Cuatro francotiradores dispararon contra el presidente Kennedy
El primero que dispara es Max, el mercenario francés conocido sólo por el nombre que utilizaba en los escuadrones de la muerte de la guerra de Argelia. Contratado cuando se entrenaba en el campamento clandestino de la CIA en Nueva Orleans, donde se preparaban las operaciones de sabotaje contra Cuba.
Son las doce y media del 22 de noviembre de 1963 y el Lincoln Continental descapotable circula muy despacio al hacer un complicado giro para entrar por la calle Elm a la plaza Dealey en Dallas. Cuatro tiradores apuntan a la cabeza de John Fitzgerald Kennedy, presidente de Estados Unidos, con sofisticados fusiles Mauser Gewehr 43 de mirilla telescópica. Dos desde las alturas de edificios muy cercanos, el Dal-Tex Building (1) y el Texas School Book Depository (2), y otros dos detrás del público, camuflados en la colina arbolada (3 y 4). La primera bala de Max entra por el cuello de Kennedy. Desde el Dal-Tex, el pistolero de la mafia Eugene Brading alcanza al presidente en la espalda. Falla Yito del Valle, oficial de la Policía política de la dictadura de Fulgencio Batista, reclutado por la CIA, cuyo disparo desde el quinto piso del Depository ha herido a John Connally, gobernador de Texas, que acompaña a Kennedy.
Junto al tirador, Lee Harvey Oswald, agente de la ONI (Office of Naval Intelligence) y colaborador de la CIA y del FBI, que trabaja en ese edificio y le ha facilitado el acceso. Falla también su intento entre los árboles Roscoe White, agente del Departamento de Policía de Dallas y colaborador de la CIA. En ese momento, el conductor William Greer, veterano del Servicio Secreto, detiene el vehículo presidencial y deja a Kennedy como un blanco muy fácil para los nuevos disparos, casi simultáneos, de Max y de White que le destrozan el cráneo.
El tiroteo ha durado diez segundos. Greer acelera la limusina hacia el hospital Parkland. Su colaboración ha sido fundamental, pero no sabe qué pasa junto a un coche bomba que era el último recurso si el atentado se complicaba.
En Varadero, Fidel Castro acaba de recibir la visita de Jean Daniel, el periodista francés de L´Express que le lleva un mensaje de John F. Kennedy: le propone iniciar contactos de acercamiento cuando regrese de Dallas. En la Casa Blanca, el teléfono rojo mejora la confianza en las negociaciones con Moscú.
El mercenario francés desapareció, a Eugene Brading lo asesinaron, Yito del Valle fue eliminado a machetazos y Roscoe White murió en un atentado con explosivos. En 1990, su hijo Ricky entrega al FBI la agenda del policía con el relato completo de la conspiración. El manuscrito desaparece.
No había periodistas ni cámaras en el escenario del crimen porque el Servicio Secreto había colocado el coche de la prensa al final de la comitiva presidencial y estaba fuera de la plaza Dealey. Entre el público, media docena de aficionados hicieron fotos y grabaciones de cine que la CIA, el FBI y el Servicio Secreto confiscaron y manipularon o destruyeron. Cincuenta años después, sólo los organizadores de la conspiración guardan la película del asesinato. William Reymond dice en su libro Autopsie d´un crime d´Etat que “numerosos indicios y algunas fuentes bien conectadas permiten pensar que los asesinos filmaron la operación”.
“LOS KENNEDY NO
ME JODERÁN MÁS”
El 21 de noviembre de 1963, en la víspera del asesinato, los petroleros texanos encabezados por Haroldson Lafayette Hunt, que era entonces el más rico del mundo, organizan en Dallas una fiesta para Edgar J. Hoover, director del FBI. Hay una reunión a puerta cerrada del vicepresidente Lyndon Baines Johnson con Hoover, Hunt y el invitado especial Richard Nixon. La entonces amante de LBJ, Madeleine Brown, ha contado que, cuando terminó el cónclave, el Vicepresidente le anunció que “a partir de mañana los malditos Kennedy no me joderán más”.
Los cuatro odiaban al Presidente. Johnson porque no contaba con él para la reelección (se pronosticaba una mayoría espectacular) e impulsaba las investigaciones sobre sus delitos de corrupción. Nixon porque lo había derrotado por sólo cien mil votos en las elecciones de 1960. Hoover porque lo iba a destituir de la dirección del FBI. Y Hunt porque Kennedy había cancelado los beneficios fiscales de los millonarios petroleros. Al mismo odio se sumaban los generales que no estaban de acuerdo con la retirada de Vietnam y la distensión con la URSS, la industria militar que perdía sus grandes negocios, los veteranos de la CIA destituidos por haber organizado el desastre de Bahía de Cochinos, los terroristas cubanos de Miami que se consideraban traicionados por la nueva política de la Casa Blanca para la convivencia con Fidel Castro y la mafia que se sentía engañada por no haber conseguido la impunidad a cambio de su colaboración en la campaña electoral de Kennedy.
Dos agentes del FBI contratados para la seguridad personal de Hunt revelaron que el empresario compró un rancho en México para que se entrenaran los asesinos de Kennedy.