¿Transformamos la política o mantenemos su actual lógica?
15 de agosto de 2008 (17:45 h.)
Patricia Salinas Paz
Desde el clásico significado que asocia el adjetivo polis (politikós) con todo lo que refería a la ciudad griega, pasando por la interpretación moderna que vincula la política con la doctrina del Estado, la ciencia política o la filosofía política, también se ha entendido a la política como la actividad de aquéllos que rigen o aspiran a regir los asuntos públicos, implicando acciones dirigidas a la conquista y al ejercicio del poder como su ingrediente principal. Política es también la expresión concentrada de la economía, como actividad que se desarrolla en la esfera de las relaciones entre los grandes grupos sociales, entre las clases dominantes y dominadas, así como entre los estados.
Resulta tedioso continuar con las diferentes connotaciones que la palabra política ha originado según el tiempo y lugar de su enunciación. Sin embargo, aquí y ahora que la política, la batalla por el poder y los políticos son temas infaltables en los tapetes de discusión, el marco de las tendencias de cambio que se avistan en un horizonte aún abstracto exige contextualizar el sentido del término y preguntarnos no sólo qué es la política, sino también ¿para qué sirve? ¿será para transformar el poder o para mantener su actual lógica? Ante el momento histórico de rebelión de la conciencia colectiva contra la opresión, no deja de sorprender que teorías, conceptos y derecho positivo simplemente no respondan a la correlación de fuerzas en la lucha por el poder. Como recomienda Hanna Arendt, para comprender la política habrá que hacer a un lado los prejuicios varados en las profundidades de cada pensamiento.
Para interpretar sin ingenuidades el escenario de fondo de la coyuntura actual (Asamblea Constituyente, autonomías, demandas de capitalidad, referéndum revocatorio y otros), ayuda el buen sentido. La política en sentido estricto no envilece ni juega con el sentimiento y las demandas genuinas de la ciudadanía; tampoco representa la persecución obstinada de un fin en sí mismo ni reproduce aquello hábitos que afirma combatir, como los hábitos del sistema político tradicional, que mientras se desploma no duda en apelar a cualquier recurso para frenar las tendencias que impulsan el cambio cualitativo de la sociedad; ni echa cortinas de humo sobre la realidad para tapar su vinculación con los verdaderos hilos del poder. ¿Qué poder es ése que encapucha el verdadero lugar que ocupan en la sociedad encumbrados políticos que se han dado a la tarea de mandar a la hoguera el momento histórico actual? Son la política y los políticos comprometidos los encargados de identificar las contradicciones fundamentales de la sociedad, y a través de un renovado proyecto democrático, diseñar políticas de estado que combatan las causas y no sólo el efecto de los problemas.
Sin embargo, la impostura política y el afán diario de disputar el poder por el poder -que cambia sólo de apariencia- continúan alimentando intereses particulares no sólo ajenos, sino contrarios a la sociedad en su conjunto, haciendo cada vez más difícil la resolución pacífica de conflictos de orden público, el mantenimiento de las relaciones internas y la defensa integral del Estado, requisitos sin los cuales cada vez es más difícil revertir la pobreza, el rezago tecnológico y las condiciones de dependencia, en las que se debate Bolivia, sin que podamos ingresar al camino del desarrollo éticamente sostenible, con empobrecidas áreas urbanas, periurbanas y rurales que no son un tablero desnudo, sino que están pobladas por mujeres y hombres que piensan y viven cara a cara con la incertidumbre, el desempleo, el subempleo la discriminación, el hambre, el sentimiento constante de inseguridad y otros epifenómenos característicos del mundo subdesarrollado.
Entre tanto, los jerarcas de la política afincados en la cúpula de las instituciones públicas y privadas, sindicales, cívicas y otras, continúan reforzando con sus acciones la jerga política y el vocablo en cuestión es asociado inmediatamente a la desvalorización, el demérito y la manipulación. Son los personajes de siempre que se resisten a perder privilegios inmerecidos quienes contribuyen a la devaluación sistemática de la política y la alejan cada vez más de la acción social transformadora. Es así que cualquier comportamiento o decisión que involucre corrupción, patrimonialismo o manejo prebendal corporativo de las instituciones públicas es inminentemente vinculada a la política, haciéndola cada vez más vacía de contenido y trayendo a la memoria frecuentes ocurrencias como la de Mafalda, que llega a la náusea cuando no puede evitar que su hermanito Guillermo incorpore en su infantil lenguaje “la mala palabra” que empieza con P..., o el chiste del periodista que le pregunta al político: - ¿Cómo hace usted para tener la conciencia limpia? – No la uso nunca.
Más allá de la anécdota y de la picardía popular, este frecuente desplazamiento del lenguaje no representa por sí sólo el fondo del problema, son las acciones de los políticos “retro” las que contribuyen a perpetuar la condición de pueblos oprimidos, dependientes y saqueados como el nuestro, hasta derivar en mera politiquería que convierte en quimera la vocación de servicio a la colectividad, al mejor estilo de dictaduras o democracias perversamente pactadas, típicas de un pasado irrespirable que no acaba de irse.
¿La vieja lógica distanciada de los intereses del conjunto de la sociedad seguirá considerando a la política como “el arte de lo posible”, para beneficio particular de reducidos grupos partidarios? ¿Será posible transformar la política boliviana en instrumento de liberación y lucha contra el orden imperante que oprime e impide la construcción de una sociedad más justa y equitativa?
Frente a la estirpe de políticos que aún arrastra la Patria boliviana, queda la utopía del político visionario que hace política canalizando las demandas de su comunidad con un pensamiento crítico, propone soluciones estratégicas para combatir fundamentalmente las causas y no sólo los efectos de los problemas que flagelan a la sociedad.
Patricia Salinas Paz, es politóloga.
Desde el clásico significado que asocia el adjetivo polis (politikós) con todo lo que refería a la ciudad griega, pasando por la interpretación moderna que vincula la política con la doctrina del Estado, la ciencia política o la filosofía política, también se ha entendido a la política como la actividad de aquéllos que rigen o aspiran a regir los asuntos públicos, implicando acciones dirigidas a la conquista y al ejercicio del poder como su ingrediente principal. Política es también la expresión concentrada de la economía, como actividad que se desarrolla en la esfera de las relaciones entre los grandes grupos sociales, entre las clases dominantes y dominadas, así como entre los estados.
Resulta tedioso continuar con las diferentes connotaciones que la palabra política ha originado según el tiempo y lugar de su enunciación. Sin embargo, aquí y ahora que la política, la batalla por el poder y los políticos son temas infaltables en los tapetes de discusión, el marco de las tendencias de cambio que se avistan en un horizonte aún abstracto exige contextualizar el sentido del término y preguntarnos no sólo qué es la política, sino también ¿para qué sirve? ¿será para transformar el poder o para mantener su actual lógica? Ante el momento histórico de rebelión de la conciencia colectiva contra la opresión, no deja de sorprender que teorías, conceptos y derecho positivo simplemente no respondan a la correlación de fuerzas en la lucha por el poder. Como recomienda Hanna Arendt, para comprender la política habrá que hacer a un lado los prejuicios varados en las profundidades de cada pensamiento.
Para interpretar sin ingenuidades el escenario de fondo de la coyuntura actual (Asamblea Constituyente, autonomías, demandas de capitalidad, referéndum revocatorio y otros), ayuda el buen sentido. La política en sentido estricto no envilece ni juega con el sentimiento y las demandas genuinas de la ciudadanía; tampoco representa la persecución obstinada de un fin en sí mismo ni reproduce aquello hábitos que afirma combatir, como los hábitos del sistema político tradicional, que mientras se desploma no duda en apelar a cualquier recurso para frenar las tendencias que impulsan el cambio cualitativo de la sociedad; ni echa cortinas de humo sobre la realidad para tapar su vinculación con los verdaderos hilos del poder. ¿Qué poder es ése que encapucha el verdadero lugar que ocupan en la sociedad encumbrados políticos que se han dado a la tarea de mandar a la hoguera el momento histórico actual? Son la política y los políticos comprometidos los encargados de identificar las contradicciones fundamentales de la sociedad, y a través de un renovado proyecto democrático, diseñar políticas de estado que combatan las causas y no sólo el efecto de los problemas.
Sin embargo, la impostura política y el afán diario de disputar el poder por el poder -que cambia sólo de apariencia- continúan alimentando intereses particulares no sólo ajenos, sino contrarios a la sociedad en su conjunto, haciendo cada vez más difícil la resolución pacífica de conflictos de orden público, el mantenimiento de las relaciones internas y la defensa integral del Estado, requisitos sin los cuales cada vez es más difícil revertir la pobreza, el rezago tecnológico y las condiciones de dependencia, en las que se debate Bolivia, sin que podamos ingresar al camino del desarrollo éticamente sostenible, con empobrecidas áreas urbanas, periurbanas y rurales que no son un tablero desnudo, sino que están pobladas por mujeres y hombres que piensan y viven cara a cara con la incertidumbre, el desempleo, el subempleo la discriminación, el hambre, el sentimiento constante de inseguridad y otros epifenómenos característicos del mundo subdesarrollado.
Entre tanto, los jerarcas de la política afincados en la cúpula de las instituciones públicas y privadas, sindicales, cívicas y otras, continúan reforzando con sus acciones la jerga política y el vocablo en cuestión es asociado inmediatamente a la desvalorización, el demérito y la manipulación. Son los personajes de siempre que se resisten a perder privilegios inmerecidos quienes contribuyen a la devaluación sistemática de la política y la alejan cada vez más de la acción social transformadora. Es así que cualquier comportamiento o decisión que involucre corrupción, patrimonialismo o manejo prebendal corporativo de las instituciones públicas es inminentemente vinculada a la política, haciéndola cada vez más vacía de contenido y trayendo a la memoria frecuentes ocurrencias como la de Mafalda, que llega a la náusea cuando no puede evitar que su hermanito Guillermo incorpore en su infantil lenguaje “la mala palabra” que empieza con P..., o el chiste del periodista que le pregunta al político: - ¿Cómo hace usted para tener la conciencia limpia? – No la uso nunca.
Más allá de la anécdota y de la picardía popular, este frecuente desplazamiento del lenguaje no representa por sí sólo el fondo del problema, son las acciones de los políticos “retro” las que contribuyen a perpetuar la condición de pueblos oprimidos, dependientes y saqueados como el nuestro, hasta derivar en mera politiquería que convierte en quimera la vocación de servicio a la colectividad, al mejor estilo de dictaduras o democracias perversamente pactadas, típicas de un pasado irrespirable que no acaba de irse.
¿La vieja lógica distanciada de los intereses del conjunto de la sociedad seguirá considerando a la política como “el arte de lo posible”, para beneficio particular de reducidos grupos partidarios? ¿Será posible transformar la política boliviana en instrumento de liberación y lucha contra el orden imperante que oprime e impide la construcción de una sociedad más justa y equitativa?
Frente a la estirpe de políticos que aún arrastra la Patria boliviana, queda la utopía del político visionario que hace política canalizando las demandas de su comunidad con un pensamiento crítico, propone soluciones estratégicas para combatir fundamentalmente las causas y no sólo los efectos de los problemas que flagelan a la sociedad.
Patricia Salinas Paz, es politóloga.