Afectados por el volcán ecuatoriano Tungurahua lloran la pérdida de sus cosechas
05 de mayo de 2011 (11:55 h.)
Los campos en las faldas del volcán ecuatoriano Tungurahua son, desde la reactivación del coloso el 20 de abril, un mar de cenizas que cubre los cultivos de los aldeanos, dueños en su mayorÃa de un pequeño pedazo de tierra y algunos animales y que ahora lloran la pérdida de sus cosechas.
Miguel Freire, cubierto con una mascarilla, sacude una planta de patatas y todo se llena de una polvareda blanca.
Lo que deberÃa ser abono es ahora una capa de ácida ceniza, que acabó con los cultivos, aunque no se disponen de datos del alcance total de los daños en la región.
"Esto estaba abonadito, era una belleza de mata y ahora todo está quemado, no vale para nada, está perdido, ya no hace granito...", explicó a Efe Freire, uno de los 25.000 afectados por la erupción del volcán, según cifras del Gobierno.
Los pastos, otrora de un verde intenso gracias al clima del área y la tierra volcánica, están hoy bañados de gris.
El presente pulso eruptivo del volcán Tungurahua es considerado como uno de los más fuertes desde que inició su actual proceso en 1999, llegando a causar columnas de ceniza de 12 km. de altura y acumulando hasta 15,5 milÃmetros de dicha sustancia en la zona de Cahuajà Bajo, en el suroeste de la montaña.
"Cuando llueve cae lodo, los animales no comen, quedan parados y ya están tan flacos" se lamentó Freire, que como muchos moradores de la zona se preocupan más de los escasos "animalitos" que tienen que de su propia salud.
La ceniza puede llegar a producir intoxicaciones respiratorias en los seres humanos y los animales, afecciones en la vista y la piel.
"La gente se ha acostumbrado a vivir con la erupción volcánica y ya casi no les preocupan las enfermedades que pueden traer la caÃda de ceniza", afirmó la médica de la localidad de Pungal San Miguel, Sayra Caiza.
"A mà me duele mucho la garganta y en la noche no se puede dormir por la ceniza. Uno en el campo siempre va a coger una hierba, una leña, salta la ceniza a la vista y por la noche aunque uno se lave la cara con manzanilla, ni asà se puede dormir por el picazón en los ojos", relató la campesina Gladys Ruiz.
El Gobierno, a través de varias instituciones como el Ministerio de Agricultura, GanaderÃa, Acuacultura y Pesca (MAGAP) y la SecretarÃa Nacional de Gestión de Riesgos, reparte en la zona desde la reactivación del volcán ayuda alimentaria para personas y animales, además de mascarillas.
El miércoles entregó casi 850 ´kits´ alimenticios en varias poblaciones de la provincia del Tungurahua y Chimborazo, que deben sumarse a los 3.000 ya mandados y a más de 7.000 pendientes de envÃo.
Los pobladores de la zona, que piden también ayudas económicas para reactivar sus campos, recogieron sacos de 22 kilos con frÃjoles, arroz, avena, aceite y atún, pensados para complementar la dieta de una familia de 5 miembros durante 15 dÃas.
El acto estuvo marcado por la campaña electoral de la consulta popular del próximo sábado, en una aldea con varias casas con pancartas por el "SÃ" y niños repartiendo por las calles panfletos electorales en favor del presidente, Rafael Correa.
"Llamo a los ciudadanos a que nos mantengamos unidos apoyando la gestión del Gobierno Nacional, que como en este caso sigue dando muestras del compromiso con los más pobres", dijo el gobernador de la provincia del Chimborazo, Carlos Castro, a los aldeanos.
La región sigue en alerta naranja por la activación de la llamada ´Mama Tungurahua´, mientras el amor por esas tierras que sienten sus pobladores permanece intacto.
"Estamos enamorados de nuestra tierra porque es una tierra productiva, pero no sabemos cómo viene el comportamiento del volcán ni si nos tocará dejarlas", declaró el presidente del cabildo Laurel Pamba, Francisco Escobar.
"En el caso de una erupción fuerte, queremos tener la esperanza de adonde llegar, no descarriarnos como comunidad, no ir unos para un lado y otros para otro", añadió.
Paradójicamente, la ceniza que ahora es destrucción se convertirá en un fertilizante poderoso con el tiempo, la cual elevará la productividad de unos campos que pese a las erupciones los aldeanos se niegan a abandonar.