PEZ ESPADA

El fanatismo religioso, la ciencia y el arte

“Cuando el fanatismo gangrena el cerebro, la enfermedad es casi incurable” (Voltaire). Fanático es aquella persona exageradamente entusiasmada por algo. Un hereje es quien disiente o se aparta de las doctrinas o normas establecidas. El oscurantismo de la Iglesia católica comenzó en el siglo V, poco después de la muerte de San Agustín y trajo consigo el retraso de 1.000 años de avances científicos y tecnológicos para la humanidad. Desde ese entonces se impone el mito de que la ciencia y el conocimiento son una amenaza, que solo la fe puede liberar al ser humano y llevarlo a la verdad. Durante el cuarto concilio del siglo XIII se sentaron las bases para la creación de procedimientos legales para inculpar y condenar a quienes pensaban diferente, acusados de herejes ante los tribunales de la Santa Inquisición. En estos juzgados, la víctima carecía de derechos y de toda posibilidad de defensa, siempre eran culpables, no se admitían pruebas ni testigos como defensa y en la mayoría de los casos el acusado jamás sabía de qué se le culpaba. Una vez condenado y sin importar su edad o sexo, era torturado de forma inimaginable e inhumana. Entre las víctimas de persecución o tortura figuran científicos como Galilei, Copérnico, Newton y Darwin, entre otros. A Tyndale, quien tuvo la osadía de pensar en traducir el nuevo testamento al inglés, le aplicaron garrote y después lo quemaron vivo. Serveto, quien demostró que la sangre era purificada en los pulmones y luego llevada al corazón, fue quemado en la hoguera junto con sus libros. Bruno, astrónomo, filósofo y poeta, fue arrestado por ocho años y quemado en la hoguera por indicar que la Tierra era un astro igual que los demás planetas. También fueron perseguidos artistas como Da Vinci, acusado de homosexualidad, Veronese declarado hereje por el realismo de su pintura “La última cena” y obligado a cambiarle de nombre a “Cena en casa de Levi”. Pereyns acusado de tener relaciones fuera del matrimonio, perseguido y encarcelado. Van der Beeck, enjuiciado en La Haya por pintar obras ateas, la mayoría de sus obras fueron destruidas. Todas estas historias se repiten y nos recuerdan que lo desconocido y extraordinario es condenado porque atenta contra un conservadurismo añejo y fuera de tiempo. El fanatismo religioso obnubila el sano juicio y confunde expresiones de arte con ataques personales respondiendo con violencia. El precepto más importante de todas las religiones es el amor. Actuemos en honor a ese principio y con la altura que merece, especialmente con los que aborrecemos.