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  • Diario Digital | jueves, 27 de enero de 2022
  • Actualizado 16:24

Ezequiel Doria Medina, un sobreviviente del coronavirus

Ezequiel Doria Medina
Ezequiel Doria Medina
Ezequiel Doria Medina, un sobreviviente del coronavirus

La presión en el pecho es tan fuerte que despierta de golpe. Se sienta en su cama. Le falta el aire y no puede respirar normalmente. Piensa que es una pesadilla, pero no es así. La sensación de ahogo solo precede a una tos persistente que lo acompaña casi toda la noche del 27 de marzo. Al despertar, está seguro que tiene los síntomas del nuevo coronavirus y, ahora se da cuenta,  que la sudoración excesiva que comenzó unos días antes, era una alerta de su cuerpo que le decía que algo no andaba bien.

Está solo -a 10 mil kilómetros de distancia de su país-, en Dublín, Irlanda, una tierra a la que llegó dos semanas antes para huir del virus que azotaba la ciudad donde estudia Economía y Negocios hace más de tres años. Ahora, le toca enfrentar la enfermedad.

El hombre no se puede escapar de su destino

Primera semana de marzo. Milán, Italia. Los casos de COVID-19 comienzan a aumentar y las universidades deciden cerrar sus puertas. Ante la preocupación y el pedido de sus padres para que salga de la ciudad, Ezequiel Doria Medina -un joven boliviano de 22 años- adelanta un viaje a Irlanda.

El 17 de marzo decide regresar a la ciudad italiana, pero el cierre de fronteras y la cuarentena total en varios países de Europa, le auguran una estadía más larga y sin fecha de retorno. Su familia le plantea un plan B. La posibilidad de tomar un vuelo aéreo con destino a La Paz, antes de que el país andino también quede aislado como una medida preventiva ante el avance de la pandemia. Propuesta rechazada bajo el siguiente argumento: “Que yo me enferme es una cosa, pero contagiar a mis papás es otra”.

Un objeto “ecológico”, el instrumento del contagio fortuito

Tercera semana de marzo. Irlanda registra 2.100 enfermos y 22 muertes  relacionados al nuevo coronavirus. También declara cuarentena. Las únicas salidas permitidas son para comprar de alimentos y por motivos de salud.

Durante los días de cuarentena, Ezequiel se traslada al supermercado en bicicletas públicas dispuestas en una de las 40 estaciones de la ciudad.

“No sé dónde me contagié. Lo más probable es que el virus haya estado en los manubrios o en el supermercado”.

Sea como fuere, ya estaba en su cuerpo y los síntomas comienzan con fuerza.

Cuatro días terribles llenos de soledad y aislamiento

Día 2. Domingo 28 de marzo. Aumenta la presión en el pecho. Las náuseas lo obligan a correr al inodoro varias veces. Cada respiración sale como silbido y con dolor. El miedo aflora en él y en su familia que no puede ir a ayudarlo porque el cielo aéreo está cerrado. Sus padres tratan de mostrar fortaleza y su hermana mayor, Sandra, se convierte en su principal apoyo. A dos cuadras del departamento está el hospital donde se realizan las pruebas de diagnóstico de COVID-19. Tras que lo revisan le dicen que no pueden tomarle la muestra sin la orden de un médico local. Y, en caso de que la tuviera, tiene que entrar a la lista de espera. Unos 65 mil están antes que Ezequiel. Lo mandan a casa.

Día 3. Amanece peor, ya no puede respirar bien. Tres médicos irlandeses le confirman –vía teléfono- que tiene coronavirus, por los síntomas, pero se rehúsan a darle el registro para la prueba, porque no tuvo contacto directo con algún enfermo. La noche se hace “eterna”. “El miedo a dormir puede más que el cansancio”, recuerda Ezequiel.

Día 4. Apenas puede levantarse. Está débil y no puede respirar bien. Desde Bolivia, un médico le receta un antibiótico para combatir bacterias intrusas que aprovechan la presencia del virus para atacar su sistema inmunológico. Llama a la primera doctora a la que consultó para que extienda la orden, que llega pocos después al domicilio desde la farmacia.

No importa cuán mal estés, si caminas puedes aguantar todavía

Día 5. El peor día. La tos viene acompañada de hilos de sangre. La disnea es cada vez más frecuente. Está débil, no pudo dormir ni un instante. Haciendo un esfuerzo, llama al cuarto médico, quien después de escucharlo -por fin- le manda la orden para el análisis y le dice: “tus síntomas son graves. Te darán prioridad”. Al bajar para ir al hospital encuentra una ambulancia. Pide al médico que revise sus pulmones y este le responde: “Si puedes caminar puedes aguantar, me estás haciendo perder el tiempo. Solo eres un sospechoso”. Después de tanta espera, le toman la prueba y le dicen que lo llamarán para darle la respuesta.

Día 6. Disminuye la presión en el pecho. Al parecer, su sistema inmunológico  comienza a ganar la batalla contra el virus. Está más animado y con mayor esperanza.

La respuesta que nunca llegó y la ayuda que nunca faltó

Han pasado dos semanas desde que Ezequiel Doria Medina siente que superó la enfermedad. La tos todavía lo acompaña. Los pulmones se recuperan poco a poco. Y, sigue esperando la respuesta de la prueba de diagnóstico. Planea realizarse un análisis de sangre para determinar la cantidad de anticuerpos que tiene contra el virus, un resultado que puede equivaler a un certificado como “Sobreviviente al coronavirus SARS-CoV-2”.