Anita y Lizbeth, de la injusticia y la violencia al liderazgo y el activismo
Anita tenía 10 años y le pagaban 35 bolivianos por 11 extenuantes horas de trabajo como ayudante en un puesto de tripitas. Las necesidades económicas en casa hablaban más fuerte que su deseo de jugar, es por ello que debía pelar papas en lugar de echar a andar la imaginación con muñecas. A este punto, no hay dudas. Ana Rosa Soria, aquella inocente Anita, conoció en carne propia la explotación infantil. Se topó con ella cada fin de semana. Le cedió un año entero de su niñez.
Hoy, con 18, Anita, la joven oriunda de Raqaypampa, estudiante de la carrera de Derecho en la Universidad Mayor de San Simón (UMSS), capacitadora de niños y niñas en lectoescritura, activista desde los 10 e integrante de la organización Juventud-Es desde hace casi dos, está convencida de que su experiencia de infancia no debe repetirse jamás.
“Quiero ser abogada porque cuando uno es abogado sí le escuchan, cuando es niño, no”, asevera sobre lo que la impulsó a seguir la carrera de Derecho.
Quizás por solidaridad, tal vez porque el recuerdo gris aún resuena en su mente, pero lo cierto es que ella no espera a concluir sus estudios para ser una “defensora” de niños y adolescentes, sino que lo hizo de forma temprana y con un activismo fiel a sus convicciones que se traduce en un contundente mensaje: “No permitir la explotación laboral infantil ni juvenil, y tampoco la violencia en ninguna de sus formas”.
SU HISTORIA
Cuando tenía 10 años, su jornada laboral comenzaba a las 07:00 y concluía a las 18:00. Como resultado de 11 horas de trabajo, percibía un salario diario de 35 bolivianos, de los cuales 5 eran destinados a sus pasajes.
“A mí sí me han explotado laboralmente, sé lo que es vivir eso en carne propia”, cuenta a OPINIÓN, tras enfatizar que, entonces, no comprendía por qué su compañera de trabajo, de 16 años, recibía un sueldo de 60 bolivianos por un trabajo en el que ella “hacia más”.
“La dueña me dijo que me pagaba así porque tenía poca edad: ‘Eres menor’, dijo. Entonces era como decir que pagan de acuerdo a la edad, no al trabajo. Respecto al trabajo, si bien yo tenía 10 años, yo hacía más. Yo pelaba más rápido la papa y hacía más que ella, pero el pago, al parecer, era de acuerdo a tu edad. La verdad, eso no me parecía, era injusto”, relata.
Para entonces, la familia de la joven atravesaba una dura situación económica, lo que la hizo aceptar esa realidad. “Si bien mi mamá decía que no estaba bien, no había de otra. Nadie más iba a dar un trabajo a una niña”, cuenta.
Tras esta cruda experiencia laboral, Anita conoció la realidad de más niños y niñas trabajadores, entre ellos, los del Cementerio General de Sacaba.
Ello ocurrió a sus 16 años, cuando fue parte del Comité Niño Niña Adolescente de Sacaba en el cargo de presidenta. Confiesa que ingresó con muchos sueños, pero lamenta que estos, relacionados a la lucha contra el acoso y la seguridad escolar entre algunos, no pudieron materializarse por varias razones, entre ellas, la falta de recursos económicos, por lo que “solo tocaba hacer marchas y prevención”.
Su paso por el Comité Niño Niña Adolescente de Sacaba le dejó una gran lección: “dejar de tenerle miedo al adultocentrismo”.
Tras esta experiencia, la joven activista llegó al Consejo Municipal de la Juventud de Sacaba y hoy es parte de Juventud-Es, a raíz de una invitación del Instituto de Formación Femenina Integral (IFFI), por su rol e impacto como lideresa.
ACTIVISMO
En su trayectoria de activista joven, Anita fue ampliamente capacitada en habilidades blandas, psicología, resolución de conflictos, mediación y servicio social.
Con esas herramientas, ella está segura de que su activismo, materializado en ser parte de campañas de prevención y concientización, talleres, marchas y vincular a jóvenes con fuentes laborales con salarios justos, tiene impacto y es crucial. Empero, confiesa que aún le falta mucho por hacer.
“Actualmente estoy convencida de que estoy haciendo lo que mi yo de 16 años hubiera querido hacer, y ver organizaciones que sí me apoyen como Juventud-Es es bueno”, asegura.
Asegura que falta, porque la explotación de niños, niñas y adolescentes no cesa, los jóvenes aún carecen de educación sexual y son víctimas de varias formas de violencia que Anita combate de cerca creando espacios de confianza y escucha en su entorno.
Pero la influencia de Anita no se limita a su entorno externo, sino que también se extiende a su familia. Su hermana de 12 y su hermano de 17, así como sus padres, a pesar de sus raíces rurales, hoy comprenden la importancia de la equidad de género y los obstáculos impuestos por el patriarcado y son testigos de su activismo.
De hecho, la primera incidencia del activismo de Anita se dio precisamente en sus padres, quienes ahora reciben a su comunidad para mediar en conflictos relacionados con la violencia.
Por ello, basándose en su propia experiencia, Anita anima a los jóvenes a “no tenerle miedo al cambio y estar en constante movimiento”.
AGENTE DE CAMBIO
Lizbeth Paxi Jiménez está harta de que los políticos busquen a los jóvenes apenas para forzar sonrisas fingidas para las fotos y luego archiven las promesas de campaña en el cajón de sus escritorios. Si algo tiene muy en claro con 26 años, es que se rehúsa a ser utilizada. Y manda el aviso sin rodeos.
En un mundo en el que la apatía gana terreno, ella quiere ser agente de cambio. La joven trabaja para que la juventud se empodere a través de la acción con el propósito de incidir en términos comunitarios y sociales.
Ella, como Anita, también forma parte del equipo de Juventud-Es. “Juventud-Es puede ser lo que necesite la juventud. Es acción, cambio, innovación, herramientas, capacitaciones, comunidad. Tiene diversos conceptos. La campaña Juventud-Es nace como un impulso para fortalecer los liderazgos jóvenes dentro del departamento de Cochabamba”, narra.
Detrás de los líderes y lideresas que componen el grupo hay historias y motivaciones que los impulsaron a alzar la voz en espacios plurales con criticidad, sentido de inclusión y empatía.
En el caso de Lizbeth, su incursión se dio hace cinco años con la infancia y la educación de calidad como primeros tópicos. El hecho de haber podido trabajar con niños le sembró la necesidad de influir positivamente en la política municipal. Se inclina hacia el activismo por los derechos con un enfoque de género desde la interseccionalidad y actualmente preside la Plataforma Municipal de Justicia Fiscal en Quillacollo, además de haber sido parte de normativas relacionadas con la prevención de embarazo adolescente.
Pero Lizbeth es más que una carta de presentación. Su entrega al activismo es completa y se enriquece aún más con el intercambio de experiencias con jóvenes de diversos municipios.
LOS JÓVENES Y LA VIOLENCIA
Quienes forman parte de Juventud-Es debaten sobre los jóvenes en contextos laborales y políticos, en los que son atravesados por la violencia. Elaboran podcasts y discuten con respecto a las relaciones de poder en los espacios laborales, se ponen en la piel de víctimas de violencia familiar mediante dramatizaciones y también les dan voz a aquellos que pertenecen a la comunidad LGBT.
Recientemente han abordado un programa de prevención de violencia sexual infanto-adolescente en Quillacollo que les permitió conocer cómo está el municipio en cuanto a esta problemática.
En los espacios plurales que comparten también analizan la relación juventud-empleo. Llegaron a la conclusión de que el hecho de que sean jóvenes no les garantiza que tengan acceso a un trabajo estable. Al contrario, sienten que muchas veces son sometidos a empleos no apropiados y deben permanecer ante la necesidad de subsistir.
La crítica va hacia los establecimientos de formación. “La universidad y los institutos técnicos nos sacan como jóvenes profesionales listos para un mercado laboral inexistente”, reflexiona Lizbeth.
Muy pronto, asegura Lizbeth, los jóvenes líderes que hacen parte de su proyecto comandarán espacios de decisión y poder. Ella ansía que ellos nunca olviden de dónde vienen y que logren el cambio colectivo.
JUVENTUD-ES
Juventud-Es, un programa sostenido por IFFI, reúne a jóvenes de entre 16 y 28 años de diversos municipios y organizaciones de Cochabamba con el objetivo de combatir la violencia laboral y física.
El programa cuenta con 94 lideresas y líderes, de los cuales aproximadamente 50 son activos. En este espacio, los jóvenes activistas participan en reuniones y encuentros periódicos, donde reciben capacitación en diversas temáticas.
El pasado domingo se capacitaron en la identificación y prevención de relaciones tóxicas, en un encuentro que contó con la participación de sus familias, con quienes abordaron la importancia de la corresponsabilidad.
El impacto de Juventud-Es se extiende a través de tres o cuatro actividades mensuales, como talleres o conversatorios con especialistas, que luego son replicadas en otras organizaciones juveniles.