Opinión Bolivia

  • Diario Digital | miércoles, 25 de mayo de 2022
  • Actualizado 09:30

Alto Madidi: un campo de confinamiento político bajo la dictadura de Banzer (II)

Sobre la obra que recoge testimonios de presos políticos que estuvieron en Alto Madidi. Un relato de esa conflictiva época fue rememorado por Jesús Taborga, quien llegó a publicar el texto que se da a conocer en esta segunda y última parte.
Portada de la obra  de Jesús Taborga. CORTESÍA
Portada de la obra de Jesús Taborga. CORTESÍA
Alto Madidi: un campo de confinamiento político bajo la dictadura de Banzer (II)

El destino se llama Alto Madidi 

Siguiendo las impresiones de Taborga, se puede advertir que la primera reacción que tuvieron los presos al momento de pisar tierra fue ver un vasto territorio verde, indolente, húmedo y agresivo. La temperatura bordeaba los 40 grados centígrados: “El inmenso calor con humedad hizo que nos despojáramos de todas nuestras ropas de alturas, quedándonos casi desnudos. Anoticiados de nuestra llegada se concentraron para recibirnos bandadas de mosquitos, marihuises y toda clase de sabandijas que daban cuenta de nuestra desnutrida existencia”. La hostil naturaleza hizo que surgieran las siguientes preguntas: “¿En qué lugar nos encontramos?”, “¿Qué crímenes cometimos para recibir este castigo?”, “¿Cuánto tiempo durara nuestra prisión?”. En poco tiempo, se enteraron que se encontraban en Alto Madidi, lugar ubicado en la provincia Iturralde, al norte del departamento de La Paz.

Ante los sombríos sucesos, Jesús Taborga manifiesta que llegaron a asimilar que se tenía que sobrevivir a la precaria situación: “En verdad que estábamos inaugurando un verdadero campo de concentración”. Al respecto, cabe recordar que el confinamiento de presos políticos a la región de Alto Madidi tuvo como antecedente previo bajo el gobierno de facto del general Juan José Torres (1970-1971). El funesto hecho fue registrado por el abogado, periodista y militante del Partido de Izquierda Revolucionaria (PIR), Germán Vargas Martínez en el libro Alto Madidi. Testimonio de un confinamiento (La Paz: Ediciones “Moxos”, 1973).

Madidi: una prisión verde  

La actitud de los vigilantes –armados con fusiles y ametralladoras– gravitó en recordar a los presos políticos que únicamente debían obedecer las órdenes. Una de las primeras labores que se les impuso fue la construcción de su propia prisión: “Se asignaron responsabilidades para cada grupo organizado: cortar la palma; acarrear al hombro las hojas de motacuses; alistar la madera; cavar los pozos; seleccionar bejucos y lianas durables; en fin, darle estructura y forma a la verde y única casona”. Además, de cuanto en cuanto resonaba una voz que les ordenaba: “-¿¡Formen filas, todos, aquí y ahora mismo! ¡Digan sus nombres, uno por uno! ...”. Con el pasar de los días, “la vida que llevábamos en aquel campamento –escribe Taborga– era infernal y monótona, febril, infame y desgraciada. Permanentemente custodiados (…), no podíamos formar grupos de a cinco sin que no intervinieran de inmediato nuestros guardianes”. Otro problema que alarmó a los presos fue ver caer a sus compañeros por inanición, paludismo, deshidratación, infecciones estomacales, fiebres con espasmo y vómitos. A esto se suma el constante peligro de la naturaleza que acechaba a sus alrededores.     

Con respecto a la alimentación, Taborga asevera que era escasa: “Algunas veces teníamos que suplir nuestra alimentación con algunas lagartijas, culebras, zepes, armadillos, monos y pescados que circunstancialmente cazábamos de los alrededores. A las culebras desde el cuello le arrancábamos la piel de un solo tirón. Quedaban desnudas y era la delicia de algunos de los presos, una vez aderezadas en pacumutus (asador de madera) sobre la brasa”.

La constelación verdusca del Madidi y la férrea vigilancia de los guardias fue un factor determinante para que los presos miraran a su prójimo “en actitud de desconfianza (uno no sabe lo que piensa el otro) y también de lástima al no poder ayudarnos, y ¡sobre todo! no poder hablarnos libremente. ¡Cuantas palabras ahorramos en la selva mientras acumulábamos un mundo de inauditas inventivas! Debo afirmar que en la profundidad del bosque los gestos remplazaron a las palabras”, manifiesta Taborga.           

Ideando la fuga 

Según advierte Taborga, el tiempo en la selva era imprecisa, “los días y las noches se suceden sin contabilidad ni sosiego. En ese verde laberinto, perdimos los nombres y las horas y los días, y el tiempo vivido era una sucesión de soles y de lunas de nunca acabar”. Pero al adentrarse a la espesura del bosque pudieron esquivar la mirada de sus guardias, este valioso espacio les sirvió para idear su fuga de Madidi. Un factor determinante para ello fue la amistad entablada entre Taborga con uno de los guardias: “En realidad, con el soldado sellamos un pacto de sangre, mentalmente, de ayuda mutua hasta alcanzar la liberación de ambos… y ante todo la del grupo. (Nos unía a ambos –soldado y profesor– una fuerte ideología, de dos trazos: nacionalista, para él; revolucionaria para mi)”. Pero esta situación dejó múltiples interrogantes a Jesús Taborga: “¡Podría tratarse también de una treta, urdida por sus propios jefes!”. 

Pero una vez ideado el escape, se procedió a continuar la organización interna del grupo: “Mientras la población dormía, se deslizaban furtivamente hacia el monte nuestros compañeros (…). El centro de operaciones se instaló propiamente en un punto determinado de la selva. Allí convergían y chocaban opiniones de diversa índole, sobre cómo y cuándo escapar, que medios a utilizarse, el secuestro del avión, la posible refriega con los militares, y quiénes deberían incorporarse hasta alcanzar los senderos de la libertad”.         

Luego de varios días de cavilación, el grupo decidió como primera medida apoderarse del armamento. “Eran las seis y media de la mañana del 30 de octubre y los habitantes civiles del campamento, adormecidos por la brisa mañanera, ignoraban los planes de fuga. Se levantaron sobresaltados por las fuertes voces que salían de la otra parte ocupada por los militares”. El acontecimiento de ese momento fue reconstruido por Taborga: “-¡Manos arriba, carajo!¡Que nadie se mueva! ¡Dejen sus armas sobre el suelo! –fue la voz decidida y valiente del cabo Mita que esa mañana dirigía junto a sus compañeros que le secundaban”. Inicialmente los soldados que estaban a los alrededores –con sus armas reglamentarias sobre el hombro–, “pensaron que se trataba de una broma, de mal gusto”. Pero la situación del evento fue tomando dimensiones favorables, atemorizada la tropa dejo caer las armas al suelo: “Contabilizamos treinta ametralladoras M-2, seis mil cartuchos, muchas granadas de mano, señales de luces, varios revólveres y muchos puñales que fueron incautados y supervisados por nosotros”, dice Taborga.                           

Cumplida la primera etapa, con las armas en su poder y el campo bajo control, procedieron a esperar la llegada del avión. El 3 de noviembre llegó a Alto Madidi el avión TAM-23, “dos emisarios nuestros, vestidos de indumentaria militar, llevaban la consigna de rendir al nuevo contingente que llegaba (…). Felizmente no hubo confrontación. ¡Esta vez el avión transportaba sólo víveres, vituallas y encomiendas!”. Una vez controlado a la tripulación área, se determinó ejecutar la fuga, “un tanto incierta pero también cargada de temores y dificultades”. 

Luego de discutir con el capitán cuestiones técnicas, resolvieron tomar la ruta hacia el Perú, “la más cercana, marcaba en el plano un aeropuerto en la localidad de Puno”. Fue entonces, que dieciséis insurgentes (seis militares y diez civiles), con ametralladoras en mano y algo de alimento emprendieron vuelo a la añorada libertad. Luego de varios incidentes lograron aterrizar en territorio peruano, fueron trasladados hasta un centro médico donde fueron atendidos. Después de todo –dice Taborga– los periodistas nos seguían a todos lados con el interés de contactarnos personalmente. Tras permanecer unos días en Puno fueron trasladados vía terrestre a la población de Arica, donde fueron recibidos con solidaridad y generosidad. Llegando a recibir el siguiente comunicado: “-¡El presidente Allende ha respondido favorablemente a sus pedidos. Les envía su saludo revolucionario y les concede asilo político”. Pero luego de unos meses tuvieron que salir de Chile por la llegada al poder de Augusto Pinochet, sin muchas alternativas, tuvieron que salir apresuradamente rumbo a Europa. Al final del relato, Taborga declara que volvió a Bolivia, el primero de junio de 1978, luego de permanecer exiliado por siete largos años.

A medio siglo de la dictadura de Banzer resulta, sin duda, preocupante que muchos testimonios se fueron perdiendo bajo la sombra del olvido. Es necesario analizar con ojos críticos varios episodios de nuestra historia contemporánea. Porque si ahora se sigue repitiendo la historia oficial de manera acrítica, siempre subsistirá el riesgo de que en un futuro más o menos cercano las actuales generaciones perciban al período de Banzer como los siete años de “orden, paz y progreso”. Olvidando que toda dictadura tiende a restringir libertades y derechos. Y creo que toda limitación al Estado de Derecho, debería de ser una preocupación constante.