Opinión Bolivia Escena del Crimen

  • Diario Digital | miércoles, 03 de junio de 2026
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DOS SENTENCIADOS POR ENCUBRIMIENTO: UN FALLO HISTÓRICO

Quería ser sacerdote, denunció los abusos de "Pica" y lo castigaron

Erika peleó por justicia. Su hermano llegó a la Compañía de Jesús con sueños, pero sufrió violencia sexual. Cuando se animó a hablar, le negaron la ordenación.
Erika Montaño abraza un cuadro con la foto de su hermano. / NOÉ PORTUGAL
Erika Montaño abraza un cuadro con la foto de su hermano. / NOÉ PORTUGAL
Quería ser sacerdote, denunció los abusos de "Pica" y lo castigaron

Eduardo soñó con ser sacerdote. Pero en su camino se cruzó Alfonso “Pica” Pedrajas Moreno, un jesuita que lo marcó con el abuso. La Compañía de Jesús, a través de sus entonces superiores, lo condenó al silencio. Blindó al agresor y quebró la vida de quien solo quería servir a Dios. Poco antes de morir, Eduardo soñó que al fin alcanzaba lo que le arrebataron: vestía la sotana y celebraba la vocación que nunca pudo cumplir.

Murió el 12 de marzo de 2023. No imaginó que poco más de un mes después, el nombre de su agresor estallaría en titulares de medios de comunicación nacionales e internacionales. El 30 de abril, el diario El País de España publicó el reportaje “Diario de un cura pederasta: ‘Hice daño a demasiados’”. El texto revelaba que Pedrajas, fallecido en 2009, abusó sexualmente de niños, adolescentes y jóvenes, sobre todo en el internado Juan XXIII de Cochabamba. 

Eduardo calló durante años. En algún momento se lo contó solo a su madre. Ella fue la única que supo que la primera agresión ocurrió en 1990, cuando él tenía 18 años y recién ingresaba a la Compañía de Jesús. Llegó con la ilusión de entregarse a Dios, pero allí encontró el lugar donde lo dañaron, le arrebataron los sueños, lo alejaron de los altares y lo obligaron a callar.

En su casa nadie más lo supo sino hasta después de su muerte. Creció en una familia tradicional y rígida, con un padre militar. Guardó silencio frente a los suyos, pero no ante la congregación. Denunció los abusos a sus superiores. Esperaba respaldo, pero lo castigaron con el aislamiento. Su hermana Erika Montaño recuerda que lo sometieron a la “ley del hielo”. Mientras veía a sus compañeros avanzar hacia la ordenación, a él lo postergaron. Nunca recibió la fecha. Sus denuncias lo condenaron al exilio dentro de la propia Compañía.

El abrazo de dos impulsores del proceso contra los curas sentenciados por encubrimiento al concluir la audiencia. / MARIELA COSSÍO
El abrazo de dos impulsores del proceso contra los curas sentenciados por encubrimiento al concluir la audiencia. / MARIELA COSSÍO

Cuando estalló el escándalo y nació la Comunidad Boliviana de Sobrevivientes (CBS), Erika rompió el silencio. Decidió buscar justicia por su hermano y se acercó a las víctimas. No solo reclamó por Eduardo, también exigió justicia para todos. Hubiese querido que el abusador estuviera vivo para enfrentarlo, pero Pedrajas murió en 2009 sin juicio. Descubrió, además, que su hermano denunció en su momento y que los superiores lo ignoraron. Peor aún: el propio “Pica” dejó escrito en un diario personal que abusó de decenas —¿85?, ¿más?— y que varios clérigos lo sabían. En lugar de denunciarlo, lo protegieron. Lo trasladaron de un sitio a otro mientras los abusos continuaban y las víctimas quedaban solas, sin amparo.

La justicia tardó, pero llegó un golpe histórico. El 2 de septiembre de 2025, dos exprovinciales jesuitas españoles, Ramón Alaix y Marcos Recolons, fueron condenados a un año de cárcel en San Sebastián Varones por encubrir los abusos de Pedrajas. La noticia desató lágrimas y abrazos en las víctimas y en los miembros de la CBS. Era un hecho inédito: por primera vez, altos cargos de la Compañía de Jesús enfrentaban la justicia. Para muchos, se abrió un precedente en la lucha contra la impunidad.

Erika estuvo ahí. Salió de la sala con sentimientos encontrados: dolor, alivio, rabia y esperanza. Llevaba entre sus manos un cuadro con la foto de Eduardo. Había viajado una y otra vez desde Oruro, donde vive, hasta Cochabamba, siguiendo un juicio que comenzó el 16 de julio y sufrió cuatro suspensiones. No quería perderse nada.

La última jornada habló. Cuando dictaron la sentencia, contó la historia de su hermano. Su cuerpo temblaba, pero su voz no se quebró. Denunció que Eduardo fue víctima de la injusticia dentro de la Compañía de Jesús. Recordó que sufrió abusos en Oruro, durante el noviciado, y también en Cochabamba, mientras estudiaba Filosofía. Relató cómo lo enviaron a Brasil para ordenarse, pero cuando se animó a hablar del abuso lo castigaron con silencio. Nunca recibió fecha de ordenación. Lo obligaron a desistir de su denuncia y, cuando preguntaba por la ceremonia, lo ignoraban.

Erika siente que al fin llegó un poco de justicia. La sentencia contra quienes encubrieron a Pedrajas significa también un acto de reparación para Eduardo y para todos los que, en su niñez, adolescencia o juventud, fueron víctimas. El fallo abrió la puerta para que otros casos salgan a la luz. Más jesuitas aparecen sindicados como agresores, y otros tantos como encubridores. Las víctimas ya lo advirtieron: seguirán hasta que la justicia alcance a todos.