Anamar: “La vida se me va y he decidido gastarla en el intento”
Ana María Romero de Campero nunca estuvo de acuerdo con las huelgas de hambre. Su exfuncionaria en el Defensor del Pueblo, Ana Benavides, cuenta por ejemplo que un día Romero se acercó a un piquete y le dijo a una huelguista: “Aurora, no tienes que hacer huelga porque estás yendo contra tu vida. La Constitución dice que lo primero es tu vida y no acepto que hagas esto”.
“Ella me llamó -recuerda Benavides sobre el inicio de la medida- y me dijo: ‘Vente a la casa de Natalia’, su hija menor, ‘te estoy mandando unos correos, tienes que leerlos y te vienes’. Fui a una pequeña reunión donde se estaba determinando, ella a la cabeza, que se iniciara una huelga de hambre porque no se podía permitir la situación. Fuimos luego a la iglesia de las Carmelitas y ahí hablamos con el párroco para que nos permita hacer la huelga. Comenzó la medida y empezó a ir todo el mundo solidarizándose. Incluso nos llamaron del exterior para decir que se estaban abriendo piquetes de bolivianos en países como Francia”.
El historiador Carlos Mesa, entonces vicepresidente aunque alejado del primer Mandatario, da su perspectiva de la huelga: “La convocatoria de Ana María cerró el circuito de oposición nacional al presidente Sánchez de Lozada. Normalmente la clase media no ha tenido acciones de salir a la calle y mostrar su punto de vista de manera militante, en alguna forma más allá de las ideas. En este caso se produjeron primero manifestaciones, una cadena que era precisamente de respaldo a Ana María, y al lado de ella se sumaron muchísimas personalidades, intelectuales, gente joven, en fín, que fueron un elemento catalizador final del proceso. No es que esa huelga de hambre definiera la salida del presidente, pero fue el empujón final para que Sánchez de Lozada se diera cuenta que no tenía ningún respaldo”.
El ayuno masivo y otras movilizaciones consiguieron su objetivo. Luego de renunciar, el presidente prácticamente tuvo que huir del país y, por sucesión constitucional, precisamente Mesa fue quien ocupó su lugar.
DE REGRESO
En los años venideros, Ana María Romero continúo su trabajo de promoción de los Derechos Humanos, la cultura de paz, y sumó el fomento al buen periodismo, a través de la creación de la Fundación UNIR Bolivia.
Para las elecciones de 2009, la invitación del líder del Movimiento Al Socialismo (MAS) y ya presidente se repitió, ahora para el cargo de primera senadora por La Paz, con el ofrecimiento añadido de que Romero sería la presidenta del Senado. Mucho tuvo que reflexionar la exDefensora para acceder al ofrecimiento. Primero que en ese momento el país sufría una polarización que amenazaba incluso con concluir con la división. Segundo - y más importante- dos años atrás Ana María se enteró de que padecía de un cáncer intestinal. “Ya había ido -puntualiza su gran amiga y periodista Sandra Aliaga- incluso a tratarse a Chile”.
Aliaga rememora los días posteriores: “Por su enfermedad, la campaña la hizo con peluca. Una de las cosas que le reprochaba la gente era que haya hecho campaña estando tan delicada. Yo me peleaba y les decía: ‘No me jodan. Ella está en su momento de gloria. Qué importa que se muera mañana. Lo que ella está viviendo es la coronación de una larga vida de lucha, entrega y trabajo”. Romero finalmente fue electa como congresista y posesionada como presidenta del Senado de Bolivia, en enero de 2010, cargo del que sin embargo tuvo que pedir licencia en menos de un mes a causa de la enfermedad de la que moriría el 25 de octubre del mismo año.
Políticos de oficialismo y oposición apoyan y critican la segunda incursión de Romero en el ámbito político. No obstante, todos coinciden en que, de seguir ella viva, la gestión del parlamento hubiese sido diferente.