Desde Afuera
Verifica, que algo queda: reforzar la validación de contenidos digitales
20 de septiembre de 2018 (20:08 h.)
Terremotos, atentados, guerras. En la mayoría de los acontecimientos inesperados de alcance mundial ya es un ciudadano el primero que llega al lugar de los hechos, no un reportero. Equipado con un teléfono, difunde las imágenes en Internet. Asumimos esto hace tiempo pero nos ha costado entender lo que implicaba: además de seguir facilitando material propio, bastantes profesionales de la información tendríamos que encontrar el de otros en las redes sociales, valorarlo y darle luz verde o roja. Ahí empieza la tarea de la verificación digital.
Es útil para redactores de cualquier sección que se documentan en línea hace años, así como para quienes se hacen eco de material ajeno en las tribunas de Twitter o Facebook. Esto es, es necesaria en el caso de prácticamente todo miembro del sector informativo, al ser muy pocos hoy ajenos aún a estos comportamientos. Asegurarse de que datos y narraciones son fiables es obligado si se quiere conservar la credibilidad personal y la del medio, que puede quedar en k.o. técnico si se revela que su boa informativa ha escupido un elefante y no una liebre.
En realidad no todo es tan nuevo. Solo conviene llevar a la dimensión digital las preguntas esenciales de la profesión -qué, quién, cuándo, dónde y por qué- con las nuevas herramientas gratuitas disponibles. Por ejemplo, Exif.regex.info (indagar sobre el qué o el contexto de una imagen, sus metadatos), Stalkscan.com (investigar al quién, al protagonista, en Facebook), Citizenevidence.amnestyusa.org (saber el cuándo de un video, si procede de un episodio antiguo), Google.com/earth (geolocalizar el dónde de un material audiovisual) o Followthehashtag.com (aproximarse al motivo o por qué examinando las comunidades que impulsan un relato sospechoso en Twitter).
Los recursos más avanzados son de pago o quedan fuera del alcance de la mayoría de usuarios, pero pasar por estos otros, dudar gracias a ellos, es mejor que saltar sin arnés a contenidos de la Web. Y más importante aún que estas opciones tecnológicas son los protocolos a seguir. La base es el pensamiento crítico, el escepticismo. Al igual que nadie cruza una calle sin mirar a derecha a izquierda de modo instintivo, quien transita por medios sociales tiene que entender que si no quiere jugársela es mejor preguntarse cosas antes de expandir una versión.
El libro "Verificación digital para periodistas: manual contra bulos y desinformación internacional" (UOC, 2018) es una tabla de supervivencia con apuntes de servicios gratuitos que afrontan estas necesidades. Su título es una artimaña porque se dirige a personas interesadas en la desinformación en toda su amplitud, y no solo a periodistas. A ellos se les cita como gancho, referente, y lo que el libro procura es que adopten modos de hacer las cosas que profesores y ciudadanos imiten. A evitar el tráfico se aprende desde la niñez gracias a la insistencia generalizada; en la comprobación de contenidos en Internet deben acunarnos los lenguajes de la familia, el colegio y los medios.
Es útil para redactores de cualquier sección que se documentan en línea hace años, así como para quienes se hacen eco de material ajeno en las tribunas de Twitter o Facebook. Esto es, es necesaria en el caso de prácticamente todo miembro del sector informativo, al ser muy pocos hoy ajenos aún a estos comportamientos. Asegurarse de que datos y narraciones son fiables es obligado si se quiere conservar la credibilidad personal y la del medio, que puede quedar en k.o. técnico si se revela que su boa informativa ha escupido un elefante y no una liebre.
En realidad no todo es tan nuevo. Solo conviene llevar a la dimensión digital las preguntas esenciales de la profesión -qué, quién, cuándo, dónde y por qué- con las nuevas herramientas gratuitas disponibles. Por ejemplo, Exif.regex.info (indagar sobre el qué o el contexto de una imagen, sus metadatos), Stalkscan.com (investigar al quién, al protagonista, en Facebook), Citizenevidence.amnestyusa.org (saber el cuándo de un video, si procede de un episodio antiguo), Google.com/earth (geolocalizar el dónde de un material audiovisual) o Followthehashtag.com (aproximarse al motivo o por qué examinando las comunidades que impulsan un relato sospechoso en Twitter).
Los recursos más avanzados son de pago o quedan fuera del alcance de la mayoría de usuarios, pero pasar por estos otros, dudar gracias a ellos, es mejor que saltar sin arnés a contenidos de la Web. Y más importante aún que estas opciones tecnológicas son los protocolos a seguir. La base es el pensamiento crítico, el escepticismo. Al igual que nadie cruza una calle sin mirar a derecha a izquierda de modo instintivo, quien transita por medios sociales tiene que entender que si no quiere jugársela es mejor preguntarse cosas antes de expandir una versión.
El libro "Verificación digital para periodistas: manual contra bulos y desinformación internacional" (UOC, 2018) es una tabla de supervivencia con apuntes de servicios gratuitos que afrontan estas necesidades. Su título es una artimaña porque se dirige a personas interesadas en la desinformación en toda su amplitud, y no solo a periodistas. A ellos se les cita como gancho, referente, y lo que el libro procura es que adopten modos de hacer las cosas que profesores y ciudadanos imiten. A evitar el tráfico se aprende desde la niñez gracias a la insistencia generalizada; en la comprobación de contenidos en Internet deben acunarnos los lenguajes de la familia, el colegio y los medios.
Grandes agencias y redacciones han comenzado a reforzar la verificación en su día a día; colegios, institutos y facultades de Comunicación pueden robustecerla en el currículo revitalizando así la alfabetización mediática y digital.
Tomado de la agencia EFE