Libertad económica y libertad política

Agustín Saavedra Weise



Existen varias pruebas acerca de que solamente la prosperidad -fruto de la economía libre con un Estado regulador eficaz y el desarrollo económico integrado-, tiende a fortalecer el proceso democrático. Sobre la situación de varios países atrasados, ya tiempo atrás se pronosticó que sus escasos avances económicos verían drásticamente reducidos sus grados de democratización.

La conexión entre libertades económicas y políticas no es nueva. Politólogos y economistas comparten la creencia de que la prosperidad tiende a inspirar a la democracia y a consolidar los mecanismos de libertad. Muchas naciones formalmente democráticas fallan por no tener la habilidad de mantener esas pautas, al distorsionar mercados, estatizar, generar prédicas irrealistas y al no proteger los derechos de propiedad. En otras palabras: algunos gobernantes se enredan en torno a decisiones demagógicas poco eficaces, letales para el desarrollo económico de sus pueblos y negativas para el perfeccionamiento auténtico de la democracia. Lo vivimos hoy, en la Bolivia de fines de 2008 y frente a la grave crisis financiera internacional, un fenómeno globalizado cuyo perverso coletazo no tarda en sacudirnos. Acá ahora se quiere que el Estado boliviano acapare todo, sin pensar en las consecuencias para el futuro, a todas luces malas. Tal cosa, podría a su vez cercenar nuestra democracia y sus grados de libertad. Ya está ocurriendo.

Varios estudiosos han comprobado que países de escaso nivel de desarrollo no pueden sostener en el largo plazo a la democracia y que por el contrario, áreas no democráticas pero que experimentan un desarrollo económico sustancial, sí tienden a democratizarse exitosamente. España, Chile, Corea, Taiwán y Portugal, son casos típicos de despotismos ilustrados eficaces que a su tiempo y turno desarrollaron a esos países y brindaron así condiciones objetivamente favorables para la democratización. Un lugar no democrático pero con alto crecimiento, con el tiempo se volverá democrático; a la inversa, un país democrático con bajos niveles de vida y escaso crecimiento, corre el peligro de ver disminuidos sus derechos políticos con el transcurso del tiempo.

Una verdadera democracia sustentada por grados mínimos de prosperidad permitirá mejores distribuciones del ingreso y con acento en lo social. ¿De qué sirve lo populista si no hay torta o ésta se achica cada día?

Tampoco ninguna democracia puede sostenerse sobre la base de la simple legitimidad formal. Como tantas veces lo he dicho, la democracia precisa ser eficaz para fortalecerse: tiene que ser capaz de satisfacer mínimamente las demandas de sus ciudadanos y poder mejorar la condición general de vida. Solamente así se logra una auténtica legitimidad real que provee estabilidad democrática y genera el cambio cualitativo a lo largo del tiempo.

La democracia es un valor por sí (más allá de su contenido filosófico) pero tiene un fondo frágil o sólido, dependiendo de la acumulación de malas o buenas decisiones y de la posibilidad de brindar oportunidades iguales para todos, crecer y desarrollarse. El factor eficiencia es el gran fortalecedor del sistema político; lo contrario (la ineficiencia) su gran debilitador.

En Bolivia hay formalidades de libertad política, pero ya se nota el camino hacia el autoritarismo. Esto puede empeorar a medida que la economía se deteriore, aumente el estatismo y siga el prebendalismo que deja de lado a la producción.

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Agustín Saavedra Weise. Ex canciller, economista y politólogo - http://agustinsaavedraweise.com