La Iglesia seguirá sirviendo a su pueblo
21 de enero de 2009 (17:25 h.)
Mariluz Bustamante M.
El conflicto que el Gobierno sostiene con la Iglesia católica, no radica simplemente en los ataques burdos que realizan sus ministros o viceministros al Cardenal o a otros miembros de la jerarquía eclesiástica. Esta permanente lluvia de ofensivas contra la Iglesia católica no es sólo por declaraciones realizadas por sus representantes, respecto de situaciones que viven los bolivianos y que van en contra de sus derechos.
Esta guerra tiene un tema de fondo y es que al parecer la línea, aunque aún muy ambigua, del partido de Gobierno es retirar a la Iglesia católica del escenario nacional, enmudecerla, cambiando las condiciones de relacionamiento del Estado boliviano con la Iglesia, probablemente para someterla a un trato de Estado a Estado, afectando profundamente al servicio que ella da a todos, principalmente, a los más necesitados.
Percibimos esto en la decisión de dañar la conciencia de la gente, su identidad religiosa, la más delicada en una persona, olvidando que el mismo escenario que gobierna está poblado de bolivianos que tienen una profunda religiosidad, que aman a Dios en Cristo y que veneran a la Virgen, madre de todos.
Los miembros del Gobierno, muchos de ellos católicos confesos ante los medios de comunicación, olvidan la descomunal fuerza que constituye la piedad popular, en sus distintas expresiones, exteriorizada en una profunda confianza y seguridad en Dios, y al parecer creen poder eliminarla para suplantarla con la adoración a la Pachamama, que no es sino la representación “terrena” del amor de Dios, de su ternura y abrigo maternal.
En la construcción de esta línea del Gobierno del Cambio, ¿no se habrán olvidado del sentimiento de la gente? ¿No será que en su búsqueda de perpetuarse en el poder, están poniendo por encima de la dignidad de la persona, la ideología que propugnan?
¿Defensa de “privilegios”?.- Es cierto que los servidores de la Iglesia católica defienden “privilegios” y lo hacen con pasión. Defienden el privilegio de los más desfavorecidos, de contar con la defensa de su derecho a una buena educación, a ser atendidos con devoción en su enfermedad. Defienden el privilegio al que tienen derecho los niños, de contar con atención cálida y eficiente en los hogares donde se les da acogida en su abandono. Defienden el privilegio al que tienen derecho las personas que viven con el VIH, para vivir con dignidad.
La atención que la Iglesia brinda a miles de pobres y desfavorecidos, se expresa, hora tras hora, en todo el territorio nacional.
Una muestra puede ser Cochabamba, donde diariamente se atiende a miles de personas en 250 obras sociales que gestiona la Arquidiócesis desde la misión incansable de las congregaciones religiosas.
Si estas obras son apropiadas por el Gobierno, los miembros de la Iglesia seguiremos en los caminos del país, para continuar entregándonos a la misión de servir a los pobres, que son la opción preferencial de la Iglesia católica, como los más amados de Dios.
Sin embargo, miles de ellos perderán los privilegios que ganaron con la atención de centenares de religiosas, religiosos, sacerdotes y laicos, cuya vocación de servicio se vuelca con profundo sentido de entrega hacia todos ellos, diariamente, desde los barrios periurbanos, hasta las provincias más alejadas y olvidadas del país.
Las obras, todas ellas conocidas por el pueblo más humilde, no valen por el número. Valen por la mística que las anima. La presencia de la Iglesia mantiene vivas a las comunidades rurales, no sólo porque entrega educación y salud, sino también porque alimenta la fe y la esperanza, desde el mensaje profundo y, a la vez, sencillo del Evangelio.
Si la Iglesia es obligada a abandonar sus obras, ¿quiénes asuman esta misión, lograrán mantener vivo el espíritu del pueblo?
Quiénes trabajamos en la Iglesia y desde ahí volcamos nuestro servicio hacia nuestros hermanos los más pobres, sufrimos cuando escuchamos las agresiones contra nuestros obispos, pero al mismo tiempo, nos fortalecemos en nuestra convicción, pues tenemos la promesa de Jesús, que aseguró, cuando señaló a Pedro como el cimiento de la Iglesia, que ni las fuerzas del mal lograrán destruir a su Iglesia.
Queremos transformar la sociedad.- Los cristianos, como discípulos de Jesús y miembros de la Iglesia, no tenemos miedo a los cambios que vive el país. Sobre todo, porque primero, debemos valorar el paso histórico que permite hoy a los marginados de ayer, empezar a ser protagonistas de la historia de nuestra patria. Segundo, porque somos miembros de la Iglesia fundada por Jesús, en el amor de Dios Padre, cuya historia es clara muestra de que a pesar de las persecuciones por causas políticas o también religiosas, su fortaleza y misión, no sólo no ha desaparecido, sino que se ha fortalecido para permanecer y ser parte de la historia de la humanidad.
En el mensaje de Aparecida, que redime y fortalece la opción preferencial y evangélica por los pobres, que en su inmensa mayoría viven abandonados, excluidos e ignorados en su miseria y sufrimiento, nos llama a que desde ellos los católicos nos comprometamos a responder como Jesús, sirviendo con amor y humildad, más allá de las dificultades. Por eso, sin temor y con la fe fortalecida, debemos vivir los cambios históricos que vive nuestro país, debemos ser parte de ellos para acompañarlos desde nuestra vivencia cristiana y desde nuestra profunda unidad con Dios, para transformar la sociedad en una realidad más justa, equitativa y fraterna. Esta tiene que ser nuestra respuesta, inspirada en el mensaje de la Conferencia de Aparecida. Debemos comprometernos a trabajar para que nuestra Iglesia siga siendo, con mayor ahínco, compañera de camino de nuestros hermanos más pobres, incluso hasta el martirio.
Hoy debemos ratificar y potenciar la opción del amor preferencial a los pobres y despertar en los cristianos del país, la alegría y la fecundidad de ser discípulos misioneros de Jesucristo, sin tibiezas y con la disposición de nuestra madre la Virgen María a aceptar ser parte de los planes de Dios, el Señor de la Vida y de la Historia.
Mariluz Bustamante M., es miembro Comisión de Conflictos
“Justicia y Paz”Pastoral Social Caritas.
Arzobispado de Cochabamba.
El conflicto que el Gobierno sostiene con la Iglesia católica, no radica simplemente en los ataques burdos que realizan sus ministros o viceministros al Cardenal o a otros miembros de la jerarquía eclesiástica. Esta permanente lluvia de ofensivas contra la Iglesia católica no es sólo por declaraciones realizadas por sus representantes, respecto de situaciones que viven los bolivianos y que van en contra de sus derechos.
Esta guerra tiene un tema de fondo y es que al parecer la línea, aunque aún muy ambigua, del partido de Gobierno es retirar a la Iglesia católica del escenario nacional, enmudecerla, cambiando las condiciones de relacionamiento del Estado boliviano con la Iglesia, probablemente para someterla a un trato de Estado a Estado, afectando profundamente al servicio que ella da a todos, principalmente, a los más necesitados.
Percibimos esto en la decisión de dañar la conciencia de la gente, su identidad religiosa, la más delicada en una persona, olvidando que el mismo escenario que gobierna está poblado de bolivianos que tienen una profunda religiosidad, que aman a Dios en Cristo y que veneran a la Virgen, madre de todos.
Los miembros del Gobierno, muchos de ellos católicos confesos ante los medios de comunicación, olvidan la descomunal fuerza que constituye la piedad popular, en sus distintas expresiones, exteriorizada en una profunda confianza y seguridad en Dios, y al parecer creen poder eliminarla para suplantarla con la adoración a la Pachamama, que no es sino la representación “terrena” del amor de Dios, de su ternura y abrigo maternal.
En la construcción de esta línea del Gobierno del Cambio, ¿no se habrán olvidado del sentimiento de la gente? ¿No será que en su búsqueda de perpetuarse en el poder, están poniendo por encima de la dignidad de la persona, la ideología que propugnan?
¿Defensa de “privilegios”?.- Es cierto que los servidores de la Iglesia católica defienden “privilegios” y lo hacen con pasión. Defienden el privilegio de los más desfavorecidos, de contar con la defensa de su derecho a una buena educación, a ser atendidos con devoción en su enfermedad. Defienden el privilegio al que tienen derecho los niños, de contar con atención cálida y eficiente en los hogares donde se les da acogida en su abandono. Defienden el privilegio al que tienen derecho las personas que viven con el VIH, para vivir con dignidad.
La atención que la Iglesia brinda a miles de pobres y desfavorecidos, se expresa, hora tras hora, en todo el territorio nacional.
Una muestra puede ser Cochabamba, donde diariamente se atiende a miles de personas en 250 obras sociales que gestiona la Arquidiócesis desde la misión incansable de las congregaciones religiosas.
Si estas obras son apropiadas por el Gobierno, los miembros de la Iglesia seguiremos en los caminos del país, para continuar entregándonos a la misión de servir a los pobres, que son la opción preferencial de la Iglesia católica, como los más amados de Dios.
Sin embargo, miles de ellos perderán los privilegios que ganaron con la atención de centenares de religiosas, religiosos, sacerdotes y laicos, cuya vocación de servicio se vuelca con profundo sentido de entrega hacia todos ellos, diariamente, desde los barrios periurbanos, hasta las provincias más alejadas y olvidadas del país.
Las obras, todas ellas conocidas por el pueblo más humilde, no valen por el número. Valen por la mística que las anima. La presencia de la Iglesia mantiene vivas a las comunidades rurales, no sólo porque entrega educación y salud, sino también porque alimenta la fe y la esperanza, desde el mensaje profundo y, a la vez, sencillo del Evangelio.
Si la Iglesia es obligada a abandonar sus obras, ¿quiénes asuman esta misión, lograrán mantener vivo el espíritu del pueblo?
Quiénes trabajamos en la Iglesia y desde ahí volcamos nuestro servicio hacia nuestros hermanos los más pobres, sufrimos cuando escuchamos las agresiones contra nuestros obispos, pero al mismo tiempo, nos fortalecemos en nuestra convicción, pues tenemos la promesa de Jesús, que aseguró, cuando señaló a Pedro como el cimiento de la Iglesia, que ni las fuerzas del mal lograrán destruir a su Iglesia.
Queremos transformar la sociedad.- Los cristianos, como discípulos de Jesús y miembros de la Iglesia, no tenemos miedo a los cambios que vive el país. Sobre todo, porque primero, debemos valorar el paso histórico que permite hoy a los marginados de ayer, empezar a ser protagonistas de la historia de nuestra patria. Segundo, porque somos miembros de la Iglesia fundada por Jesús, en el amor de Dios Padre, cuya historia es clara muestra de que a pesar de las persecuciones por causas políticas o también religiosas, su fortaleza y misión, no sólo no ha desaparecido, sino que se ha fortalecido para permanecer y ser parte de la historia de la humanidad.
En el mensaje de Aparecida, que redime y fortalece la opción preferencial y evangélica por los pobres, que en su inmensa mayoría viven abandonados, excluidos e ignorados en su miseria y sufrimiento, nos llama a que desde ellos los católicos nos comprometamos a responder como Jesús, sirviendo con amor y humildad, más allá de las dificultades. Por eso, sin temor y con la fe fortalecida, debemos vivir los cambios históricos que vive nuestro país, debemos ser parte de ellos para acompañarlos desde nuestra vivencia cristiana y desde nuestra profunda unidad con Dios, para transformar la sociedad en una realidad más justa, equitativa y fraterna. Esta tiene que ser nuestra respuesta, inspirada en el mensaje de la Conferencia de Aparecida. Debemos comprometernos a trabajar para que nuestra Iglesia siga siendo, con mayor ahínco, compañera de camino de nuestros hermanos más pobres, incluso hasta el martirio.
Hoy debemos ratificar y potenciar la opción del amor preferencial a los pobres y despertar en los cristianos del país, la alegría y la fecundidad de ser discípulos misioneros de Jesucristo, sin tibiezas y con la disposición de nuestra madre la Virgen María a aceptar ser parte de los planes de Dios, el Señor de la Vida y de la Historia.
Mariluz Bustamante M., es miembro Comisión de Conflictos
“Justicia y Paz”Pastoral Social Caritas.
Arzobispado de Cochabamba.