Los niños no son el futuro
07 de julio de 2019 (19:38 h.)
Me he pasado los últimos dos días preguntándome si en realidad los más grandes queremos a los niños, si en verdad los consideramos una prioridad y si en serio creemos que ellos son el futuro de nuestro país.
Toda mi reflexión comenzó cuando vi la publicación de una madre de familia, en la red social Facebook. Allí, la afligida señora relata, con detalle, el mal rato que pasó en una conocida plaza de comidas de un centro comercial de la ciudad, porque su bebé de menos de dos años gritaba descontroladamente.
Según escribió la señora, el guardia de seguridad del lugar le pidió que se retire porque los gritos estaban incomodando a otros comensales. Más tarde una mujer, que también se identificó como madre de familia, le había pedido lo mismo, no sin antes calificarla como una mala madre por el escandaloso episodio que estaba protagonizando el niño. La publicación termina contando cómo la cuestionada madre se retiró de la plaza de comidas con sus dos hijos, apenada y sin comer.
El relato de lo ocurrido está publicado junto a una fotografía de la mujer mayor que la calificó de mala madre y la obligó a abandonar el lugar. Como buena millennial, la afectada aprovechó la tecnología y las redes sociales para dejar en evidencia a la “intolerante” mujer. Los comentarios no se hicieron esperar, al menos una veintena de personas apoyó a la joven madre. Se abrió entonces el debate sobre los lugares públicos, los niños, su educación, su trato y el respeto hacia ellos.
Fue entonces que pensé, una plaza de comidas es un lugar abierto a todo publico, incluye, por supuesto, a los niños. Aquello, tal vez, es algo que esta señora en cuestión no ha considerado. Si queremos comer en un lugar sin ruido, y de manera elegante, creo que la mejor opción no son las plazas de comidas, reitero, abiertas a todo público.
Estoy más que segura que cuando un niño comienza un escándalo, no da preavisos, para llevarlo a otro lugar. La mayor parte de las veces no se detiene de manera sencilla y, por más esfuerzos que hayamos hecho en su educación, esos momentos son inevitables.
Lo que sí podemos evitar como padres es llevar a nuestros hijos a lugares que no son para ellos. La pasada semana, llevé a mi hijo por primera vez al cine, fuimos a ver una película infantil. El lugar estaba lleno de pequeños que hablaron durante toda la película, algunos lloraron en diferentes turnos y otros pidieron ir al baño a gritos. Cuando salimos de la sala, ningún padre estaba molesto y quienes no fueron con hijos no se animaron a decir nada. Seguro que otra sería la historia si hubiéramos llevado a nuestros hijos a una película de adultos. Hay ocasiones en las que toca llevar a los pequeños a la oficina o a los bancos. Cuando toca, toca, y es algo que nos ha pasado a todos. Es, entonces, cuando se espera tolerancia, es entonces cuando esperamos empatía, cuando debemos dar para algún día recibir.
Sigue siendo una tontería creer que la edad nos hace mejores o peores padres, muchos aún consideran que los jóvenes no saben educar a sus hijos, porque en realidad ninguna persona, por más años que tenga ahora, ha estado bien preparada para asumir la paternidad cuando llegó ese momento.
Es inaudito querer calificar a una madre por el berrinche de su hijo, hay tanta historia y circunstancias de una persona que no conocemos, que un simplismo en su máxima expresión nos puede hacer quedar como seres absurdos y hasta ridículos.
Concebir un bebé es un verdadero milagro, por eso se dice que es una bendición. Los niños de ahora serán la sociedad de mañana, por eso los llamamos el futuro de las naciones. Sabemos que son indefensos, frágiles e inocentes, por eso nos indignamos con hechos de violencia que involucran niños.
Pero en la realidad, pareciera que no podemos soportarlos inquietos en las plazas de comidas, no valoramos su trabajo cuando nos cuidan el auto y los dejamos sin paga dándoles solo la sobra de nuestra comida, no los cuidamos cuando los levantamos del asiento del micro para que le den paso a un adulto, no los consideramos el futuro del país cuando no los tomamos en cuenta como el más vivo presente y les ofrecemos lo mejor ahora. No los amamos como lo escribimos, sino actuamos con amor.
Toda mi reflexión comenzó cuando vi la publicación de una madre de familia, en la red social Facebook. Allí, la afligida señora relata, con detalle, el mal rato que pasó en una conocida plaza de comidas de un centro comercial de la ciudad, porque su bebé de menos de dos años gritaba descontroladamente.
Según escribió la señora, el guardia de seguridad del lugar le pidió que se retire porque los gritos estaban incomodando a otros comensales. Más tarde una mujer, que también se identificó como madre de familia, le había pedido lo mismo, no sin antes calificarla como una mala madre por el escandaloso episodio que estaba protagonizando el niño. La publicación termina contando cómo la cuestionada madre se retiró de la plaza de comidas con sus dos hijos, apenada y sin comer.
El relato de lo ocurrido está publicado junto a una fotografía de la mujer mayor que la calificó de mala madre y la obligó a abandonar el lugar. Como buena millennial, la afectada aprovechó la tecnología y las redes sociales para dejar en evidencia a la “intolerante” mujer. Los comentarios no se hicieron esperar, al menos una veintena de personas apoyó a la joven madre. Se abrió entonces el debate sobre los lugares públicos, los niños, su educación, su trato y el respeto hacia ellos.
Fue entonces que pensé, una plaza de comidas es un lugar abierto a todo publico, incluye, por supuesto, a los niños. Aquello, tal vez, es algo que esta señora en cuestión no ha considerado. Si queremos comer en un lugar sin ruido, y de manera elegante, creo que la mejor opción no son las plazas de comidas, reitero, abiertas a todo público.
Estoy más que segura que cuando un niño comienza un escándalo, no da preavisos, para llevarlo a otro lugar. La mayor parte de las veces no se detiene de manera sencilla y, por más esfuerzos que hayamos hecho en su educación, esos momentos son inevitables.
Lo que sí podemos evitar como padres es llevar a nuestros hijos a lugares que no son para ellos. La pasada semana, llevé a mi hijo por primera vez al cine, fuimos a ver una película infantil. El lugar estaba lleno de pequeños que hablaron durante toda la película, algunos lloraron en diferentes turnos y otros pidieron ir al baño a gritos. Cuando salimos de la sala, ningún padre estaba molesto y quienes no fueron con hijos no se animaron a decir nada. Seguro que otra sería la historia si hubiéramos llevado a nuestros hijos a una película de adultos. Hay ocasiones en las que toca llevar a los pequeños a la oficina o a los bancos. Cuando toca, toca, y es algo que nos ha pasado a todos. Es, entonces, cuando se espera tolerancia, es entonces cuando esperamos empatía, cuando debemos dar para algún día recibir.
Sigue siendo una tontería creer que la edad nos hace mejores o peores padres, muchos aún consideran que los jóvenes no saben educar a sus hijos, porque en realidad ninguna persona, por más años que tenga ahora, ha estado bien preparada para asumir la paternidad cuando llegó ese momento.
Es inaudito querer calificar a una madre por el berrinche de su hijo, hay tanta historia y circunstancias de una persona que no conocemos, que un simplismo en su máxima expresión nos puede hacer quedar como seres absurdos y hasta ridículos.
Concebir un bebé es un verdadero milagro, por eso se dice que es una bendición. Los niños de ahora serán la sociedad de mañana, por eso los llamamos el futuro de las naciones. Sabemos que son indefensos, frágiles e inocentes, por eso nos indignamos con hechos de violencia que involucran niños.
Pero en la realidad, pareciera que no podemos soportarlos inquietos en las plazas de comidas, no valoramos su trabajo cuando nos cuidan el auto y los dejamos sin paga dándoles solo la sobra de nuestra comida, no los cuidamos cuando los levantamos del asiento del micro para que le den paso a un adulto, no los consideramos el futuro del país cuando no los tomamos en cuenta como el más vivo presente y les ofrecemos lo mejor ahora. No los amamos como lo escribimos, sino actuamos con amor.