. Y, quizá, no esté para nada equivocado al asumir una posición trascendental para ello, ya que bien podría ser un procedimiento valido. Me explico: tener como apropiados, mental y humanamente hablando, al espacio y al tiempo no tiene por qué ser contradictorio a la naturaleza de los mismos que son fuera de nosotros; es algo totalmente válido si es propio del proceso gnoseológico necesario, si es parte del desarrollo cognitivo de nuestro enredado eléctrico llamado cerebro. Bien podemos necesitar de tales cuestiones para conocer, ¡para vivir! Lo que el físico alemán nos aporta es justamente esa invitación al re-pensamiento sobre aquello, para los filósofos, y ni que decir para los físicos. Es una cordial incitación que se da a más de cien años (tiempo aproximado entre la publicación de la Crítica de la Razón Pura y los desarrollos de la Teoría de la Relatividad). Entonces pues, sigamos pensando por la vida. Nada se sanseacabó.

Músico y estudiante de la carrera de Filosofía y Letras y de la carrera de Física - [email protected]