Formación profesional de excelencia, aliada del desarrollo económico
Las aguas turbulentas que movieron los cimientos de la economía mundial hace una década dejaron en muchos países altos incrementos de desempleo y subempleo, en especial entre los más jóvenes, y llenaron de incertidumbre el futuro del trabajo.
En los países más dañados este efecto sigue jugando muy en contra de la acumulación de su capital humano, de los outputs en sus economías nacionales y, en consecuencia, de su futuro crecimiento económico y social.
En ese tránsito hacia la precarización del empleo, quizás, ni la carrera-postgrado-tesis-master es una receta para asegurarse el maná del mileurismo. Y en estos tiempos inciertos tampoco parece que, en muchas ocasiones, las cualificaciones se ajusten a los requerimientos de las ocupaciones.
Paradójicamente, los datos son siempre tercos. Tantas estadísticas, desagregadas por especialización, informan de que casi siempre las tasas de inserción laboral de titulados de educación superior son más bajas y menos ajustadas al desempeño del empleo de acuerdo a estudios cursados, frente a las que detentan los graduados medios o superiores de la educación y formación profesional. Este mantra es casi siempre cierto (aunque con matices en el eco). Quizás se salvan los estudios técnicos superiores, como las ingenierías u otras humanidades de buen vivir.
En todo caso, cuando los sistemas de formación profesional son permeables y flexibles en su arquitectura, diseñada bajo el compás del aprendizaje a lo largo de la vida y orientados a la excelencia y la calidad, su diseño dentro de ese amable diagrama sistémico permite acceder a estudios superiores de alto prestigio académico y de alta empleabilidad.
Todo tiene sus porqués. No era tan obvio observar que aquellos países que poseen excelentes sistemas de formación y educación profesional son los que lideran los rankings económicos (y de justicia social) de Europa y del mundo. Esos mismos países han sido más resilientes a los malos efectos en el empleo para los más jóvenes y los más vintages, y para los que acreditaban cualificaciones de grado medio de tipo vocacional.
Alemania, Austria, Suiza, Finlandia, Suecia y Dinamarca; hasta Francia y por supuesto Holanda, Australia, Canadá, Singapur, Gran Bretaña -antes del Brexit-, incluso República Checa, Chile, Corea del Sur, Estonia e Irlanda, entre otros, son claros ejemplos de países que están apostando desde hace mucho tiempo por una FP "top class".
Todos ellos tienen sistemas de formación y educación profesional que son la clave de sus niveles de empleo y cualificación, de sus políticas industriales y tejidos productivos, del sentimiento exitoso de sus emprendedores, de su innovación y, ahora, de su adaptación a la revolucionaria megadigitalización y robotización de la vida humana.
Sus sistemas de formación profesional (y de muchos más países) se están encargando de identificar las áreas de competencia curricular y transversal y las capacidades y cualificaciones específicas requeridas para enfrentarse a esta onda expansiva. Y aunque la formación profesional no es la panacea para resolver los problemas cuando existe un problema estructural y peliagudo de oferta de trabajo en tantos países, es un error gravísimo seguir diseñándola como ese chico triste y feo o esa hermanastra antipática.
Tomado de la agencia EFE