En el trópico hay pocos policías y fiscales. Ellos “coquetean” con la muerte al intentar rescatar a algún detenido de manos de las turbas. Agentes le piden a las calaveras de dos linchados que cesen las ejecuciones

El ruego de un pastor evangélico salvó la vida de 12 policías

Despojados de sus uniformes, de sus armas, de sus radios y de su dignidad, 12 policías de Diprove temblaron de terror pensando que les había llegado la hora de morir de la manera más atroz que podían imaginar. Dirigentes del transporte público y decenas de comunarios de Ivirgarzama los habían emboscado, golpeado, desnudado y se preparaban para quemarlos vivos, cuando un pastor evangélico intercedió por ellos y convenció a los dirigentes de que les dieran una oportunidad de salvar sus vidas.

Los comunarios les otorgaron a los policías un plazo de unos pocos minutos para salir de Ivirgarzama. En calzoncillos, los asustados agentes emprendieron una veloz huida. El pastor les ayudó prestándoles ropas de campesinos para garantizar su salida.

Los policías no habían cometido ningún delito. Llegaron a Ivirgarzama, desde La Paz, el 2 de mayo de 2007, para buscar vehículos robados. Hallaron uno y lo secuestraron de manos de un chofer del transporte público que dio la voz de alerta para que sus colegas emboscaran a la patrulla.

Cuatro dirigentes fueron identificados e imputados por la Fiscalía, por los delitos de tentativa de homicidio, secuestro, instigación pública a delinquir, robo agravado de armas y equipos institucionales, asociación delictuosa, lesiones graves y leves, daño calificado y otros. Seis años después, el caso ni siquiera ha llegado a juicio y persisten los riesgos para los escasos policías y fiscales que trabajan en provincias e intentan salvar vidas.
VIOLENTA VENGANZA

El año 2012, dos adolescentes y un adulto cayeron presos en Ivirgarzama, acusados de robo. Después de hostigarlos y golpearlos por cinco horas, unos 300 comunarios se reunieron y decidieron lincharlos. Un oficial que estaba destinado allí pidió refuerzos y un centenar de policías de la Fuerza de Tarea Conjunta, de Umopar y de Ivirgarzama dispararon gases lacrimógenos para garantizar el rescate de los detenidos.

“Yo estaba vestido de civil y salí a tomar un refresco cuando todo estalló. Los rehenes fueron rescatados y los llevaron en camionetas a la ciudad”, recuerda un oficial. Lo que él no esperaba era lo que vio después.

“Los comunarios se enloquecieron por no haber podido lincharlos, tomaron la FELCC, la saquearon y le prendieron fuego. Se llevaron armas, radios, billeteras, quemaron una computadora, los muebles y nunca resarcieron los daños”, relata el oficial.  
RECIENTE ATAQUE

El 27 de agosto de 2013, pobladores de Shinahota capturaron a Marco Antonio Patty, de 25 años, al que acusaron de robar 8 motos. Lo golpearon y le pusieron un cartel que decía “soy delincuente y voy a morir quemado”, con el que caminó por las calles. Los policías lo rescataron y lo trasladaron a Villa Tunari para impedir que lo maten. Furiosos por el traslado, acusaron a los agentes de “hacer escapar a un delincuente” y los persiguieron con palos y a pedradas. Tomaron la oficina policial de Shinahota y allí golpearon al cabo Grover Tórrez Fernández. El policía logró escapar y se refugió en una casa particular, narraron periodistas de radios del trópico.
POBREZA TOTAL

Las condiciones en las que trabajan los policías, en las diferentes localidades del trópico son precarias.

El calor es insoportable en las oficinas que carecen de ventiladores y de enseres básicos para una atención digna. Los policías que son destinados allí, deben pagarse, con su magro sueldo, un cuarto en alquiler y su comida, que no es barata. Además, deben mantener a sus familias en la ciudad. No tienen suficientes vehículos para cumplir su labor, pero, sobre todo, no hay respeto a la autoridad.
MIRAN HASTA EL FINAL

Impresionado por la frialdad de la gente que participa de los linchamientos, un oficial que trabajó en el Chapare cuenta que los linchadores son “despiadados”.

“Hace tres años, dos delincuentes conocidos, El Baltazar y el hermano del Pichichos habían ido a voltear droga, pero los capturaron en la zona de Vueltadero”, rememora.

Los detenidos caminaron bajo una lluvia de golpes y piedras hasta el mercado y se arrodillaron para pedir perdón llorando, pero sus verdugos no sintieron ni un ápice de lástima y les prendieron fuego.

“Es increíble, pero los linchadores no se van, se quedan a ver cómo se consumen los ejecutados y sólo cuando dejan de moverse vuelven a sus casas. Nunca pude entenderlo, hay que ser muy cruel para esto, ni a un animalito podría quemar pero ellos no tienen sentimientos”.

Según el oficial, los linchadores obran como las bandas de delincuentes porque se organizan y tienen diferentes responsabilidades. “Uno es el que grita que hay que quemarlos y se mimetiza entre la gente, otro les echa el combustible, otros golpean, otro prende el fuego, cosa de que si uno cae, los demás también”.

Se cuidan de las cámaras usando lentes o pañoletas en la cara y gorras. Hay personas, especialmente mujeres, que tratan de evitar las ejecuciones pero las amenazan y las acusan de ser cómplices. “No todos aplauden estos linchamientos, pero tienen que callarse porque corren riesgos”.  
CALAVERAS Y VELAS

La falta de recursos y el miedo obliga a los policías a recurrir a todo. Los esqueletos de dos personas linchadas hace cuatro años, a orillas de un río, reposan en una urna de madera que está en la FELCC de Ivirgarzama. Los agentes les piden a las “almas” de los linchados que eviten más ejecuciones. Los días lunes y viernes, algunas personas llevan flores y velas a este lugar para presentar sus peticiones personales. Algunos visitantes lloran y los policías quieren creer que es por arrepentimiento.
CASI MATAN A FISCAL Una mujer que vive en Ivirgarzama y que fue testigo de un linchamiento el 2 de junio de 2013, accedió a hablar sobre lo ocurrido ese día con la condición de no revelar su identidad. Seis falsos policías que habían robado un camión fueron atrapados y llevados a la plaza por los choferes del sindicato Carrasco. Decidieron lincharlos. El párroco, el médico, un fiscal y un coronel intentaron persuadirlos de entregar a los detenidos. El médico les rogó que no los maten. “Pero no quisieron, le echaron con gasolina al hombre más viejo (Roberto Ángel Antezana) y el fiscal se puso delante pensando que le iban a respetar. Un dirigente le echó gasolina al fiscal por sus hombros y le gritó: apartate fiscal o vos más mueres”. El funcionario obedeció y un fósforo encendido voló hasta el pecho de Roberto Antezana envolviéndolo en llamas de inmediato. “A dos más les quemaron, pero no estaban tan graves como el primero”, detalla la testigo. Antezana murió en el hospital y sus cómplices fueron detenidos preventivamente, luego de salir de diferentes clínicas.