Hand es una profesora de inglés, de 40 años, que forma parte de los más de 400.000 refugiados y migrantes que entraron a Europa en 2015, poniendo en riesgo sus vidas y pasando horrores, con tal de vivir en paz.

Mujeres huyen para poner a salvo a sus hijos de las bombas



Hand, una siria de 40 años, espera con su familia en el centro de Atenas el autobús que los llevará a Macedoia. Tuvo que dejarlo todo, huir de las autoridades y someterse a la suerte del mar.

Dispuesta a luchar, incluso contra su cansancio, Hand, como muchas sirias que se ven obligadas a huir de su país, solo tiene un objetivo: poner a sus dos hijos a salvo y comenzar una nueva vida en Alemania, donde vive un hermano desde hace tres años.

Es profesora de inglés y hace este tortuoso viaje junto a su hermano, su cuñada y sus dos sobrinos. Su marido se ha quedado atrás, porque está enfermo del corazón.

Ella y su familia se suman a los más de 400.000 refugiados y migrantes, que según la Agencia para los Refugiados de la ONU, han entrado en lo que va de año en Europa, en busca de seguridad y protección.

"Son sobre todo hombres jóvenes que llegan en muy buenas condiciones físicas, pero cada vez hay más familias con niños, embarazadas y bebés", relata Óscar Velasco, delegado de comunicación de la Cruz Roja Internacional, quien ha pasado varios días en la isla de Kos, una de las más afectadas por la llegada masiva de refugiados.

LOS RECUERDOS

"Las bombas estallan a diario", cuenta Hand apretando los ojos. "Nosotros -continúa- cerrábamos las ventanas y las puertas, y nos quedábamos quietos hasta que cesara el ataque. Vivíamos aterrorizados".

Ese recuerdo, que se hace imborrable en su memoria, evoca uno anterior: "Antes de la guerra -dice- teníamos una vida confortable. Yo, por ejemplo, trabajaba como profesora de inglés, mis hijos iban al colegio y nos movilizábamos en coche".

Con los enfrentamientos entre el denominado Estado Islámico y las fuerzas del Gobierno de Bachar al Asad, esa cotidianeidad que extraña Hand, se esfumó.

Como ella, cientos de mujeres, en compañía de sus hijos, desembarcan a diario en las costas de las islas griegas, especialmente en Kos y Lesbos.

"La ruta -cuenta Hand- es arriesgada y problemática. Cruzar el Mediterráneo y llegar con vida es puro azar". Según ella, el destino del pequeño Aylan que apareció muerto en una playa turca, es el de muchos niños que viajan desde Siria. "Vivir depende de la suerte", reconoce.

Hace tres semanas, Hand se despidió de su esposo y con un par de mudas de ropa, algo de comida y una tienda de campaña, cruzó junto a los familiares que la acompañan la frontera hasta llegar a Turquía.

LA TRAVESÍA

"Hemos caminado muchos kilómetros", dice su hijo Abdela, de 14 años.

En Esmirna, el segundo puerto más grande de Turquía después de Estambul, abordaron una lancha neumática, junto a otras 45 personas, y cruzaron el Egeo hasta la isla de Kos, localizada a diez kilómetros de distancia.

"Durante esas tres horas sentimos mucho miedo. El mar estaba tan agitado, que sentí que podía morir en cualquier momento", relata esta mujer, que agradece la amabilidad con la que fueron recibidos en la isla.

No todos han tenido la misma experiencia. En las últimas semanas, la llegada masiva de refugiados ha desbordado a Kos y Lesbos, dos idílicas islas turísticas.

Ni Hand, ni ningún miembro de su familia dispone de un certificado que los reconozca como refugiados. Esto, si bien les ocasiona dificultades con las autoridades, no les impide querer continuar su periplo hasta llegar al norte de Europa.

Están dispuestos a cruzar andando países enteros, con tal de llegar a Alemania. Allí, dice ella, espera encontrar un nuevo hogar, aprender alemán, inscribir a sus hijos en el colegio y, si puede, volver a enseñar inglés.

Inesperadamente aparece un ciudadano con agua fría. Yannis se presenta y les pregunta si necesitan algo más. Los adultos le responden que no y le dan las gracias. La conversación se corta abruptamente, cuando se dan cuenta de que la policía se acerca.

Agarran con rapidez sus bolsas y demás pertenencias y comienzan a caminar sin pausa, no sin despedirse antes. Pronto, desaparecen entre la multitud. El espacio, ahora, parece vacío.

"Si yo estuviera en su lugar, quisiera que otros me ayudaran. Estas familias vienen con sus hijos y necesitan un soporte. No son criminales. Espero que Europa encuentre pronto una solución". Su anhelo y los de Hand coinciden. "Solo quieren paz", dice Yannis.

DATOS PARA TOMAR EN CUENTA

300

Kilómetros por mar.

El Mediterráneo separa dos tierras en esa distancia. Se trata de la isla italiana de Lampedusa de Trípoli, el principal puerto para los inmigrantes.

Precio a Europa.

Para viajar por mar, los subsaharianos pagan entre $us 400 y 600 y los sirios entre 1.000 y 1.500.

El miedo.

Eran tres horas que sentimos mucho miedo. Sentí que podía morir en cualquier momento.