Otra vez la marcha por el No
13 de octubre de 2017 (21:10 h.)
Nuevamente otra marcha por el No y la autocomplacencia. ¡Hay de quien ose criticarlas! Inmediatamente el salto a la yugular para ser acusado de “burromasista” o fascista. Para aclarar, primero, por principios democráticos no estoy de acuerdo con la repostulación de Evo Morales. Varias veces lo dije y lo repito, el MAS en estos largos años en el poder ha construido liderazgos que deben reconocerse, no hacerlo significa iniciar el mecanismo de su autodestrucción. Segundo, el hecho de que esté en contra de la repostulación de Morales no me hace afín a los actuales políticos opositores, descarados oportunistas e incompetentes, ni mucho menos a las viejas momias agarrapatadas. Tampoco me hace en ningún momento cercana a esa oposición racista y discriminadora que no halla la hora de que “este indio de mierda” se vaya, y que acaricia anhelante y añoradora el bate guardado en el armario. Ni a aquella cobardona y ridícula que se pone pompones y hace saltitos de porrista al Mallku o al Conamaq, menos a esa oposición envalentonada de palabra que clama por la desobediencia civil y sueña con venezolanizar el país. Estoy más lejos todavía de esa oposición palurda y comodona de Facebook y Twitter que, llegada la hora nona, prefiere el fútbol o el cine a ir a marchar por la democracia.
Sé que existe otra oposición, la de gente auténtica que construye con su trabajo e ideas una alternativa invisible aún, pero lamentablemente es también la que me insta a tragar sapos por la causa común, a codearme, por ejemplo, con las huestes del Alcalde dizque demócrata. Y ocurre entonces que a una se le revuelve el estómago a la par que se le diluyen las esperanzas ante la ausencia de un verdadero horizonte de cambio, razón por la que soy tan crítica e inconforme con las marchas, porque además estoy convencida de que son cómodas falacias, resultado de más de diez años de sopor opiáceo en cuestiones de construcción de un proyecto alternativo. Oteo por encima de esta década y lo que veo es otra sociedad, burguesa si lo quieren así. Me veo a mí misma militante, como cientos de miles de ciudadanos, en pos de la construcción de alternativas. Militante con lo que alguna vez creí, un partido político: el MNR. Ese viejo del 52 que me atraía por sus logros y figuras como Carlos Montenegro, Víctor Paz y Hernán Siles Suazo, por ese nuevo, el de la Ley de Participación Popular. Militante con el feminismo, como parte activa de la Plataforma de Mujeres. Militante con la cultura como fundadora con otros artistas y gestores culturales del Foro Cultural. Eran tiempos cuando no existían las redes sociales, cuando tenías que sacrificar tu comodidad de lagarto para ir a encontrarte con gente que andaba en lo mismo, que creía en su deber de ciudadano para construir propuestas y para hacerse escuchar, con entrega e ingenuidad, candorosa la más de la veces. ¿Cuántos de nosotros no dedicamos horas y horas para asistir a las reuniones del partido, para hacer proselitismo, para hacer talleres y encuentros con las mujeres, con los artistas; para elevar nuestros documentos ante la Constituyente? La ciudadanía pre Estado Plurinacional era otra, era una bullente, descendiente de los comunistas, emeneristas, falangistas, de los jóvenes guerrilleros, de los miristas. No vivimos persecuciones, torturas ni el exilio, pero heredamos el compromiso. Es la ciudadanía que se tomó un descanso mortífero, la que durante más de diez años no construyó ni ideales ni nuevos liderazgos. La que disfrutó alegre la bonanza y pensó -como yo- que ya cumplió, y que ahora -como yo- anda perdida y desorientada, con un solo, único y triste norte que es imperiosamente necesario, pero no suficiente: el No.
Sé que existe otra oposición, la de gente auténtica que construye con su trabajo e ideas una alternativa invisible aún, pero lamentablemente es también la que me insta a tragar sapos por la causa común, a codearme, por ejemplo, con las huestes del Alcalde dizque demócrata. Y ocurre entonces que a una se le revuelve el estómago a la par que se le diluyen las esperanzas ante la ausencia de un verdadero horizonte de cambio, razón por la que soy tan crítica e inconforme con las marchas, porque además estoy convencida de que son cómodas falacias, resultado de más de diez años de sopor opiáceo en cuestiones de construcción de un proyecto alternativo. Oteo por encima de esta década y lo que veo es otra sociedad, burguesa si lo quieren así. Me veo a mí misma militante, como cientos de miles de ciudadanos, en pos de la construcción de alternativas. Militante con lo que alguna vez creí, un partido político: el MNR. Ese viejo del 52 que me atraía por sus logros y figuras como Carlos Montenegro, Víctor Paz y Hernán Siles Suazo, por ese nuevo, el de la Ley de Participación Popular. Militante con el feminismo, como parte activa de la Plataforma de Mujeres. Militante con la cultura como fundadora con otros artistas y gestores culturales del Foro Cultural. Eran tiempos cuando no existían las redes sociales, cuando tenías que sacrificar tu comodidad de lagarto para ir a encontrarte con gente que andaba en lo mismo, que creía en su deber de ciudadano para construir propuestas y para hacerse escuchar, con entrega e ingenuidad, candorosa la más de la veces. ¿Cuántos de nosotros no dedicamos horas y horas para asistir a las reuniones del partido, para hacer proselitismo, para hacer talleres y encuentros con las mujeres, con los artistas; para elevar nuestros documentos ante la Constituyente? La ciudadanía pre Estado Plurinacional era otra, era una bullente, descendiente de los comunistas, emeneristas, falangistas, de los jóvenes guerrilleros, de los miristas. No vivimos persecuciones, torturas ni el exilio, pero heredamos el compromiso. Es la ciudadanía que se tomó un descanso mortífero, la que durante más de diez años no construyó ni ideales ni nuevos liderazgos. La que disfrutó alegre la bonanza y pensó -como yo- que ya cumplió, y que ahora -como yo- anda perdida y desorientada, con un solo, único y triste norte que es imperiosamente necesario, pero no suficiente: el No.