Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 17 de octubre de 2021
  • Actualizado 02:38

‘4000’: Transitar esa distancia

Reseña sobre el poemario del autor sucrense Alex Aillón, editado por Editorial S.
El poeta Alex Aillón junto a su obra ‘4000’. EDITORIAL S
El poeta Alex Aillón junto a su obra ‘4000’. EDITORIAL S
‘4000’: Transitar esa distancia

Yo encontré a la patria botada en mitad de las calles mientras la lluvia cercenaba sus carnes

(Eliodoro Aillón Teran)

4000, el libro de poesía de Alex Aillón, no es solo una dimensión o un espacio que mida los metros sobre el nivel del mar. Es un artefacto poético, donde se entrecruza la tradición y herencia de la poesía beat (Allen Ginsberg) y el legado de Eliodoro Aillón (su padre) con imágenes poderosas. Es sin pretenderlo, el sonido del aullido de una generación (x) que encuentra sus posibilidades de ser desde el desgaste, el caminar bajo la lluvia ácida de las palabras que responden con un contraullido en un “mundo controlado por el atari” y el poeta enlazado a la soledad en red queriendo existir en cada palabra átomo. 

Alex Aillón escribe desde la fragmentación poética alegórica que no se desvanece con la intensidad, ni busca la masturbación formal,  sino más bien, es un camino polifónico al nombrar la poesía desde la intersección de símbolos andinos y del american dream, el método no es la reconciliación de ambos referentes, sino más bien atravesar la encrucijada y no salir ileso “nuestra soledad es una soledad sin nombre que se acerca a cualquier esquina (…) no es la soledad que iluminan las luciérnagas, tampoco la tenebrosa soledad de los muertos, ni la de los hombres solos”.

Aillón se desvanece como un flâneur ácido entre el Potomac, Quito, La Paz y El Alto deambulando por un  mundo urbano que abre sus afilados dientes donde los amigos son la patria a la que pertenecemos, el amor intenso como fugaz es una ruleta rusa, mientras lo seguimos por el camino del pluriverso poético cantando  himnos que ya no nos pertenecen, sazonados por píldoras, dealers y bajo la banda sonora de prostitutas, ekekos, jeringas, amén de palabras quemarropa de Gingsberg, Dylan, Janis, Bunbury y Manuel Chazarreta Monroy  desde una Bolivia fermentada por siglos en su majestuosa soledad. Todo esto se experimenta si nos infiltramos debajo de la piel del “corredor bajo la lluvia”, uno de los poemas más poderosos del libro.

Un tema interesante son los poemas capitalistas, que logran un manifiesto poético de las palabras que “cobran sentido” ya que nuestras sospechas se confirman “los poetas capitalistas no son el motor de la literatura” entonces ¿cuál es el sentido de la poesía? Tal vez el saber que no nos pertenece, que no es propiedad privada de alguien. La carretera, la lluvia, el Potomac son símbolos nómadas, de travesía…del caminar por la orilla contemplando “el cadáver de un venado arrastrado por la corriente” al igual que vislumbramos nuestra juventud perdida, las cenizas de los amores precoces, la urgencia del dealer que se desvanece en el polvo. Todas esas imágenes llegan a fusionarse no desde solo un tributo a los dioses eléctricos de la carretera o de la poesía beat, o el reencuentro con “pido la palabra” como poema de la tradición boliviana, es quizás esa travesía, esa vuelta en U que se arriesga a realizar Alex Aillón al tocar la mano del padre muerto que le da la posibilidad en el rigor de seguir por la carretera poética sin mirar atrás.

EL CONTRA AULLIDO (Fragmento)

Estábamos en algún lugar del vacío subatómico durmiendo la mona tranquilos

cuando nos despertaron a un mundo controlado por el Atari.

A alguien se le ocurrió ver las mejores mentes de su generación

–yo he visto las peores–.

Algunas todavía andan por los pasillos de ministerios y palacios

chupando un par de vergas y dejando que se las chupen.

Nosotros

que fuimos los llamados a cambiar el mundo,

que derrotamos al Imperio,

que cantamos la cucaracha junto a Mao,

que bailamos con Fidel la danza de los mil y un velos,

que cagamos de risa junto al Guasón y al Chavo,

¿no merecemos al menos algo de respeto?

Nosotros

que nos fumamos la mejor hierba

mientras el universo se daba de cabeza contra el techo; que nos intoxicamos en los buses,

en los metros, en los trenes

camino a los desiertos, a las fronteras,

a la tierra prometida por Reagan;

que nos perdimos en el intento,

pero que volvimos al sendero de la salvación

en un asqueroso motel de Memphis,

gracias a la puta que generó el milagro

y las lágrimas de Jimmy Swaggart.

Nosotros

que entramos en las chicherías

para aprender los ritos sagrados,

y masacramos tutumas y cántaros gigantes

y nos quedamos colgando de nuestra propia baba,

como un péndulo inerte al amanecer,

con un letrero que bien podría condensar el infinito:

¡Hoy no se fía, mañana sí!

Que huimos hacia El Alto y nos adentramos en sus calles,

como quien se adentra en un laberinto cósmico y definitivo,

a un maldito hueco de soledades empedernidas.

Psicóloga y Poeta - [email protected]